martes, 13 de febrero de 2018

INOCENCIO

Inocencio tenía 45 años, estaba soltero y vivía en la antigua casa familiar. Cuando le mirabas parecía como si la naturaleza se hubiese confabulado en su contra para pintar un cuadro abstracto con su figura. A todos lados le acompañaba Lanas, su perro, dócil y cariñoso, siempre presto para el juego, aunque tiene muy malas pulgas; ambos dan la sensación de no haber visto el agua desde hace tiempo y, desde lejos, confirman la leyenda que dice que los perros se parecen a sus amos o viceversa.
Tiene un buen sueldo en una fábrica de la localidad pero, desde que murió su madre cuando tenía catorce años, quizás desde que sus hermanas abandonaron la casa hartas de que se las tratase como si fuesen criadas, además, de soportar continuos malos modos, no habría vuelto a las tres comidas diarias preceptivas y menos aún si tenía que hacérselas él. Después, en accidente de coche, murieron su padre y otro hermano, y desde entonces vivió como un reo sobre la silla eléctrica.
Se encontró con Caridad el día que ella empezaba a trabajar en el bar del barrio, y desde ese instante la convirtió en su particular muro de las lamentaciones:
- Perdona si me hago pesado pero no tengo a nadie que me escuche –se justificó poniendo cara de súplica y ella le respondió que no era ningún esfuerzo escucharle.
El primer episodio de su reciente historia comenzó una mañana de hace dos años en el centro comercial del barrio, cuando se paró ante un puesto de bufandas y gorros y preguntó a la dependienta por el precio de una bufanda de colores.
-       Diez euros, cariño –contestó pintando una sonrisa en su cara redonda.
            Él abrió mucho los ojos y también le sonrió:
-       Gracias por lo de cariño… -dijo y se ruborizó.
            Ella bajó de la percha otra bufanda en tonos grises y le dijo que ésa le hacía más joven y guapo. Él volvió a sonreír. Ardía en deseos de decirle algo más, pero las palabras se le aturullaban en la garganta. Le dio un billete de diez euros y la chica le devolvió dos.
-       Si me has dicho diez euros -dijo y mostró los dos euros en su mano temblorosa.
-       Sí, pero a ti te hago descuento – respondió espaciando cada sílaba. Él no había visto el cartel que anunciaba: “20 % de descuento en todos los artículos”.
-  Gracias, muchas gracias. Adiós hasta otra… -dijo mientras iniciaba la marcha sin dejar de mirar a aquella mujer que le despedía diciéndole también adiós con un abrir y cerrar de la mano izquierda. Al tercer paso se paró y le preguntó cómo se llamaba:
-   Carolina –le contestó cruzando sus brazos sobre el pecho.
-   ¿Quieres tomar un café conmigo? –preguntó él, nervioso.
-   Si me das cinco minutos para que venga mi compañera a sustituirme…
-   Claro, claro que te los doy.
            Ella hizo una llamada y pronto se presentó en el puesto una señora para suplirla.
            Carolina salió de detrás del mostrador y cuando Inocencio la vio de cuerpo entero se le escapó un suspiro. Fueron hacia la cafetería, se sentaron en una mesa aislada, detrás de una columna, y hablaron de trivialidades durante un buen rato.
            Después del café quedaron para comer en el mismo bar del centro comercial después de que ella cerrara el puesto. Él se presentó puntual, recién afeitado, el bigote recortado, duchado y con ropa limpia. Durante la comida ella remarcó aspectos de su vida de emigrante, de su mísero sueldo en el puesto, que dependía en gran medida de lo que vendiese. Pronto vio Inocencio en la mujer que tenía enfrente a su igual en la desdicha y le propuso que podía ayudarla si ella limpiaba su casa:
-        Un hombre solo y algo inútil se lleva mal con las labores del hogar –dijo él.
-       Los hombres no sois inútiles, sois vagos. Yo te lo agradezco, cariño, y no te preocupes –respondió ella cogiéndole la mano que tenía posada sobre la mesa-, yo sé cuidar de las personas, sobre todo si tienen buen corazón, como tú. Eres un ángel.
Carolina rondaba los cuarenta años y era argentina. Tenía media melena de pelo negro y teñidas de rojo las puntas, las cejas pintadas, un cuerpo entrado en carnes aunque bien moldeado y hablaba hasta por los codos. Le contó que vivía en Madrid, con una compatriota argentina y su hijo de veinte años.
-        Entonces, ¿estás soltera? -le preguntó Inocencio con una media sonrisa nerviosa.
-        Y sin compromiso -respondió ella.
            Acordaron que ella limpiaría la casa tres días por semana y le haría la comida, a cambio de ochocientos euros y en el horario que mejor le cuadrase. Ella le propuso que, como su casa estaba cerca, le enseñase cómo llegar para conocer sobre el terreno a qué tendría que enfrentarse cuando comenzase el trabajo. Él accedió y esa misma tarde la nueva pareja comenzó sus relaciones laborales. Ese primer día, nada más llegar a su casa, Carolina le enseñó las tetas y se dieron un revolcón antes de llegar a su dormitorio en la planta alta. Después de hacer el amor, quitó algunos trastos de en medio y se marchó.
Al principio, ella acudía cada día de los estipulados, puntual, después de salir de su trabajo, incluso hacía comida en la casa para los dos y se quedaba toda la tarde. Todo iba sobre ruedas. Él, tres días a la semana, se encontraba la mesa puesta, la casa limpia, y, después de comer hacía el amor, algo insospechado hasta que la encontró, pues sus relaciones sexuales hasta entonces se limitaban a sus esporádicas visitas a los puticlubs de la zona. Su suerte, después de mucho tiempo, había cambiado. Los tres días de la semana que venía a casa era feliz. A veces la llamaba por teléfono y si no trabajaba, iba al centro simplemente para verla.
Poco a poco Carolina espació las visitas y le racionó el sexo. Él lo aceptó porque decía que estaba enamorado. Se conformaba con tener ante sus ojos de vez en cuando aquel cuerpo lleno de curvas. No había pasado un año de relación cuando dijo que no podía prepararle la comida y, después, limitó la visita a los días de cada mes en los que sabía que ya había cobrado, limpiaba muy por encima, hacían el amor y se iba. Su desapego iba en aumento y ahora le molestaba, incluso, cuando iba a buscarla al centro comercial donde trabajaba.
Llegó el día en que le llamaba para avisarle que iría a casa, cobraba y se marchaba sin más explicaciones. Ya no volvería hasta el mes siguiente para repetir la operación. Él no fue capaz desde el principio de poner remedio a esa situación por miedo a perderla; siempre mantuvo la esperanza de que recapacitase y volviesen los días de la felicidad.
Un mes tuvieron una trifulca porque no tenía preparado el dinero y se negó a ir al cajero, pero le amenazó con pegarle fuego a la casa con él dentro. Inocencio salió corriendo al banco. Al mes siguiente, cuando llamó para decirle que iría a cobrar, le advirtió que no se anduviese con tonterías. Él tuvo otro fugaz ataque de valentía y le dijo que había sido la última vez que le pagaba y que no volviese. No hizo caso; se presentó en la casa, abrió con su llave y le sorprendió tumbado en el sofá del comedor.
-   Te he dicho que no te voy a pagar –dijo mientras se incorporaba.
Ella le cogió con las dos manos de la camisa y, acercando su cara a la de Inocencio, le espetó que quería el dinero ya, y le tiró sobre el sofá como un despojo. Ella abrió los cajones del mueble del salón tirando su contenido por los suelos; subió a los dormitorios y él la seguía a distancia. No encontró nada. Entonces le pidió la tarjeta de crédito para bajar al cajero. Él se negó. Ella le dio un cabezazo que convirtió su nariz en una fuente de la que manaba sangre en abundancia. Carolina buscó una toalla en el baño, la empapó de alcohol e intentó cortar la hemorragia.
Inocencio se rindió. Le dijo que le pagaría, pero que solo disponía de 600 euros. Ella aceptó. Mientras bajaba al sótano en busca del dinero, ella se dirigió a la cocina y se comió un trozo de lasaña que había sobrado de la cena. Cuando se fue, le advirtió que no quería excusas ni dilaciones porque la próxima vez sería peor.

Inocencio se deterioraba al mismo tiempo que lo hacía su relación. En los inicios, su delgadez se atenuó por el orden en las comidas y los beneficios saludables del amor, incluso inició el proceso para arreglarse la dentadura, pero conforme ella dejaba de cumplir las obligaciones de su pacto inicial, su aspecto se fue ajando.
           
Desde que su relación con Carolina se convirtió en inexistente, cada día, a la hora de las comidas, Inocencio bajaba para tomarse una ración de ensaladilla, un sándwich mixto o algo blando, con vino o cerveza y un café de postre. Si le quedaba dinero, por la tarde repetía la visita, se tomaba  un cubalibre o dos, se plantaba de pie frente a Caridad, en la barra, los brazos apoyados en el mostrador y sonreía, y al intentar hablar al mismo tiempo, los labios formaban un ocho abierto por el centro y ladeado, que obligaba a quien le miraba a volver la vista. Ella le insistía que se arreglase la boca, y él contestaba que no podía continuar con el tratamiento hasta que ahorrase algo de dinero
-  Pues no sé cómo vas a ahorrar si se lo lleva todo esa tipa –le replicaba Caridad, sabiendo que a los pocos días de cobrar, su cuenta bancaría solía estar bajo mínimos.
-   No, mujer, algo me deja, solo se lleva seiscientos euros.
-   Pero si me dijiste que le dabas ochocientos.
-   Eso fue al principio, pero…
-  Déjate de historias, ¿y lo que te saca cuando se le antoja? Eres un cobarde y lo que te pasa es la penitencia por serlo -cada vez era más dura con él  intentando tocar su orgullo y que reaccionara.
-   ¿Tú también? –se limitaba a decir y cambiaba de conversación.
En casa se alumbraba con velas porque le habían cortado la luz por falta de pago. Un día se dejó encendida una vela y hubo un conato de incendio que no llegó a más porque una vecina avisó a los bomberos. El fuego dejó paredes y muebles renegridos y así siguen después de un año. Los vecinos eran testigos mudos de sus desgracias y temían que cualquier día se produjera algo irreparable. Un día le vieron en el patio de su casa, llorando, dando vueltas alrededor, gritando solo: “soy un gilipollas… me está chupando la sangre y se lo consiento… por qué tendría que enamorarme, soy un gilipollas…  pero qué voy a hacer… y si mañana se arrepiente y vuelve… cobarde, me está dejando en la ruina y no soy capaz de parar esta mierda… con lo bien que se portaba al principio… sí, al principio, ahora… ahora, una puta ladrona de mierda…”. Después escribió en la pared, con pintura blanca sobre los ladrillos oscuros y en grandes caracteres: CAROLINA, TE QUIERO.
Una tarde apareció en el bar en un estado más deplorable que de costumbre, los pelos sucios, enmarañados, barba de varios días, la camisa llena de lamparones… Piedad le preguntó por la causa de tal abandono.
-   Me ha quitado la policía mi perrorespondió haciendo pucheros.
-   ¿Y eso? –preguntó ella soltando una carcajada que a él no le hizo ninguna gracia.
Tiempo atrás su perro mordió a una mujer en la calle y le denunció. En juicio rápido le condenaron a dos mil euros de multa, además de quitarle el perro, su única compañía. Cuando ya casi se había olvidado del caso, habían hecho efectiva la sanción, embargándole el cincuenta por ciento de su sueldo hasta que pagara la multa. Y le dejaron sin su única compañía, aunque, después de analizar al animal el veterinario y comprobar que su estado sanitario era correcto, se lo devolvieron.
Caridad, aunque era intransigente y siempre le ponía delante del espejo, a veces intentaba desviarle de sus preocupaciones. Un día le dijo que estaría más guapo si se cortaba el pelo y se recortaba el bigote, y él apareció esa misma tarde con el pelo cortado, recortado el bigote y teñido el cabello de un rubio que suavizaba el gesto; le preguntó, con la saliva asomando entre el diente rebelde y los labios, si así le gustaba más:
-       Así estas mejor pero a mí no me gustas de ninguna manera, yo tengo novio.
Él no se rendía e insistió suplicante:
-     ¿Pero no te gusto ni siquiera un poquito...?
En una ocasión le pidió que fuese a su casa a limpiar, ofreciéndole diez euros por hora de trabajo. Ella aceptó, incluso por menos dinero, y además le haría la comida pero con la condición de que abandonase a Carolina. Él se mostraba dubitativo porque, a pesar de todo, creía que todavía la quería.
-       Pues chico, si con lo sanguijuela que es todavía la quieres, esa es la prueba más evidente de la ceguera del amor –y se rio de su ocurrencia.
-       Ya te diré cuando empiezas -respondió él, con gesto serio, dando un puñetazo en el mostrador que hizo que saltaran los torreznos del aperitivo fuera del plato.
Por la calle, de vuelta a casa, le siguió dando vueltas a la propuesta de Caridad. Aquella risa de la camarera le removió algo en su interior que le condujo a replantearse la situación.
Un día aparecieron en el bar Inocencio y su perro con andares tambaleantes y la pierna derecha más renqueante que de costumbre:
- Cari, me voy a tomar un tercio que vengo sin comer –dijo desde el mostrador de la ventana de la calle; cuando decía ‘sin comer’ ella aumentaba la ración del aperitivo.
- No me vuelvas a llamar Cari, que así solo me llama mi novio –le contestó- ¿Qué quieres de aperitivo: torreznos, callos, chorizo…? –preguntó con sorna, espaciando cada palabra.
- No seas mala, sabes que no puedo masticar. Quiero ensaladilla o albóndigas –respondió él.
Se sentó en una mesa de la terraza, encendió un cigarrillo y se dispuso a saborear la ensaladilla que le puso. Miró a un joven alto, de pelo rizado y colorado que estaba sentado cerca de él. Le saludó con una leve inclinación de cabeza. Él le respondió de igual manera. Después metió la mano en una de las dos bolsas que tenía a su lado y sacó unas camisetas que puso encima de la mesa de Inocencio: “Mira a ver si te gusta alguna”, le ordenó señalando el género.
-        ¿Me las regalas? –dijo Inocencio con una mueca de incredulidad, a lo que respondió el comerciante: “¿Tú trabajas gratis?”
Apareció Caridad  con la bebida y el aperitivo y le dijo que no hiciese caso que aquel tipo era un embaucador.
-       ¿Te he engañado a ti alguna vez? –preguntó él encarándose con ella.
-       A mí no porque no me dejo, pero bien que lo has intentado.
-       Anda cállate y métete en tus asuntos -respondió haciendo amago de levantarse.
-       No le hagas caso –reiteró la advertencia Caridad mientras volvía detrás de la barra.
Aun así, le hizo caso, y compró una camiseta. Después de pagar la mercancía, le pasó un papel con su teléfono y le dijo que cuando necesitara algo, él lo conseguía todo más barato que las tiendas. Intercambiaron los teléfonos y el comerciante al por menor se marchó: “Me llamo Aarón”, dijo y le estrechó la mano. Cuando le vio marcharse salió la camarera y le dijo a Inocencio que todo lo que vendía era robado.
-            No seas mal pensada, mujer, que me ha cobrado quince euros por una camiseta que vale por lo menos cincuenta.
-         Sí, los quince euros que te cobra hoy son el cebo para engañarte mañana. Haz lo que quieras, pero luego no te quejes, que vas buscando el peligro y no escarmientas.
A partir de ese día los dos hombres se hicieron inseparables. Aarón procuró alejarlo de Caridad, algo que consiguió sin mucho esfuerzo. Ella los veía pasar de largo.
En los sucesivos encuentros, Inocencio le contó a Aarón los avatares de su relación con la argentina paso a paso:
-       Yo te ayudaré a librarte de ella –le dijo con gesto firme-. Para empezar, deja de darle dinero. Ni un euro más, pero, ya sabes, todo trabajo tiene un precio.
-    Dos mil euros te doy si lo consigues –contestó Inocencio frotándose las manos.
-       Cinco mil –replicó Aarón.
-       ¿Y de dónde voy a sacar yo tanto dinero? Te daría dos mil y a plazos.
-          Cinco mil y al contado.
-       No puedo, no puedo. No tengo ese dinero… –Inocencio dejó caer los brazos sobre el lateral de la silla de la terraza del bar en el que se tomaban un cubata de ron y limón.
Aarón le dijo que lo buscara y que tenía que estar fuera un tiempo: “Si estás dispuesto a afrontar el gasto, cuando vuelva me pongo manos a la obra”.
En ese tiempo, Inocencio volvió al bar y Caridad le recriminó que se olvidase de quien tanto puso el hombro para que derramase sus lágrimas. Preguntó por su amigo y le respondió que estaba de viaje. “Claro, por eso vienes ahora”, le dijo. También le preguntó si había dejado a Carolina: “No, pero…”, dijo entornando los ojos. “Sí, como siempre”, le interrumpió ella. Pidió un tercio, dio un trago largo y se secó los labios con la mano. Ella se sentó del otro lado de la barra frente a él, que la miró fijamente y sonrió:
-       Tú estás tan guapa como siempre.
-       Claro, porque me cuido, no como tú, que cualquier día de estos…
-       Eh, eh, que yo me sé cuidar…
-       Sí, ya lo veo, vas algo mejor vestido con la ropa del gitano –dijo con gesto serio.
-       ¿Qué, no te gusta? –no hubo respuesta y él continuó-: Oye, por cierto, que la proposición que te hice sigue en pie.
-       Vale, pero ya sabes mis condiciones. Primero tiene que desaparecer la otra.
-       Estoy en ello, ya te avisaré.

Aquella noche Inocencio durmió poco y mal y, cando le sobresaltó el despertador, hizo un brusco movimiento que casi aplasta a Lanas, que dormía a su lado. Se echó agua fría en la cara y, según se aproximaba soñoliento a la cocina, se agolparon en su memoria los olores a café, a sopa, a pescado, de cuando su casa era un hogar, con su madre y sus hermanas en los fogones. Se preguntó por qué le tenía que agobiar ese recuerdo siempre que tenía hambre. Vio en el frigorífico dos tomates podridos y mortadela con moho, que tiró a la basura. Dudó entre echar un trago de leche o de cerveza y al intentar colocar en un lugar más seguro el frasco con el veneno blancuzco, se le escurrió de las manos y casi se le cae. Abrió una cerveza y la apuró de un trago. Bajó al bar con Lanas, al que dejó suelto en la puerta, ladrando, mientras él se plantó en la barra ante Caridad y pidió un café con leche bien cargado.
-          ¿Has vuelto a verla? –le preguntó la camarera mientras preparaba el café.
-         Sí, vino el mes pasado a casa –respondió él bajando la vista.
-          Y ya le dijiste que no volviese, ¿verdad?
-       No me dio tiempo. Se llevó el dinero y me echó la bronca...
-       Te está tomando el pelo –dijo ella en un tono serio que él quiso atajar.
-         Llevas razón, pero pronto se le va a acabar el chollo –dijo y una carcajada extemporánea dejó al descubierto su diente solitario.
Le preguntó a Caridad si tendrían a mediodía ensaladilla: “Seguro… Mi jefe no es capaz de variar de menú”, dijo ella.
Carolina vendría a mediodía a cobrar. Cuando se acercaba la hora de la cita volvió al bar con Lanas. Pidió una cerveza y se sentó en una banqueta. Antes de volver a casa sacó de una bolsa un táper y pidió a Caridad que pusiera una ración doble de ensaladilla, pero vio que había albóndigas en salsa y cambió de opinión.
-            Me vas a poner albóndigas, que también las puedo masticar.
-            Vas a comer acompañado –afirmó Caridad entornando los ojos.
-            Sí, viene un compañero de la fábrica a comer conmigo
-            Ya, un compañero de la fábrica que se llama Carolina. No escarmientas –dijo ella al tiempo que negaba con la cabeza.
-            Bueno, ¿y a ti qué te importa?
-            Nada, chico, nada, allá tú con tu vida –dijo ella displicente.
Cuando salió a la calle le hizo un gesto a Lanas y se fueron calle arriba, cojeando ambos de la pierna derecha, como lo hacían desde que un coche los atropellara cuando cruzaban un semáforo en rojo. En casa dividió las albóndigas en dos táper más pequeños, uno lo escondió y el otro lo colocó a la vista en el frigorífico, después de vaciar el veneno que guardaba en el frigorífico y de removerlo hasta que se diluyó totalmente.
Llegó Carolina. Preguntó sin preámbulos si tenía el dinero. “No”, dijo Inocencio y continuó: “pero no tengas prisa, tenemos que hablar”. “No tenemos nada de qué hablar”, respondió ella mientras se dirigía hacia la cocina en busca de comida. Abrió el frigorífico, vio el táper de albóndigas, vació el contenido en un plato y lo puso en el microondas. Él esperaba, conteniendo la respiración, en el salón, pero el ruido del microondas avanzando hacia los dos minutos le atronó en el cerebro y el corazón le latió con fuerza. Fue a trompicones hacia la cocina y, desde el quicio de la puerta, vio que Carolina le dedicaba una sonrisa forzada:
-         Ve a por el dinero mientras me caliento la carne, ¿okey? –le ordenó.
Avanzó hacia el microondas, nervioso, y estiró el brazo derecho para detener la marcha girando bruscamente la rueda de los minutos hacia la izquierda; abrió la puerta y sacó el plato:
-       No, no, estas albóndigas, no, que están po po podridas, podridas -dijo nervioso y las tiró al cubo de la basura sin darle a ella tiempo de reaccionar.
-       Pero cómo van a estar podridas si tenían un aspecto estupendo.
-       Llevan quince días ahí, se me olvidó tirarlas. Hay embutido si quieres comer algo –dijo él mientras con una cuchara hacía desaparecer los restos de salsa.
Ella hizo un gesto de extrañeza, encogiendo los labios y abriendo al mismo tiempo en exceso los ojos. Un “estás loco, tío” salió de sus labios pintados de rojo mientras buscaba el pan y el cuchillo para hacerse un bocadillo de mortadela. Él se sentó frente a ella:
-            Algún día voy a cometer una locura -dijo con gesto grave.
-         ¿Me vas a matar, gallito? –respondió ella, tirando el bocadillo sobre la mesa, al mismo tiempo que se ponía de pie–. Ve a por el dinero y no me amenaces.
-         No te amenazo, pero no te voy a dar el dinero, así que tú verás. Y vete de mi casa, ¡inmediatamente! –intentó gritar aunque le salió un hilillo de voz aflautada.
Ella no le hizo caso. Le amenazó con llamar a alguien que la esperaba en los alrededores: “Si le hago venir, te vas a arrepentir el resto de tu vida, si vives para contarlo, gilipollas”, le dijo.
En ese momento cayó en la cuenta de que Aarón había vuelto de viaje. Le dijo a ella que tenía que ir al cajero a sacar dinero. “No tardo nada”, dijo. Salió a la calle. Llamó por teléfono a Aarón y le contó lo que había pasado. Él le contestó que esperase en el bar de Caridad, pero, sobre la marcha, cambió de lugar: “Mejor, ven a mi casa por si tiene intención de buscarte allí”. Subió las escaleras de la casa de dos en dos y, resoplando, tocó el timbre. Le hizo pasar a un diminuto salón lleno de bolsas repletas de género. Le vio en tal estado de nervios que le preparó una tila y le obligó a tomársela.
-       Te vas a quedar en mi casa mientras yo voy a la tuya a ver a esta gente. Dame las llaves –le ordenó.
Pasó al dormitorio, cogió una bolsa del altillo del armario empotrado y tranquilizó a Inocencio: “Enseguida vuelvo”.
Hora y media después Aarón estaba de vuelta. Volvió a colocar la bolsa en el altillo del armario empotrado y después despertó con un golpe en el hombro a Inocencio, que, a pesar de la tensión acumulada, se había quedado adormilado en el sofá.
       -   Todo arreglado –dijo Aarón, mesándose sus cabellos rojizos y ondulados.
Inocencio se incorporó de un salto:
-         Pero, ¿co co cómo que arreglado? –preguntó con los ojos como platos.
-         A esa gentuza no hay más que enseñarles una buena pipa para que se caguen por las patas abajo. No te preocupes que no te vuelven a molestar.
-         ¡Joder…! No sabes cómo te agradezco… -dijo abriendo los brazos con la intención de abrazarlo.
-         No me tienes que agradecer nada. –le interrumpió Aarón-. Siéntate. ¿Quieres una cerveza?
-         Casi mejor un cubata –dijo esbozando una sonrisa que dejaba al descubierto su diente, como mástil que enarbolaba la bandera de la victoria.
-         Vale, un cubata. Por cierto, ¿Cuánto decías que le pagabas al mes a esta tipa?
-         Ochocientos euros.
-         Ochocientos euros… -repitió varias veces, mirándole fijamente-.  Pues a mí me vas a pagar de aquí en adelante setecientos.
-         ¡No me jodas! –dijo Inocencio mudando de color mientras se acordaba de su amiga Caridad.
-         Aún sales ganando cien...



F I N

miércoles, 3 de enero de 2018

JUEVES DE RELATO

En el curso 2015-2016 hice un Taller de escritura con José María Guelbenzu en Fuentetaja. Cada semana teníamos que escribir un relato siguiendo sus pautas. Este es el resultado del curso.

  1. Cuando despierto

EL DESPERTAR

Cada mañana la misma historia: me despierto sobresaltado pensando que ya me he vuelto a dormir, algo que, en realidad, me ha sucedido muy pocas veces; a tientas doy con el botón de la luz del móvil y miro la hora, y compruebo, como cada mañana, que todavía falta una hora para que suene la alarma. Es el problema de no tener coordinado el reloj biológico con el despertador, aunque lo sorprendente es que sucede también los días festivos cuando el despertador no sonará, y sin tener en cuenta, además, a qué hora me haya acostado la noche anterior.
Hoy quizás sí tenía una explicación en la inquietud que me provocan siempre los análisis clínicos que, periódicamente, debo realizar para comprobar que determinados niveles de la analítica no se han desbocado. Me acosté preocupado en que no se me olvidara recoger una muestra de la primera orina de la mañana y seguir los pasos tal cual me habían indicado tantas veces, en no desayunar porque me debían extraer sangre en ayunas…
Hoy sí, pero para el resto de los días no hay explicación. Después de dar unas cuantas vueltas en la cama, de aliviar la vejiga y comprobar que los niños siguen durmiendo plácidamente, vuelvo a intentar conciliar el sueño que, si se produce, se verá interrumpido bruscamente cuando atruene el sonido del despertador del móvil, al que no he podido sustituir por otro más suave porque no acabo de ponerme al día con las nuevas tecnologías.
Quiero pensar que todos los relojes volverán a coordinarse cuando cambien la hora.  


2.  Vestirse a tientas  

EL EJERCICIO

El ejercicio consistía en vestirse en la oscuridad, no sé muy bien con qué finalidad, quizás para ponerse en el lugar del otro, empatizar con quién cada día lo hace por obligación. Aproveché que siempre me despierto una hora antes de que suene el despertador para realizarlo en la penumbra absoluta, mientras todos dormían, con lo que también evitaría dar explicaciones.
Nada más despertar me incorporé y me senté en el borde de la cama. Busqué con los pies las zapatillas; no las encontré y caí en la cuenta de que las había dejado en la puerta del baño, una mala costumbre que debía cambiar. Establecí un plan de acción para encontrar la ropa: primero buscaría en la mesita, después en el armario, a continuación me vestiría y, por último, me echaría un poco de agua por la cara. Abrí a tientas el segundo cajón de la mesita y cogí el primer par de calcetines que toqué, sin reparar en el color, sólo en la textura (tenía mezclados los de invierno con los de verano). Pensé que hoy el puzzle de mi vestimenta probablemente no combinaría del todo. Con los calcetines puestos me dirigí al armario, y, al abrirlo, percibí con más intensidad que nunca el olor de los membrillos que habíamos colocado días atrás en sus estantes. Busqué después unos pantalones finos, de entretiempo, que estaban mezclados con los de invierno. Y, a continuación, me llevó demasiado tiempo localizar las mangas de las camisas para elegir una de manga corta. Finalizó la búsqueda y me dirigí al baño a beber un trago de agua para paliar el mal sabor - pastoso y amargo - que dejan las noches en la boca. Volví al borde de la cama; me puse la camisa y los pantalones y solo me faltaban los zapatos. Busqué los de borlas para evitar ponerme uno de cada color porque los otros dos pares son del mismo modelo y era imposible distinguirlos. Era tal el desbarajuste que había en la zona de los zapatos que hice demasiado ruido, o eso me pareció a mí en la oscuridad. Al fin los encontré, encajé cada pie en su zapato y me dirigí al baño a lavarme la cara. Cuando abrí el grifo, mi mujer dio la luz y se escuchó desde el fondo de la habitación:
-          ¿Qué diablos está pasando con tanto ruido? ¿No te das cuenta de que son las tres de la mañana?
Afortunadamente, el ejercicio estaba terminado, porque lavarse a oscuras no formaba parte del mismo.


3. El primer sonido del día  

UNA BANDA SONORA

Silencio. Es tiempo de vacaciones. Amanece y despierto lentamente, como despierta el día en el pueblo, sin estridencias. Desayuno y salgo a la calle. La primera impresión que percibo es la del silencio que todo lo invade y me viene a la mente, como en una nebulosa, el estruendo habitual de los sonidos de la ciudad.
Llego al campo, a un sendero flanqueado por melocotoneros y olivos, y el trino de los pájaros es la música que acompaña este instante en el que todavía deambulo soñoliento. Pienso cuán diferentes son las bandas sonoras del campo y de la ciudad. En la alameda me embriaga contemplar las copas de los álamos meciéndose con la suave brisa del viento, al mismo tiempo que su silbido se convierte en pura melodía en mis sentidos. 
Subo la cuesta por donde discurre el arroyo y el rumor del agua que me acompaña me va anunciando la hora del despertar definitivo. Sigo su curso y, según avanzo, su murmullo se convierte, poco a poco,  en palabra concisa hasta llegar al grito con el que la cascada me anuncia que he llegado a mi destino. Y es en ese lugar, con el salvaje estruendo del agua al romper contra la roca, donde el silencio se rompe en mil pedazos y todos mis sentidos se abren plenamente al día.
Son los sonidos embriagadores de la naturaleza que recupero en este tiempo de vacaciones.


4. Un líquido en la garganta

LA CUEVA DEL VINO

Pedro es nuestro guía en esta excursión iniciática al Llano porque ha pasado gran parte de sus setenta años recorriendo la zona con sus rebaños en busca de los mejores pastos y la conoce al dedillo. Hacia el mediodía el cansancio hace mella en los cuerpos de los caminantes e iniciamos el regreso. Yo propongo reponer fuerzas en uno de los bares del pueblo, pero él dice que el punto y final lo pondremos en su granja. Él es el guía hasta el final. Atravesando sus viñas llegamos a la cueva, su lugar de retiro, donde conserva el vino que pisa y cuya fragancia nos invade nada más abrir la puerta. Se lamenta de que ya no pueda venderlo a los bares del pueblo por las nuevas exigencias burocráticas comunitarias que él no puede afrontar, y, por ese motivo, sólo vende a amigos, o lo consume in situ con ellos, "pero nunca a quién tiene problemas con el alcohol", afirma.
Pasamos al interior y nos situamos alrededor de la mesa camilla. Él se dirige a la cámara contigua, donde las tinajas conservan el vino, "sin química", que vamos a degustar. Siento curiosidad y le acompaño. En la entrada, una leyenda en un azulejo advierte: RECUERDA AMIGO: BEBE ACOMPAÑADO Y COME PARA QUE LA BEBIDA TAMBIÉN SE SIENTA ACOMPAÑADA. Pedro llena una jarra del líquido rosado brillante, mientras otros enjuagan unos vasos. Coloco la jarra en el centro de la mesa, presidiéndola, mientras él saca embutidos y queso, y ordena que alguien los haga rodajas. Una vez la bebida en los vasos, las viandas en los platos y los caminantes en torno a la mesa, levantamos los vasos para brindar por la amistad. "Y comed, que quien bebe y no come, está cerca del alcoholismo...", nos dice Pedro.
Y cuando bebo del vaso de barro y el líquido invade mi boca, estalla en mi paladar un manantial afrutado y siento como el cansancio que mi cuerpo arrastra se atenúa. El cuerpo, ya relajado, pide más, relleno mi vaso y el de los que han dado cuenta de él de un trago y vuelvo a beber, esta vez más despacio, degustándolo con deleite, y el vino actúa como un sedante embriagador. Entre trago y trago, picamos tocino veteado, chorizo y morcilla, queso; hacen un maridaje perfecto, sobre todo con sed y hambre. Se acaba la primera jarra y Pedro vuelve a la tinaja; regresa y rellena los vasos; se vuelve a acabar y la vuelve a rellenar y bebemos, comemos, y hablamos… Pedro no se cansa de repetir que comamos, que comiendo no hay problema.
Poco a poco, el sopor que produce el alcohol hace que los ojos se vayan entornando y se relaje la lengua y se desboque hasta límites insospechados; que estallen las risas por el chiste oportuno o por el vuelo de una mosca alrededor del vino, o por nada; que se instale el fuego en las mejillas de los que no aguantamos más allá de un par de vasos... Pedro nos observa, ahora en silencio, desde lo más profundo de su sabiduría, satisfecho por haber compartido la jornada con personas más jóvenes que él, y que hacen votos para repetir la jornada en cuanto tengan ocasión. El paseo y su etapa final, la degustación del vino, han sido la excusa perfecta para conocernos mutuamente y para hartarnos de reír.


5. Miedo

LUCES BLANCAS

Desde que crucé la puerta del hospital un nudo se me hizo en la garganta y ya no pude pronunciar palabra. Hacía calor pero yo tiritaba de frío. Hasta entonces no había sido consciente del diagnóstico: cáncer, que yo quise creer leve y así le dije al urólogo: “si es nivel cuatro en una escala de siete, es leve”. “No, un cáncer siempre es grave”, me respondió. Estaba convencido de que todo saldría bien e intenté no pensar demasiado en ello. Tenía que confiar en la ciencia, ¿o era la técnica? Pero el día definitivo todo cambió. Según subía las escaleras hasta la planta donde quedaría ingresado, noté cómo una nebulosa se instalaba en mi mente trastornada, en la que se mezclaban nubes negras, luces blancas de quirófano, bisturís, médicos y enfermeras que miraban con los ojos muy abiertos a mis ojos que suplicaban no sé muy bien qué…
Cuando llegué a la habitación la auxiliar me dio ropa e instrucciones para el viaje. Me desvestí. Temblando me puse la bata verde y me tumbé en la cama. Empezaban a llegar familiares y el nudo en la garganta se acentuó, apretaba los dientes haciendo un gran esfuerzo para evitar que las lágrimas brotasen. Me tapé con la sábana para evitar que los demás viesen cómo temblaba todo mi cuerpo. Cerré los ojos.
Volvió la auxiliar para realizar las operaciones previas y me ordenó ducharme. Tomé a mi mujer del brazo, intentando evitar mi desamparo y la llevé conmigo. Bajo la ducha rompí a llorar silenciosamente. Volví a la cama y me tendí, algo más tranquilo. Cuando se volvió a abrir la puerta y entró la camilla volvió el temblor a mi cuerpo y un sudor frío lo recorrió de punta a punta, me faltaba el aire en los pulmones y me mordía los labios intentando dar a mi cuerpo la fortaleza de la que carecía.
Camino del quirófano me recomendaron cerrar los ojos para que no me marease con las luces blancas que pasaban veloces sobre mí. Llegamos al destino y me tendieron en la camilla definitiva. Un murmullo insufrible me aturdía y una enfermera me dijo algo que no entendí. Noté un pinchazo. Me hicieron una pregunta que ya no contesté…
A las siete horas amanecí en una sala vacía, el cuerpo malherido, conectado a botes de suero y antibiótico, con tubitos que salían de mi cuerpo y desembocaban en bolsas a orillas de la cama… Pensé: ¿Ha pasado todo o acaba de empezar? ¿Estoy vivo?


6. Un gesto ante el espejo

ADELA ANTE EL ESPEJO

Aquella mañana, cuando Adela se plantó ante el espejo y vio el rostro que se reflejaba al otro lado, ya no reconoció a la mujer que fue. La tristeza se había instalado en el gesto de sus labios agrietados, en su mirada lánguida. Adela, al otro lado, vio una luz apagada...
Hubo un tiempo en el que fue feliz, pero duró poco. Desde el principio se sintió, primero ignorada, abandonada después, por el hombre que amaba. Luchó con uñas y dientes por mantenerlo, primero, por recuperarlo, después, pero dio la batalla por perdida definitivamente y, desde entonces, se abandonó a su suerte. Había pasado el tiempo, pero no había borrado las heridas.
Aquella mañana, ante el espejo, como en ráfagas amargas, pasaron por su mente sus ojos de ayer, azules y vivos como torrente de aguas bravas, que hoy han tornado en nubes que presagian tormenta, y cubiertos de ojeras como muescas que la desventura ha ido pintando con cada desengaño; sus labios carnosos, en forma de corazón apaisado, hoy están atravesados por una herida de tristeza; también  sus cabellos, dorados como hebras de oro y que enmarcaban un rostro radiante, sufren hoy, a destiempo, el acoso despiadado de las canas que traen consigo los años.
Era la tristeza que embargaba su alma la que había tomado aposento, sin piedad, en su rostro, y se dijo que no podía seguir así. Apretó los dientes y cerró los ojos para tratar de evitar el llanto, y, aun en silencio, el gesto que ahora se reflejaba en el espejo era el de un grito mudo de rebeldía ante el escozor por el tiempo perdido.
Cuando volvió a abrir los ojos, la serenidad intentaba a duras penas volver a su mirada y pareció como si, al otro lado, sus ojos se encendiesen como dos estrellas que le advertían, ahora con gesto severo, que la vida seguía y que no podía darse por vencida...


7. Un trayecto

MADRID. DE ATOCHA A NEPTUNO

Madrid es una ciudad para pasear si nos olvidamos del tráfico y de la polución. Cada jueves por la tarde realizo el mismo trayecto, de Atocha a Neptuno: un cuarto de hora andando a paso normal. Subo desde la estación y, en el horizonte, aparecen los edificios de la glorieta, entre los que destaca la vulgar fachada gris del Museo Reina Sofía, edificio en otros tiempos destinado a hospital de beneficencia. Mientras cruzo por el eterno paso del Ministerio de Agricultura, - edificio modernista coronado por un conjunto escultórico excesivo -, que dejo a la derecha, veo a lo lejos dos caballos al pie de la estatua de Claudio Moyano; según me acerco compruebo que es la policía y que los dos agentes a caballo charlan rutinariamente. Llego  a la parada del autobús y  saludo a una amiga que espera; pienso  en ir con ella, pero, como hace buena tarde, decido ir andando.  Camino entre el Botánico, a mi derecha, y la riada de coches, y me pregunto por qué las plantas del jardín tienen que estar encerradas entre muros y vallas. Me respondo: no son plantas comunes y hay que preservarlas de la gente común. Para evitar en parte el ruido y el humo de los coches, me desplazo a la vereda, en otros tiempos de tierra, junto a la valla y pienso en lo ridículo que quedan los bancos corridos adosados a la pared que, a fuerza de acumular capas de cemento, han perdido su función: el asiento está a escasos diez centímetros del suelo, por lo que, si te sientas en ellos, es como si te sentases en el suelo. Recorro de sur a norte la fachada del Museo Botánico, y, antes de llegar al final, me adelantan los caballos que había dejado en la Cuesta Moyano, con su cabalgar pausado sobre los adoquines. Mientras contemplo cómo se alejan, soy consciente de que vivimos en estado de emergencia. Se dirigen hacia dónde acaba la fila para entrar al Museo del Prado por la puerta Norte. Llego al lugar en el que se han parado los caballos, junto a la estatua de Velázquez; ahora el pavimento es de losas grandes y lisas, algo que los pies del caminante agradecen, y ya diviso en toda su longitud la fila, que nace en la puerta, baja por las escaleras y se extiende hasta la estatua. En la plaza central vislumbro un enjambre de turistas que van y vienen, cámaras en ristre, fotografiando la estatua de Goya e intentando encuadrar, como telón de fondo, el Hotel Ritz, frente a la puerta Norte; después dirigen el objetivo a la fachada lateral del Museo, a la iglesia de los Jerónimos que, en la colina, preside la escena. Veo a  chicas, de espaldas al edificio, haciéndose el selfie preceptivo, y a los curiosos del arte 'menor' observando con curiosidad y detenimiento las acuarelas de los pintores aficionados expuestas en la calle. Miro hacia los puestos de recuerdos, y mi vista se va a los toreros y las señoras con vestiditos de faralaes, junto a las botellitas de agua a dos euros. Y me detengo ante la estrella de la tarde: el mimo motorista que hace una pirueta imposible, desafiando la ley de la gravedad; le echo unas monedas, me hace un guiño y me saluda soltando el manillar... Prosigo y acelero el paso porque está a punto de abrirse el semáforo. Vuelvo a ver a la amiga que dejé en la parada del autobús en Atocha, sentada en la terraza de un bar de la plaza de Neptuno, terminándose un café, dando la espalda al majestuoso Hotel Palace. La vuelvo a saludar y me dice que cómo he podido  tardar tanto en ese trayecto. "Porque voy a los sitios con tiempo para disfrutar del paseo, no tengo prisa...", le respondo. Aún así, los quince minutos se han convertido en treinta, pero el paseo ha sido tan agradable que ha pasado en un suspiro... Subo la cuesta de la calle Cervantes, veo una fila que espera para entrar en la iglesia de Jesús de Medinaceli, y, como aún me sobra tiempo, también me tomo un café antes de entrar a clase.


8. El trayecto que no se hizo. 
MADRID-GRANADA. UN VIAJE DE VUELTA

En mis viajes desde la ciudad donde resido al pueblo de Granada  donde nací, las palabras ida y vuelta no tienen el significado que se les supone: el viaje de ida es, siempre, la vuelta al lugar al que pertenezco, y la vuelta es la ida, porque siempre queda pendiente otro regreso. 
Desde que abandonamos el pueblo, la distancia, en tiempo, se ha reducido a la mitad, pero ahora el viaje es más monótono. Cuando tomas la autovía en Madrid es como si te metieses en un túnel que abandonas cerca del pueblo, a veces, incluso, sin paradas intermedias. 
Con cada regreso es inevitable evocar el pasado y los viajes en tren durante la juventud. La emoción por el reencuentro con los lugares y las gentes de mi infancia comenzaba con los preparativos del viaje. Como casi siempre solían ser pocos días, aprovechaba el tiempo al máximo: hacía  la maleta la noche anterior y me la llevaba al trabajo; al acabar la jornada laboral, con mucha antelación, me dirigía a Atocha, como si llegar antes supusiera adelantar  la hora de partir. Casi siempre iba en segunda clase y de noche, y era muy difícil dormir. Yo procuraba hacerlo nada más salir de Madrid, por el temor que tenía a pasarme de estación y llegar hasta Almería, final de trayecto. Siempre me debía dormir pasado Aranjuez, porque tengo el recuerdo de ver el letrero de su estación y después un vacío, sin más estaciones en la provincia de Toledo, hasta despertar con el trasiego de personas y maletas en los pasillos ante la proximidad de Alcázar de San Juan, en Ciudad Real, donde el tren hacía la primera parada larga, para que subieran o bajaran pasajeros, tomar un café.... Yo salía para estirar las piernas y fumar, pero no me retiraba mucho por sí sonaba el silbato y no me daba tiempo a volver. Quedaba poco tiempo  ya para llegar a Despeñaperros, mitad de trayecto.
Al lado sur de Sierra Morena, las vides habían dado paso a los olivares y la llanura a la montaña, algo que me hacía sentir que empezaba a estar en casa. En la estación de Linares-Baeza (de niño pensaba que eran un solo pueblo), en Jaén, el tren se detenía para dividirse en dos: el que seguiría trayecto a Granada capital y el que continuaría hasta Almería. Ya estaba a escasas dos horas de mi destino y la inquietud me impedía sentarme: hacía el viaje en el pasillo, como si al ir de pie fuese a llegar antes. Desde la ventana, con las primeras luces del día, miraba hacia adelante y veía cómo, poco a poco, desde el final del llano por donde avanzaba el tren, iba acercándose el telón de fondo de Sierra Nevada, a cuyos pies me dirigía.
Penúltima parada, Moreda, Granada. Bajaba  la maleta del estante de mi departamento, y me dirigía hacia la puerta porque en quince minutos estaría en Guadix. Al entrar en la vieja estación empezaba a ser un hombre que recobraba su pasado. Salía a la calle y descendía por la cuesta hasta la parada del autobús; ante mí, la majestuosa imagen de la catedral con su trasfondo de montañas nevadas que vivía perenne en mi recuerdo. Un autobús me llevaba a Purullena, y cuando  bajaba la cuesta, flanqueada por cerros y cuevas, y paraba frente a la calle Real, sentía que ya estaba de vuelta, en casa...
Hoy, cada regreso es una vuelta al pasado porque las calles se han llenado de sombras con nombres y apellidos. Por eso, cuando reemprendo el viaje de ida, me digo que el exceso de nostalgia no es bueno para mantener una buena salud mental. Aún así, siempre espero el próximo regreso.


9. Encerrado

LA TEMPESTAD              

Jordi había quedado con un amigo para tomar una copa una tarde de sábado. Cuando salió del metro una impresionante tormenta oscureció la ciudad y pensó en volver a casa. No lo hizo. En el pub le esperaba su amigo. Al poco de llegar entablaron conversación con  dos chicas y la copa se convirtió en copas, y ellas en tigresas con hambre que también despertaron el apetito de sus presas. 
Antes de que llegase la noche, el amigo de Jordi salió del local con su pareja y, poco después, lo hicieron él y su chica. Se dirigieron al cercano edificio de la empresa en la que él trabajaba y cuyas llaves siempre llevaba en el bolsillo. En vez de subir a las plantas altas, mejor acondicionadas, pero con ventanas al exterior, se dirigieron al sótano, a la sala del archivo que tenía una pequeña antesala con unos cómodos sillones. Mientras fuera seguía la tormenta, en el pequeño habitáculo enmoquetado se desataba otra tempestad de besos y sexo, después de la cual no llegaría la calma...
El frío despertó a Jordi, que estaba tumbado en el suelo. Extendió un brazo y después el otro, buscando el calor del cuerpo de su compañera de viaje. No estaba a su lado. Gritó su nombre y no contestó. La inquietud comenzó a invadir su cuerpo. Se incorporó y, a tientas, palpando las paredes, y con pasos cortos y lentos, se dirigió hacia la puerta; a la izquierda sabía que estaba el interruptor; lo pulsó y no había luz, y en ese momento la oscuridad le atravesó las sienes como un cuchillo. Temblando giró el pomo de la puerta y no abría: habían echado la llave por fuera. Sintió cómo su mente se atrofiaba y era incapaz de pensar en nada coherente. Solo quería gritar, pero el jadeo que provocaba el acelerado ritmo del corazón  impedía que el grito saliera al exterior; le empezaron a temblar las piernas y un sudor frío recorrió su cuerpo. Con los puños cerrados empezó a golpear la puerta y, ya sí, expulsó un desesperado ¡socorro!, a sabiendas de que nadie escucharía.
A duras penas intentaba mantener la calma que, a cada instante, impedía el silencio. Buscó a tientas la ropa, que debía estar en el sofá. Se vistió. En el abrigo comprobó que no estaban las llaves ni la cartera. “¡Hija de puta!”, gritó con toda la rabia que le permitía su cuerpo y su orgullo heridos. Recordó que había olvidado el móvil en casa. No sabía qué hora sería y no recordaba dónde había dejado el reloj… Daba igual la hora que fuese. Se movía de un sitio a otro, con pasos cortos y nerviosos, y, para romper el silencio, daba palmadas y  se hablaba a sí mismo en voz alta, con voz temblorosa y entrecortada, tratando de convencerse de que nada malo le pasaría. Después se dijo que era ridículo lo que estaba haciendo y decidió ponerse el abrigo y sentarse. Envolvió la cabeza con sus manos, cerró los ojos y apretó los dientes para evitar el llanto, sin conseguirlo. Rompió a llorar, al tiempo que maldecía su mala suerte. Volvió a gritar “hija de puta” una y otra vez. Intentó dormir, pero el temblor no se iba de su cuerpo. La tensión le había provocado un tremendo cansancio y entró en una especie de duermevela durante el cual mil ideas atormentaron su mente. Su estado de ansiedad le impedía racionalizar la situación. Al fin se quedó dormido, pero enseguida despertó. La luz de la sala estaba encendida. No había nadie, por lo que no fue ella, pensó, quién bajó los plomos de la luz del edificio; habría sido la tormenta. Respiró más tranquilo, se incorporó y fue hacia la puerta; seguía sin poder abrirse. Pegó su frente a la madera, cerró los ojos, y, mientras maldecía entre dientes su mala suerte una vez más, sintió como introducían una llave en la cerradura. Sus músculos se destensaron al mismo tiempo que la furia se le incrustaba en los ojos. Expectante, se separó de la puerta y al otro lado apareció su amante fugaz. Cuando la miró fijamente, con el rostro aún desencajado y los ojos que querían salirse de las órbitas, ella dio un paso atrás al mismo tiempo que él le lanzaba un puñetazo que no llegó a su destino, pero que provocó que se hiciera añicos contra el suelo la botella de güisqui que ella había ido a buscar para celebrar el encuentro.




10. Mientras baja el ascensor

UNA BIBLIOTECA ESPECIAL 

Termino la visita a la recién inaugurada Biblioteca-Museo en la quinta y última planta, destinada a exposiciones temporales  y a cafetería, y decido bajar en el viejo ascensor restaurado, aun a sabiendas de que tardaré más que por las escaleras. Cuando llega, abro la cancela de hierro y tengo la sensación de que me voy a enclaustrar en un confesionario de maderas tenebrosas con cristales. Una vez dentro del habitáculo, a través de los cristales contemplo en el exterior una especie de cilindro de cristal que rodea el hueco de la escalera de caracol, por donde transita la vieja máquina. Cierro cancela y puerta de madera, pulso el botón del bajo –no sé aún que parará en cada planta- y en el espejo veo reflejada mi cara de satisfacción por este paseo a través de la literatura y el arte.
Se pone en marcha el viejo trasto y recuerdo las salas con libros de cada época y la multitud de objetos artísticos y otros utensilios que, en perfecta armonía, se complementan por los diferentes espacios; y pienso en un imaginario viaje literario desde el racionalismo de las vanguardias hasta la era pre-clásica plena de mitos y leyendas.
En la cuarta planta sube un hombre mayor, sudoroso, se mira en el espejo y se ajusta la corbata. Miro hacia el techo y compruebo que es demasiado bajo, proporcional a la estatura media del hombre de principios del siglo XX, y aumenta la sensación de enclaustramiento. Recuerdo que en esta planta se exhiben obras desde el Romanticismo y el Modernismo hasta la literatura contemporánea. “Demasiada materia para tan poco espacio”, pienso.
Seguimos la marcha. El ascensor se detiene en la siguiente planta de manera brusca, y tras el lento proceso de apertura pasan al interior dos personas: ya está el aforo completo. No corre el aire entre los cuatro cuerpos. Me estiro y respiro hondo. Proseguimos la marcha. Después de saludar, éstos sí, hablan sobre los dos espacios destinados, en esa planta, a la literatura del Barroco, a la multitud de ediciones de El Quijote y de objetos relacionados con él, y a la época Neoclásica, época dominada por la razón en la que surge “la llave de los tiempos modernos…”, según uno de ellos: “…el movimiento de la Ilustración, del que España, una vez más, quedó al margen”, apostilla.
En la segunda planta se baja el señor mayor haciéndonos gestos de que le falta el oxígeno. Mientras nos recolocamos para dejarle salir, nos dice que dará otro paseo por el Renacimiento: “Señores, el despertar del progreso está en esta planta.  Aquí se vuelve a poner al hombre por delante de todas las cosas y florecen todas las artes, pero como hay gustos… Buenas tardes”. Los tres supervivientes, respiramos: solo quedan dos etapas.
Parada en la primera planta, donde conviven en controvertida armonía, pienso ensimismado, la literatura Medieval, sus cantares de gesta y los ideales religiosos del Cristianismo triunfante, con la cultura clásica, griega y latina… Y reducida a un espacio simbólico queda la literatura Preclásica con sus mitos y leyendas, sus epopeyas...
Finalizamos nuestro viaje singular dentro de esta decimonónica nave restaurada al llegar a la planta baja, donde esperan otros impacientes viajeros deseosos de emprender su viaje por la literatura y el arte.
En un rincón del amplio hall de entrada, sobre una placa dorada, se recuerda el año de la reinauguración de este singular edificio y el alcalde que regentaba la ciudad, con la siguiente leyenda: “Gracias a todos aquellos que, con su lucha, han logrado salvar este bello edificio de las garras de la especulación”.


11.  Alguien escucha su nombre

MI NOMBRE EN SU VOZ                       
                       
Anduve toda la noche buscándola porque me habían dicho que estaba en la feria de aquel pueblo. Me moría de ganas de estar con ella para decirle cuánto la quería. Después de una eternidad, cuando ya abandonaba la búsqueda y me dirigía hacia donde se encontraban mis amigos, entre el ruido de las tómbolas y el pitido de las atracciones, me pareció escuchar, a lo lejos, que alguien pronunciaba mi nombre. Mi corazón aceleró su marcha, volví la cabeza, y mis ojos buscaron ávidamente entre la gente que caminaba por la calle, a la persona que lo había pronunciado. Mientras buscaba, inútilmente, entre los destellos de las luces multicolores brillando sobre las cabezas de personas desconocidas, lo volvieron a pronunciar y, ahora, esa voz sonó cercana, clara y nítida como los amaneceres del verano, enérgica y alegre como el agua de los arroyos brincando sobre los guijarros:
-       ¡Antonio…!
Era ella, estaba seguro. Cerré los ojos, como agradeciendo al destino que me hubiese encontrado, y volví la cabeza hacia el frente, por donde venía hacia mí. Tanto me había turbado la emoción por escuchar mi nombre en su voz que la busqué entre la gente que venía detrás cuando el sonido venía de frente.
-        Antonio… –repitió más suavemente cuando se encontraron nuestras miradas- Me han dicho que me estabas buscando…
¡Antonio! Vi cómo mi nombre salía al viento, dibujado en sus labios, al mismo tiempo que una suave melodía de sílabas sonaba en mis oídos. La paz, una tensa paz, se apoderó de mi cuerpo y pensé que la noche que teníamos por delante empezaría a abrir las puertas del futuro…
Nos fuimos lejos del bullicio.
El resto de la noche transcurrió como un suspiro…


12. Frío

INVIERNO                         
             
Cuando traspasó el umbral de aquella puerta fue como si su alma se quedase desnuda, a la intemperie, entre las sombras del invierno. Al fijar la vista en aquellas frías paredes, desconchadas y polvorientas, un escalofrío recorrió su cuerpo y no supo reconocer su origen: ¿era por el desangelado ambiente invernal, instalado entre los anchos muros de adobe de la vieja casa familiar, ahora abandonada, o era un ataque de nostalgia? El caso es que estaba destemplado, el cuerpo tenso, como encogido, y se abrochó, de arriba a abajo, el chaquetón.
Cruzó el arco de la cocina y su vista se fue hacia el tenue rayo de luz que entraba a través de los cristales de la ventana y, al abrirla para subir la persiana, sintió el azote del aire gélido de enero en la cara, y se acordó del sombrero que había dejado olvidado. En el poyete que da a la calle, el hielo se empezaba a derretir y formaba surcos de agua entre el polvo que cubría su superficie. Cerró y se frotó las manos; se detuvo un instante en la chimenea que ayer mantenía caldeada esta estancia, y que hoy solo es testigo de las sombras que deambulan por el páramo en el que se ha convertido la casa. Echó de menos el fuego de antaño, que habría aplacado los escalofríos que, de vez en cuando, sacudían su cuerpo.
Por el largo pasillo se volvió a frotar las manos, ahora más intensamente (también había olvidado los guantes), intentando que por el témpano en el que se estaba convirtiendo su cuerpo, volviese a sentir circular la sangre. Llegó al ventanal desde el que se ve el patio, donde pervive en la esquina donde nunca da el sol, el pozo de agua salobre; vio su cubierta de acero salpicada con los restos de la helada nocturna. Abrió la puerta, se subió todo lo que daba de sí el cuello del chaquetón y, al pisar sobre las losas cubiertas de escarcha, resbaló y casi cae al suelo. Desistió de continuar y, tiritando, volvió al clima menos extremo del pasillo.
Subió la escalera; pasó de largo por la desangelada primera planta, donde estaban los dormitorios, y se dirigió, directamente, a la cámara, donde en los días del ayer se secaba la matanza, donde vivían sus palomas y las gallinas engüeraban primero, y criaban después a sus polluelos, hasta que podían soportar el invierno en los agrestes territorios del corral. Por la escalera, sintió cómo un viento punzante, de origen desconocido, le percutía en la cara, provocando que se le escapase el moquillo. Se limpió y volvió a meter las manos en los bolsillos. De vez en cuando sentía  un espasmo que intentaba combatir manteniendo tensos los músculos del cuerpo. Y vio, desde la escalera, entre las desvencijadas vigas de madera del tejado, un boquete por el que se colaban el viento y la nieve que fuera empezaba a caer. Se enrolló la bufanda alrededor del cuello, tapándose la boca, y miró alrededor: solo vio soledad, telarañas, y la nieve que socavaba la nostalgia y la vieja estructura de su casa desamparada, a la que solo visitaban, insuflándole un leve soplo de vida, los pajarillos que se colaban para guarecerse en un rincón bajo la herrumbrosa techumbre. Los contempló, posados en las cuerdas, hechos un ovillo para mejor conservar el calor de sus cuerpecillos. Se fue.
Al salir, cerró definitivamente la puerta del viejo caserón y se fue calle arriba, bajo la nieve que caía sobre su cabeza y empezaba a enterrar la nostalgia. Se fue, a buscar el calor que le esperaba en otra casa, en otro lugar, al otro lado de todos los inviernos.



13.1  Testigo de un accidente         

EL IMPRUDENTE ACCIDENTADO   

Es un domingo de diciembre a primera hora de la mañana. Me encuentro con unos amigos y me proponen ir a la sierra. Sin llevar la ropa ni el calzado adecuado, decido irme con ellos. "No te preocupes que hace buen día, arriba aún no hay nieve y vamos a ir por caminos transitables. A mí no me gusta hacer el loco, ya sabes", me dice él. Subimos con el coche hasta la explanada situada ante la entrada de la antigua ganadería y nos entretenemos un rato sobre las escalinatas cubiertas de musgo de la vieja ermita. Después iniciamos la ascensión. Ellos van pertrechados de chocolatinas, zumos, agua, lo suficiente para soportar una caminata de unas cinco horas. Yo voy con lo puesto. El objetivo es alcanzar la cima de la montaña, disfrutar con el paisaje y llegar hasta un edificio curioso en medio de la naturaleza: la vieja plaza o tentadero de reses bravas. Enseguida nos topamos con el bosque multicolor (el bosque encantado) que se extiende sobre una profunda depresión por cuyo margen derecho discurre el camino, cada vez más sinuoso. El perrillo juguetón, color canela, va delante de nosotros, y, a veces, lo perdemos de vista, aunque siempre vuelve. Cuando desaparece el bosque, se estrecha la depresión y surge, como por encanto, un arroyo de aguas cristalinas. El sol pega de plano y las aguas de la sierra –pensamos- aliviarían el calor. Buscamos algún sendero por el que bajar al agua, pero el perro no espera: se lanza ladero abajo en busca del agua y desaparece de nuestra vista. Mi amigo le llama, sin resultado; se inquieta por haberlo perdido de vista y decide bajar a buscarlo, desatendiendo nuestros reiterados consejos. “Espera que habrá un camino, que todavía no se ha deshecho el hielo, que vas con una rozadura en los pies, que es peligroso…” No hace caso. Da un primer salto para plantarse en la roca y al hacer pie, resbala sobre la superficie helada y cae rodando ladera abajo. Ella y yo, desde el borde del camino, paralizados, lo vemos rodar y quedar tendido, sin moverse, varios metros más abajo. Encarna grita su nombre varias veces, y un ¡socorro! desesperado; quiere lanzarse por el mismo camino, pero la sujeto fuerte por el brazo e intento tranquilizarla; avanzamos, sin perderlo de vista, y buscamos una zona menos escarpada para bajar. Al oír los gritos, acuden en nuestra ayuda varias personas que caminan cerca, e, inmediatamente, les pido que avisen al 061, que es lo más eficaz. Alguien nos señala un camino por dónde bajar sin peligro, y corremos hacía él, jadeantes. Me tranquiliza ver que el terreno está cubierto de hierba y no hay rocas grandes con las que pueda haberse dado un golpe fatídico. Veo a mi amigo al final del ladero, tendido, inconsciente, y me viene a la cabeza la primera regla que nos recuerda mi hermano Carlos: “ante un accidente, si no sabes qué hacer, no hagas nada”. Llegamos donde está y, el  comprobar que no tiene heridas aparentes y color en la cara, nos tranquilizamos. Ella intentaba reanimarle dándole golpecitos en la cara, llamándole por su nombre: “Paco, Paco, por favor, despierta…” Hay que comprobar que respira y le digo que acerque su oreja a la nariz mientras yo le pongo la mano en el pecho: sube y baja, por lo tanto, respira. Llega alguien que sabe tomar el pulso: tiene pulso. “Como está en buena posición, no le vamos a mover hasta que vengan los sanitarios”, dice una joven con buen criterio. Está vivo, pero sigue inconsciente y, al pasar los minutos, la preocupación aumenta. Mi amiga le pasa las manos por el rostro y dice su nombre, y le ruega, suspirando, que despierte. Estamos cuatro personas alrededor suyo cuando abre los ojos, nos mira, y los vuelve a cerrar un instante para volverlos a abrir cuando ella rompe a llorar y grita ¡Paco! Es en ese momento cuando empieza a pasar el susto, el tremendo susto, y a salir toda la tensión acumulada en el cuerpo, porque, al instante, escuchamos la sirena de la ambulancia. De detrás de unos matorrales sale el perrillo ladrando y corre hacia su dueño; éste le mira, hace un gesto de dolor señalándose la pierna que apoyó en la roca, luego acaricia a su perrillo con los dedos, y, con un hilo de voz, le dice: “Cabrón, mi pierna…”




13.2 Testigo de un accidente    (desde el punto de vista del accidentado)

EL IMPRUDENTE ACCIDENTADO II

Amanece un día soleado y decidimos hacer la subida al Camarate, desde la ermita hasta el tentadero. Preparamos la mochila y nos ponemos en marcha. En la calle nos encontramos con un viejo conocido al que animamos a que se venga con nosotros; me dice que no lleva ropa ni calzado adecuado y le digo que no se preocupe, que hace buen día, arriba aún no hay nieve y vamos a ir por caminos transitables; él sabe que a mí no me gusta hacer el loco. Suelto a Rabúo, mi perrillo color canela que siempre me acompaña, y voy entretenido con él tirándole algo de madera, o piedras, que él, solícito, busca y me devuelve, mientras mi mujer y mi amigo hablan sin parar. Voy enfrascado en mis pensamientos: en la rozadura que me están haciendo las zapatillas nuevas y que me hace dudar si alcanzaré el destino, en el bosque que ya ha perdido parte de su colorido de hace un mes, en el arroyo… El camino, poco a poco, se empina, el valle  se estrecha y llegamos a un falso llano desde el que ya se ve el arroyo que baja de la sierra. Rabúo va con la lengua fuera y se tira por el ladero en busca del agua. Lo pierdo de vista. Me paro y le llamo varias veces. No aparece. Empiezo a despotricar y mis acompañantes, como si me leyeran el pensamiento, me dicen que no se me ocurra ir detrás de él... No tienen ni idea. Veo una roca colocada estratégicamente, como a un metro y medio del borde del camino. Siguen advirtiéndome… Ni caso. Doy un salto, tengo un dolor fuerte en el tobillo al apoyar el pie en la roca, resbalo y caigo rodando. Oigo gritos de varias personas mezclados con llanto, y la punzada de las piedras en las costillas; todo da vueltas como una noria, cielo, agua, hierba… Intento con las manos cubrirme el rostro: no lo consigo, me golpeo con algo la cabeza y una nebulosa se me instala ante los ojos. Me mareo. No veo nada, no oigo nada… ¿Dónde estoy. ¿Faltará mucho para llegar? No sé qué ha pasado... Voy recuperando la consciencia, poco a poco, y lo primero que escucho es a alguien que pronuncia mi nombre y me dice ‘despierta’; me cuesta un mundo abrir los ojos, pero los abro un segundo y se me vuelven a cerrar. No puedo obedecer, mi voluntad no existe. Alguien grita mi nombre con fuerza y llora, y el grito hace que luche por abrir los ojos. Todavía aturdido, creo reconocer a Encarna; es ella quien llora. Hago un gran esfuerzo para mantener los ojos abiertos. Veo a varias personas alrededor de mí y a alguien que desde más lejos grita algo. No entiendo qué dice. Estoy tendido al final del balate, cerca del arroyo y siento el cuerpo magullado, y me turba el sonido del agua contra las rocas. Me duele la cabeza; es un dolor punzante en la frente que me impide abrir los ojos sin esfuerzo. Debo tener roto el tobillo porque intento mover el pie y el dolor agudo se me hace insoportable. Quisiera dormir pero no me dejan: “tienes que mantener los ojos abiertos”, me dice alguien. Encarna  -ahora sí la distingo - me habla… Veo a Rabúo salir ladrando de detrás de unos matorrales y se dirige hacia donde estoy, se pone a mi lado, me lame la cara; yo, le acaricio el lomo, y le digo algo mientras pienso en mi pierna, aunque lo que más me preocupa es la cabeza. Me dicen al oído que me tranquilice, que ya viene la ambulancia, aunque yo solo oigo el estruendoso sonido del agua sobre los guijarros. Tengo mucho calor y pido que me echen agua fresca por la cara y alguien lo desaconseja: “Está muy fría”. “¿Mejor de la botella que llevo en la mochila?, pregunta Encarna. “Sí”, contesta una mujer que no conozco. Noto un pañuelo húmedo en la cara; me alivia algo. Ha llegado más gente cerca de mí; distingo a dos sanitarios. Una chica me dice que despierte y le digo que no estoy dormido, “¡pero abre los ojos!”, me dice enérgicamente. “¿Cómo te llamas?” Hago un esfuerzo, los abro y le digo mi nombre: veo a la chica que me habla preguntándome qué me duele; le digo que la pierna - el tobillo - y la cabeza. Me dice que no me mueva, hace algunas comprobaciones sobre distintas partes de mi cuerpo, y le dice al compañero que hay que bajar la camilla y, dirigiéndose a los demás, que no me toque nadie. Entretanto, me advierte que me va a poner un sedante y que notaré un leve pinchazo. Noto como una picadura de abeja mientras alguien dice que me llevan al hospital. Siento que me duermo…                                         




14. Alguien ve niños jugando

ABUELOS EN TIEMPOS DE CRISIS

Cada tarde la misma rutina: recojo al niño del colegio y vamos al parque. Nos sentamos en un banco, merienda y se va a jugar con los amigos que, impacientes, ya le reclaman. Siempre empiezan por el tobogán, suben y se tiran veinte veces, y cuando se cansan, a los columpios, a hacerle la vida imposible a los que están montados para que les dejen: "chicos, hay que compartir", reclaman. Consiguen el objetivo: "primero  yo subo y tú empujas y luego tú subes ¿vale?" Pablo lleva la voz cantante, su amigo obedece. Se baja corriendo del columpio y en vez de empujar, como había dicho, decide ir a balancearse al pato de madera, y le deja boquiabierto. Este Pablo es un poco mandón, en eso no puede negar que es hijo de su madre; era igual, siempre dando órdenes aunque no le gustaba nada recibirlas. Una vez probados todos los aparatos organizan un gol regañao sobre la arena del recinto vallado. "Me pido portero." Varias cazadoras hacen de poste, y él se coloca en el centro, con las manos sobre las rodillas. Desde siempre, casi todos los juegos acaban con un balón… Recuerdo que yo quise ser delantero pero era un tuercebotas; él, más listo, portero, el que menos corre y ve venir al enemigo de frente... 
En fin... Veo su actividad frenética y pienso en la pausa que se pone en la vida de las personas cuando llega la jubilación... Me quedo absorto mirándolos. Abro el libro que llevo en el bolso y, leo un rato, hasta que viene Pablo lloriqueando: "abuelo me han dado un balonazo en la cara, y me duele." Saco la botella de agua y le echo una poca en el lugar que señala: "agua bendita, como a los futbolistas...", le digo. "Es verdad, es mágica, ya no me duele". Y vuelve corriendo a la arena a encararse con el que disparó: "Ha dicho mi abuelo que no tires tan fuerte". "Claro, entonces no meto gol...", le replica.
Mientras escucho a las madres protestar por los pelotazos y los gritos de ellos sin hacer caso a la protesta, pienso en que temía que llegase la hora de la jubilación; por eso, cuando llegó, me planteé una rutina para mantenerme activo, pero ahora disponiendo de ocho horas diarias más. Luego surgió que me tenía que ocupar de Pablo, y así transcurren mis días…   
Viene otro abuelo con el nieto, muy desmejorado: la quimio le está sentando fatal; le saludo, me pregunta cuándo me operan... No quiero ni acordarme. Hablamos de esta crisis que ha hecho de los abuelos cuidadores de los nietos, porque no hemos sido capaces de crear un sistema en el que se pueda conciliar vida laboral y familiar. "Todo sea por los hijos...", me dice. 
Se va la tarde. Llamo a Pablo, que ya suda como un pollo, a pesar de que corre poco. Debemos volver a casa. "¡Déjame un rato más!", protesta. Nunca se harta. Por el camino, de la mano, me cuenta sus disputas diarias con la profe, con los compañeros. Me encanta escucharle porque nada hay como la inocencia de los niños: "¿quién les dirá cuando crezcan que los hombres no son niños?", que decía aquella canción...



15. Un espacio

UN HOGAR

Le invitó a tomar la última copa en su apartamento. Cuando entraron, crujió la tarima  del piso, que resaltaba sobre los tonos claros de paredes y mobiliario. Ella dijo: “Este es mi hogar, el lugar donde viven mis libros”. Dejó las llaves en un cajón del aparador, a la derecha, y los ojos  del visitante se toparon, de frente, con un amplio ventanal a la calle, con un store  color crema a medio levantar, que dejaba pasar la luz de la tarde. Dejaron los abrigos en un perchero antiguo de madera, a la izquierda, adosado a la pared, del que ya colgaba un fular y una bufanda de lana gorda. 
Era un apartamento estilo americano, con entrada directa al salón; a la izquierda, dos puertas blancas comunicaban con la cocina -con un mostrador, jarrón con flores secas y frutero en cada flanco- y con el dormitorio. En las paredes, pocos cuadros: uno con máscaras venecianas, otro con una foto en tonos blancos y grises de Lennon al piano, y uno, original, que pretendía ser cubista, de Dylan. Varias máscaras en tonos oscuros salpicaban la pared, poniendo, desde la distancia, el contrapunto de color.
La única pared sin aberturas la ocupaba una gran estantería irregular, de pared a pared, también lacada en blanco, con un equipo de música en el centro y dos bafles en cada extremo, con libros y discos de vinilo, y archivadores en los estantes bajos, todo perfectamente alineado, y, buscando atenuar la sensación de orden, se podían ver fotografías, figuras y objetos recopilados en los viajes, un juego de elefantes en  ébano, colocados de mayor a menor y de espaldas a la puerta; los cedés, aparte, en un mueble con estantes de cristal, que formaba una ele a la derecha de la estantería, y una mesita redonda, con faldones verdes y una maceta con flores de interior, además de algún libro.
No había televisión. 
A la izquierda, formando otra ele con la estantería y junto al ventanal, una mesa escritorio, de madera negra, con un cristal opaco y un reposapiés en el suelo, y, sobre ella, el ordenador portátil, una impresora y una lámpara de mesa, y varios libros; en la pared, una litografía.
En otro espacio, delimitado por una jarapa, entre el ventanal y el mostrador de la cocina, una mesa redonda de cristal -mantel bordado, jarrón de cerámica con flores frescas, marcos con fotos, y algún libro- flanqueada por cuatro sillas.
Se sentaron en el amplio sofá, situado en el centro de la estancia, en un espacio que delimitaba una gran alfombra, puso dos posavasos y vasos anchos con hielo sobre la mesa de cristal, donde también había un grueso volumen abierto. En la balda inferior, además de algún libro, ejemplares de revistas sobre historia y arqueología, y boletines de Ong’s, cubrían toda la superficie. Desde el sofá se podía distinguir el perfecto orden en el que estaban colocados los libros y los discos: por temática y orden alfabético de autores. 
Mientras servía las copas, él le dijo que le había extrañado, dentro de tanto orden, ver algunos libros fuera de la estantería. Ella respondió que le gustaba dejar fuera de su sitio, y durante un tiempo, los libros que había leído y le habían gustado para que no se le olvidase prestárselos a los amigos cuando la visitasen, porque una de las cosas buenas de los libros es poder compartirlos.



16.1  Miedo

EL ROBO                
                       
Nos habíamos acostado tarde y a mí me costaba conciliar el sueño. Cuando estaba entrando en el sopor previo, cuando se relaja el cuerpo y se dispone para el descanso, escuché pasos en la planta baja. Me incorporé en la cama. Agucé el oído y no volví a escuchar nada. Habrá sido el vecino, pensé… Me dispuse otra vez para el sueño, pero, transcurridos unos minutos escuché claramente que alguien abría cajones, al mismo tiempo que creí escuchar abrir la puerta del garaje que, aposta, mantenía desengrasada para que delatase a quien entrara.  Eran varios. ¡El teléfono!, pensé, pero lo deseché porque lo dejaba alejado de la mesita. No me atreví a levantarme por si el ruido me delataba. A la mente acudía un fogonazo tras otro, sin lógica alguna, hasta el punto de que no caí en la cuenta de que en la mesita tenía el teléfono fijo a mi alcance. Me invadió un sudor frío mientras un torbellino de ideas sacudía mi mente: ¿salía a la terraza y pedía socorro?, ¿encendía la luz y gritaba para ver si los ladrones emprendían la huida?, y si subían, ¿les hacía frente…? Me mantuve tumbado quieto, mejor diría paralizado, conteniendo todo lo que podía la respiración porque irían armados y no dudarían en utilizar sus armas si se sentían descubiertos. Una nebulosa se instaló en mi mente y cegó las salidas. No sabía qué hacer. Pensar que nos descubrirían tarde o temprano me producía un malestar general: la sangre me subía a la cabeza y el sudor frío se transformó en una llamarada; me entraron ganas de orinar, pero me contuve. Estaba encogido, los brazos cruzados sobre mi pecho, como protegiéndome del destino que inevitablemente me esperaba, y me temblaba todo el cuerpo. En un acto reflejo, toqué en el hombro a mi mujer repetidas veces, nervioso. ¿Qué pasa?, me preguntó. ¡Calla!, dije. Le tapé la boca y le susurré al oído que había gente abajo, el corazón a mil… 
Los intrusos habrían escuchado nuestras palabras porque ahora subían, sigilosamente, por la escalera… Aun paralizado, la angustia ante lo inminente, hizo que me tirase de la cama y abriera la puerta de la terraza que da a la calle. Salí y grité un ¡SOCORRO! desesperado que rompió el silencio de la noche. Ella me siguió…
Desde la terraza vimos cómo  dos tipos salían corriendo de nuestra casa, por la puerta principal, que abrieron sin esfuerzo porque yo tenía la mala costumbre de no dar varias vueltas a la llave y cerrar solo con el resbalón…



16.2 Miedo

CARTA PARA UNA MADRE      

Como todos los segundos jueves de cada mes, la madre madrugó para acercarse hasta la prisión de la capital a visitar a su joven hijo encarcelado. La guerra había terminado hacía dos meses y él estaba, como todos sus compañeros, pendiente de un Consejo de guerra que, con un poco de suerte, le condenaría a treinta años de cárcel. La vida de ella, desde que se lo llevaron, se tiñó de tinieblas. Cada paso era un sobresalto esperando el momento que no quería ni imaginar.    
Iba andando hasta la capital y siempre le llevaba, en un hatillo, algo de comida. Cada día, por el camino, le temblaban las piernas y la mente era un torbellino, un continuo ir y venir de una situación mala a otra peor y de ésta a otra pésima, y todas terminaban con su hijo ante un pelotón de fusilamiento. Y rememora, de forma atolondrada, el tiempo que estuvo escondido en la casa desde que escapó del frente; el huracán que se desataba en su cuerpo cada vez que alguien llamaba a la puerta o se escuchaban pasos por la calle a horas intempestivas. Hasta el silencio absoluto, que ella suponía presagio del desastre, martilleaba sus sienes. Rehuía a la gente porque cada vecino podía ser quien delatara al hijo; era consciente de que se había vuelto una persona huraña, desconfiada y quizás todo eso, que lo llevaba dibujado en la extrema palidez de su cara, en la ira dibujada en sus ojos llorosos, fue lo que delató al hijo.
A veces, el vendaval de situaciones provocaba un tremendo cansancio y volvía el silencio: solo deseaba no imaginar el día en que alguien lo destrozase con un mazazo definitivo. Ya nada estaba en su mano, pero pensar que por ella le delataron la sumía en un estado cercano a la locura.  
Iba a paso ligero, ansiosa por llegar; la respiración agitada, un nudo en el estómago. Quería  estar ya ante la puerta de la prisión, cruzar el pasillo y llegar a la sala con rejas, a través de las cuales le vería, le tocaría las manos, la cara, y olvidaría todo por un instante. Intentaba contraponer a los malos augurios, argumentos que podrían valer para una madre, pero que de poco servirían ante un tribunal militar: "solo era un niño, ya me han matado a los dos mayores y al marido, le reclutaron a la fuerza, tuvo que ir porque vivíamos en zona..." Como cada día, el nudo, el ahogo, el temblor, solo se atenuaban cuando estaba ante él.
Aquel jueves de junio, la madre entregó, como cada mes, su documentación en la puerta de la cárcel. Le dijeron que tenía que esperar... Tenía que esperar. Un frío gélido, un temblor descontrolado recorrió su cuerpo mientras un manantial de lágrimas intentaba brotar de unos ojos que querían salirse de sus órbitas. Con el rostro desencajado, gritó al cielo, y su grito desgarrador sonó como un lamento que oscureció la mañana: ¡¿Por qué...?! Un dolor profundo derrumbó a aquella mujer que iba a añadir una cicatriz más en el corazón. ¿Por qué...? Ella conocía el significado de aquel siniestro "tiene usted que esperar". 
Aquella mañana eran seis las mujeres que esperaban en la puerta a que hubiesen accedido al interior el resto. Salió un guardia civil y dijo su nombre en voz alta, mirando hacia el grupo de mujeres. Ella se rehízo por un instante, se secó las lágrimas y obedeció las indicaciones. Pasó a una fría sala donde alguien de paisano le dijo que su hijo había sido fusilado al amanecer. Sin más preámbulos. Le alargó un hatillo con sus pertenencias, y le ordenó que abandonara la sala. Ella se fue sin una lágrima, despacio, la cabeza agachada, apretando los dientes, los músculos de la cara tensos y abrazando el hatillo sobre su pecho.
Emprendió la vuelta a casa, a la soledad, al silencio absoluto. Ahora, todas las malas sensaciones que la agobiaban durante el viaje de ida, se habían transformado de golpe en una noche sin salida. Por el camino deshizo el hatillo y, entre otras cosas, encontró un papel escrito por su hijo. Llegó al pueblo y buscó a alguien que pudiera leérselo. Una mujer, compañera en la desdicha, desplegó la carta, escrita por el chico con letra temblorosa, frases inconexas y algunas palabras ilegibles, como si sobre ellas hubiesen caído lágrimas. Leyó: “Madre: ¡No quiero que me maten! No he hecho nada, tú lo sabes. Me juzgaron y me condenaron a muerte, sin poder apelar siquiera. No quiero morir. No he hecho nada. ¿Qué va a ser de ti sola? Anoche me comunicaron… ¡Me van a fusilar! No quiero ni imaginar el amanecer. No puedo dormir. Cada ruido que oigo pienso que ya vienen… Cuídate madre. No soy ningún valiente, ¡qué sé yo de rebelión! Dicen que me matan por rebelión. Perdona mis lágrimas, mi poca valentía. Tú sabes que yo no quería ir a la guerra porque me daba miedo morir. Ahora me esperan para matarme. Soy un cobarde. No quisiera llorar, pero no soy ningún valiente. Ojalá fuese todo un sueño. Madre, amanece…Oigo pasos. Están abriendo la celda de mis compañeros. ¡Me van a matar, madre querida…!”
Volvió a doblar la carta, se la dio a la madre... Las dos mujeres se abrazaron, y lloraron juntas, en silencio, como dos hermanas unidas en la desgracia que había traído aquel tiempo maldito.





17. Ejercicio conjunto - EL HOMBRE DE LOS PALILLOS                                      
(El ejercicio consiste en crear entre todo el grupo, una escena y que el protagonista termine con la siguiente frase: Y ÉL MURMURÓ, CON UNA SONRISA: “ESTOY DESESPERADO”

El hombre volvió a romper otro palillo.
El local estaba casi vacío a esa hora. El camarero, aburrido, observaba de cuando en cuando la única mesa ocupada. Al cabo de unos minutos encendió la radio y  empezó a sonar un viejo bolero. El hombre que rompía los palillos levantó la cabeza. Había caído la noche y una lluvia tupida (intensa) golpeaba en la cristalera junto a ellos.  
-          ¿Por qué no me lo has dicho antes? - dijo su compañero con un cálido gesto de reproche.
El hombre cogió otro palillo y lo partió con cuidado. Su compañero volvió a llenar las copas. Entretanto el camarero había empezado a retirar y a apilar las sillas. Apagó las luces, dejando solo la fila en la que se encontraban los dos amigos.
Nuestro hombre retiró el palillero, lo colocó junto al servilletero en el centro de la mesa, y, sin levantar la vista, se llevó el vaso a los labios, dio un largo trago y cerró los ojos mientras el líquido avanzaba por su garganta. Después miró  fijamente a los ojos a su amigo, que observaba con preocupación su gesto grave y esperaba una respuesta. Finalmente, dibujando una mueca de desdén en los labios, dijo:
-          Es difícil admitir una derrota.
El amigo estiró los brazos y le puso las manos sobre los hombros, apretó, agitando su cuerpo, como diciendo ¡despierta!:
-          Sabes que puedes contar conmigo. Además, la vida no se acaba en una mujer y a estas alturas de la vida deberías tenerlo claro – remachó.
-          Sí - dijo bajando de nuevo la vista, pesaroso -, pero esta vez ha sido diferente, han sido muchos años, la huella profunda y la herida más dolorosa… No sé qué hacer ni para dónde tirar…

En la calle arreciaba la lluvia, y la cortina de agua que formaba difuminaba la luz de las farolas. El camarero se acercó para decirles que era hora de cerrar; los amigos le miraron y asintieron con la cabeza; se dirigió al cuadro de luces y apagó la fila que faltaba, después de la cual solo quedaron las luces rojas de emergencia.
En la mesa, los dos se volvieron a mirar y apuraron sus copas. El amigo echó para atrás su silla y, mientras se incorporaba, le dijo con gesto enérgico: ¡levántate!, y él murmuró, con una sonrisa: “estoy desesperado”.



18. 1. Un equívoco

ORDEN ALFABÉTICO

Carlos había ido con un compañero a la ciudad en la que vivía su antigua novia, Ana Aranda. La reunión de trabajo terminó tarde; aun así, después de la cena, los dos se tomaron una copa en un pub cercano al hotel. Dos hombres casados, solos, no se toman una sola copa cuando el ambiente es agradable… Pero él pensaba en Ana. 
- Me tengo que ir, quedé en llamar a Ana… 
- ¿Me vas a dejar solo? – preguntó el amigo. 
Le dejó solo con las dos chicas con las que conversaban porque tenía que llamar a Ana. Y no esperó a llegar al hotel; desde la puerta del pub buscó, con ansiedad, en los contactos. “Aquí está… Ana…” - se dijo,  apretó el icono verde del teléfono y se fue andando.
Al otro lado del hilo telefónico, le contesta una voz soñolienta: 
- ¿Sí…? 
- ¿Ana?  
- Hola mi amor, ¿qué tal? 
- Qué bien, me has conocido. 
- Claro que te he conocido… ¿Cómo no te voy a conocer, mi vida? 
- Hace tanto tiempo que no hablamos… 
- Cómo me gusta que se te haga eterno el tiempo que pasas sin hablar conmigo. 
- Se me hace eterno, tú no lo sabes muy bien… 
- A mí también… 
- Cariño, estoy en tu ciudad y hace tanto que no nos vemos...  
- Estoy en tu ciudad… Hace tanto que no nos vemos...  
- … Y me muero por verte. – no la dejó terminar y terminó él su frase. 
- Yo también me muero por verte. ¿Y qué quieres que haga, mi amor? - dijo bajando el tono de voz.  
- Qué vengas al hotel o, si prefieres, voy yo a tu casa. 
- Podrías venir tú a mi casa, mi marido está de viaje.  
- Ah, pero ¿te casaste?   
- Si, hace cinco años… 
- ¿Cinco años…? O sea, que la última vez que nos vimos… ¿Y quién es el afortunado? 
- Pues… - hizo una pausa - un gran hijo de puta que me está poniendo los cuernos y no me importará ponérselos yo también.  
- ¡No es posible! Hace falta ser tonto para hacerle eso a una chica como tú – dijo él en tono cariñoso.   
- Como te lo digo, chico… - reafirmó ella bajando la voz. 
- Cinco años… ¿Cómo no me has dicho nada antes? 
- Porque hasta ahora no te habías equivocado de teléfono y no me habías dado la oportunidad de decirte lo mal nacido que eres... – le espetó sin darle tregua y colgó el teléfono.  
La sacudida le hizo  despertar del sopor que le habían producido las demasiadas copas. Comprobó el número al que había llamado: era el móvil de Ana Andrés, su esposa, no el de Ana Aranda, su amante. El orden alfabético le había jugado una mala pasada...



18. 2.  Un equívoco

PEDRO Y PABLO 

Los dos viejos amigos cumplieron con su ritual secreto de cada jueves: quedaban por la tarde en su bar preferido, incluso desde antes de dedicarse a la política, y hablaban de sus cosas. Pidieron un par de jarras de cervezas en la barra, y, una vez servidas, se sentaron: Pablo, frente al televisor, Pedro, de espaldas. Pablo miraba las Noticias y pensaba en el actual callejón sin salida; Pedro, más triste que de costumbre, el rostro sombrío, daba un trago a su cerveza...
- Joder, chico, no sabes cómo lamento la situación – dijo Pablo mirando hacia los titulares que avanzaba la presentadora.
- Más lo lamento yo, pero no veo solución – contestó Pedro, ensimismado, mientras posaba la jarra en la mesa.
- Hombre, solución hay – ahora le miraba de frente - pero tengo la sensación de que no se quiere buscar.
- Puede ser, pero estamos atrincherados en una postura y no cedemos, y así es imposible…
-Algo habrá que hacer porque la situación no puede prolongarse indefinidamente. No hay quien lo resista.
- Claro que no; la decisión está tomada, eso sí, después de tener que dar un puñetazo en la mesa.
- Es lo que tendrías que haber hecho hace mucho tiempo, así no habríamos llegado hasta aquí.
-Ya, pero te asusta romper y enfrentarte al abismo.
- Pero no puedes vivir toda la vida condicionado por el pasado. Sembrasteis ilusión y la cosecha fue fructífera, aun con sus altibajos, pero llega un momento que se acaba y, o rompes, o te quedas anquilosado, y entonces sí que estás muerto… Hay que dar un paso adelante, y ya; el tiempo te come.
- En eso tienes toda la razón… La decisión está madura y ya hemos pensado en ponerlo todo en manos de abogados…
Pablo le interrumpió:
- ¿En manos de abogados? No fastidies: os la cogéis con papel de fumar. Ejerce el poder que te ha dado la militancia y no hagas caso a lo que digan los dinosaurios egoístas. Están pasados de rosca y viven en su burbuja. ¿No os dais cuenta?
- ¡Joooder! Espera, espera… – dijo ahora Pedro, echándose para atrás en la silla y llevándose las manos, entrelazadas, a la nuca –.  Me estás hablando de la situación del país, de mi partido y de nuestros pactos y yo te hablo de mi crisis matrimonial – y se echó a reír a mandíbula batiente por primera vez durante la tarde.
- ¡No me fastidies…! Ja, ja, ja… En fin, chico, lo siento, pero lo que te he dicho pensando en pactar, también vale para divorciarse…
Eso sí, dejaron claro que su posibilidad de entendimiento era baja, por no decir nula.


19. Una evasiva

EL MARINERO

Rigoberta de los Ángeles se había puesto sus mejores galas para recibir a su hombre, que regresaba a la ciudad tras una larga temporada en el mar Índico a bordo de un barco atunero. Para ella, nada había que más deseara que Romualdo Evaristo –que así se llamaba el interfecto- accediera, por fin, a echarse las bendiciones o, al menos, a regularizar civilmente en la municipalidad su situación de pareja, después de diez años de relaciones y seis hijos. Estaba preocupada porque, aunque era buen hombre y nunca la había dejado en la estacada, escuchaba día tras día la relación de vicios que acumulan los marineros: borrachos, pendencieros, jugadores, mujeriegos... "Hombre hecho a la mar, difícil es de atar", le decían las viejas del lugar, y ella pensaba para sí que en una de esas largas travesías se quedaría anclado en otro puerto y no le volvería a ver el pelo. Sí algo le sucediera y estuviesen casados, al menos, se aseguraría una pensión con la que sobrevivir, pensaba para sí cada día. 
Ella y sus seis hijos esperaron pacientemente en una sala a que acabaran las labores de amarre del barco y desembarque de la pesca en la dársena del puerto pesquero. Pensaba que al ver la linda familia que habían formado, no podría sustraerse a su demanda de casamiento. Cuando Rigoberta de los Ángeles divisó en lontananza a Romualdo Evaristo dirigirse, a pasitos cortos como correspondía a su estatura, hacia donde estaban, juntó a toda la descendencia, y, con los brazos extendidos y moviéndolos hacia adelante como si ahuyentara gallinas, los conminó para que fuesen a recibir a su papito. Salieron corriendo a su encuentro y el más pequeño, moqueando, se echó a llorar porque se quedó rezagado e iba a llegar el último. El padre abrió los brazos para recibirles; todos menos el pequeño se le abalanzaron a la vez, les hizo una carantoña que consistió en revolverles el pelo y los apartó para acudir al más pequeño: 
- ¿Qué le hicieron a mi pequeño? -preguntó mientras lo cogía en brazos y le besaba la frente. 
Los demás le rodeaban, tocándole, metiéndole las manos en los bolsillos, buscando las golosinas que siempre les traía cuando regresaba. 
- Estense quietos... Esta vez no les traje nada. 
- Eso nos dijo la última vez y luego sí nos trajo paloduz -contestó el tercero.  
- Padre, -habló con gesto serio el mayor- nuestra madre le está esperando. Se ha puesto muy guapa pa’ usté
- Si no me dejan andar no llegaremos nunca; venga, suéltenme la pierna -y dio un manotazo con la mano libre, como si se sacudiera moscas. 
Cuando llegó donde estaba su dama, abrió mucho los ojos, como extrañado por su belleza, soltó al niño que traía en brazos y los extendió para abrazar a su Rigoberta de los Ángeles. La abrazó y la besó por toda la cara hasta llegar a los labios... 
- Párese quieto, mi amor, que tiempo habrá -le dijo señalando a los niños que les habían tomado la delantera y que, de vez en cuando, volvían la cabeza. 
Él le echó el brazo por los hombros y le dijo que estaba muy linda, a lo que ella, sin más preámbulos, le disparó a quemarropa: 
- Ya hablé con don Secundino Maximiliano Osteolaza, el nuevo cura, para que nos eche las bendiciones... 
- Secundino Maximiliano Osteolaza... ¿Este es el hermano de aquel otro cura Osteolaza... Críspulo Arístides, que le mandaron a Roma porque preñó a la hija del doctor en Leyes, don Everaldo Vásquez? –preguntó abriendo mucho los ojos, extrañado, como si no le gustase mucho el asunto.
- Ese mismo, mi amor... Pero, nada que ver con el hermano.
- ¿Y qué cuenta del hermano? 
- ¿Tú crees que yo voy a verle para preguntarle por el hermano? Yo fui para concretar la fecha...  -le respondió ella un tanto enojada.
No la dejó terminar: 
- ¿Y con quién fuiste a verle...? Porque estos Osteolaza, mucha misa y mucha castidad pero se cepillan a toda la que se ponga por delante...  
- Mírenle... -respondió ella colocándose delante de él con los brazos en jarras- Si se me va a poner celoso el gallito que a saber a cuántas habrá picoteado la cresta por esos mares del Señor...  
- Pero no me dices con quien fuiste a verle. ¿No irías sola? 
- No, amorcito, -dijo ella, poniendo ahora el tono de voz melosa de quien quiere conseguir algo- fui con tu hermanita, Adelaida de los Dolores, ella te podrá  decir. Quédate tranquilo. El domingo 23, San Nepomuceno, nos casamos. 
- Estoy muy tranquilo, solo quiero llegar a casa, darme un baño y que mi sirena me enjabone la espalda  -y acercó, cariñoso, los labios a los de su amada, robándole un beso. 
- Tu hermana se ofreció para, después del casorio, quedarse a cargo de los niños para que nos vayamos unos días solos, en viaje de novios. 
Mientras el pretendido procesaba lo que acababa de escuchar, habían llegado a la altura de la cantina de su viejo amigo, y el futuro esposo gritó como si fuese la primera vez que la veía: 
- ¡La Cantina de Neftalí de los Reyes! ¡Cómo la echo de menos allá en alta mar! Tomemos una cerveza para celebrarlo...  
- Me parece muy bien -dijo ella, emocionada. 
Entraron todos, saludaron efusivamente  a Neftalí de los Reyes que estaba limpiando una mesa, le pidió cerveza y lo que quisieran los niños y le dijo que se sirviera él otra para brindar. Cuando estuvo de vuelta con la bandeja repleta  de refrescos y las tres jarras de cerveza, las levantaron y brindaron: 
- ¡Por el regreso! -gritó eufórico Romualdo Evaristo.
- Por nuestra boda -respondió Rigoberta de los Ángeles. 
Neftalí de los Reyes puso cara de sorpresa, frunció el ceño y, dirigiéndose a su amigo preguntó: 
- ¿No te irá a casar un Osteolaza? ¿Sabes que ha vuelto? 
- ¿Quién dices que se va a casar?, - preguntó a su vez él, poniendo cara de extrañeza, brindando de nuevo con su amigo y gritando al unísono: 
- ¡Viva la amistad! -y se echaron a reír a carcajadas.
Ella no brindó la segunda vez, se cruzó de brazos y los miraba, riéndose también, mientras le venía a la cabeza el viejo refrán: "Hombre hecho a la mar, difícil es de atar". 



20. Compañeros de viaje

EL VIAJE    

-       No corras tanto, tío, y al menos abre la ventanilla, que nos asfixiamos aquí detrás.
-          ¿Tú crees que con este trasto se puede correr?
-          ¡Cómo nos habéis engañado…! ¿Vais a gusto los dos ahí, eh?
-          Hombre, si te parece conduzco desde atrás…
-          No lo digo por ti, al fin y al cabo eres el dueño, pero Santi… ¡Qué morro! Se duerme y, además, ronca, el muy…
-         No protestes, joder -dijo el que tenía al lado, al mismo tiempo que daba un codazo, que el nulo impulso casi convirtió en caricia-. Nosotros estamos igual que tú, y no nos quejamos tanto. Lo hemos echado a suertes, ¿no…? ¡Pues a callar, qué coño!
El conductor abrió la ventanilla, una ráfaga de aire fresco penetró hasta el cubículo de atrás y se coló entre los cuerpos de Adrián, Pepe, Nico y Robert, que se removieron en el asiento aliviando en parte el calor que producían los cuerpos pegados unos a otros; esbozaron una sonrisa de satisfacción e hizo olvidar, por un momento, el malhumor. Los cabellos se alborotaron y el más grueso estiró el cuello tratando de acaparar la mayor cantidad de aire posible. Alguno consiguió dormir.
Gerard miraba por el retrovisor y veía un paisaje conmovedor: una cabeza apoyada en la mano extendida sobre el cristal de la ventanilla, y el resto sobre el hombro del respectivo compañero de la derecha; encogidos los hombros y los brazos recogidos en el regazo de cada uno con las manos sobre las piernas juntas y en posición de estar orando.
Todos dormían, excepto Gerard, que de vez en cuando estiraba el brazo izquierdo, lo sacaba por la ventanilla al aire de la noche y el aire lo empujaba hacia atrás; con el otro, le dio un coscorrón a Tony, que roncaba, y éste le soltó un improperio al ver interrumpido su plácido sueño, aunque aprovechó para encender un cigarrillo.
-         ¡No fumes, jodido, o abre la ventanilla que nos vamos a asfixiar! – protestó Pepe desde el asiento trasero, despertado por el humo de las primeras caladas que, aposta, el fumador echaba para atrás.
-          ¿No puedes esperar a que nos bajemos para fumar?
-         Seguid durmiendo y callad –decía, regodeándose en su suerte el fumador y estirándose hasta dar con el codo a su compañero, que, tratando de esquivarlo, y por inercia, dio un volantazo y casi se salen de la carretera.
Se despertaron todos y empezó una agria discusión, unos recostados en el asiento, otros, con el culo en el borde, lo que aprovechaban los demás para ganar espacio, y tratando de que el desconsiderado amigo apagase el cigarro y fuese solidario con los que casi no podían respirar.
Cuando pararon para repostar todos salieron a estirar los pies y a recomponer la figura maltrecha, menos el que iba delante que ni se bajó para que sus compañeros pudiesen bajar por su lado e intentaba coger otra vez el sueño. El conductor no se dio cuenta de que estaba la guardia civil hasta que un número de la Benemérita se acercó para pedirle la documentación del coche al ver salir a tanta gente de la parte de atrás del 600.



21. Alguien escucha una conversación a través de una pared

A TRAVÉS DE LA PARED

Bien entrada la tarde llegué a la pensión y, después de asearme, me dispuse para redactar el informe sobre la conferencia a la que asistí por la mañana. Desde el otro lado de la pared, que debía ser de papel, me llegó un grito en forma de ¡NO! desesperado, seguido del llanto de una chica, que imaginé adolescente: 
- ¡Mamá, no me quiero morir!  - dijo la misma voz temblorosa. 
Agucé el oído al escuchar aquellas trágicas palabras y aparté el portátil a un lado. 
- No, hija mía, no te vas a morir - contestó otra voz cálida, que intentaba calmar la desesperación de la más joven -. Hemos venido a Madrid porque aquí está el mejor especialista... 
- Ya, pero si mi enfermedad no fuese grave me habrían curado en nuestra ciudad... 
- Hemos venido a Madrid para tener una segunda opinión; para que este especialista corrobore el diagnóstico y el tratamiento, solo para asegurarnos, hija mía -dijo la madre con voz firme que fue pausando hasta hacerse casi un susurro.
La chica seguía llorando y la voz adulta le advirtió de que si seguía así iba a conseguir que llorase ella también y entonces se ahogarían en un mar de lágrimas... La chica se sonó la nariz.  
- Cálmate, hija mía, confía en mamá. Todo va a salir bien... 
Se hizo el silencio e intenté proseguir con mi informe, pero no podía. “Pobre chica”, pensé, y me pregunté cuál sería la grave enfermedad que la aquejaba. 
Al cabo de un rato, durante el cual solo se escuchaban suspiros, como residuos de un llanto amargo, la madre, la voz natural de quién quiere aparentar normalidad, cambió de tema: 
- ¿Te ha gustado el Museo Sorolla? - preguntó. 
- Sí, es muy acogedor... - dijo la niña como con desgana. 
- ¿Y qué cuadro es el que más te ha gustado?
- Es difícil... Quizás el de la madre con el hijo en la cama blanca -respondió.
- En la tienda estaba la litografía, ¿te gustaría que la comprásemos? 
- No, ya me has llevado, es suficiente... Bastantes gastos tenéis conmigo... 
- No digas tonterías... 
Después de una pausa, continuó la chica: 
- Además, ¿has visto el precio de las litografías? 
- Es igual, por ti daría mi vida, si fuese necesario. –respondió la madre ahogándosele la última palabra en el nudo que se le hizo en la garganta.
- ¡No me quiero morir, mamá! - volvió a repetir sollozando.
Las palabras de consuelo de la madre surtieron efecto y pareció que se calmaba. 
Había caído la noche. Las imaginé dormidas, abrazadas, la madre tragándose su amargura, y un escalofrío recorrió mi cuerpo al pensar en el vuelco que daría mi vida si alguno de mis hijos tuviese una grave enfermedad. Qué afortunado soy, pensé…
Retomé el ordenador y en Internet comprobé el precio de la litografía que tanto le gustaba, “MADRE”, lo tituló el pintor. ¡Qué barbaridad!, me dije. Al día siguiente, me acerqué al museo antes de regresar a mi ciudad, compré la copia y volví a la pensión para dejar en recepción el cuadro, enrollado, para la chica de la habitación contigua, con una nota en la que le deseaba toda la suerte del mundo y toda la fuerza necesaria para seguir luchando por la vida. 



22. Misterio

LOS INTRUSOS

Cada noche, en la habitación del piso vacío, frente a la suya, escuchaba ruido. Comenzaba cuando se suponía que todo el mundo estaba dormido e iba en aumento hasta hacerse insoportable. Cada noche, Juan se levantaba soliviantado, encendía la luz y miraba por su ventana y, a través de las ranuras de la persiana del piso de enfrente, veía una tenue luz que apagaban cuando él apagaba la suya; entonces también cesaba el ruido. 
Puso el hecho en conocimiento del portero de la finca que hizo las consiguientes averiguaciones con los dueños del piso. A pesar de decirle al portero que no había inquilinos y que nadie más que ellos tenían llave, se pasarían por allí por si alguien sin su consentimiento lo había ocupado. Así hicieron. Llamaron a Juan por si quería pasar con ellos, pero dijo que no, esperaría en la puerta. Juan esperó, intranquilo, moviéndose inquieto mientras duró la inspección. No encontraron nada sospechoso en el interior. Se lo comunicaron a Juan y, por un tiempo, respiró tranquilo, si bien ese tiempo coincidió con el hecho de que se acostaba antes y muy cansado, y el supuesto inicio del jaleo le cogía con el sueño profundo, pensó. 
Pero esa situación duró poco tiempo. Una noche se levantó exaltado, sudoroso, se tiró de la cama, dio la luz de la habitación y subió la persiana: vio luz en la habitación de enfrente, vio sombras moverse entre las rendijas de la persiana, le atronaban en la cabeza la música y los gritos. Abrió la ventana y gritó él también al cielo de la noche: 
- ¡Callad y quitad la música...!
Al instante se encendieron las luces del resto de habitaciones que daban al patio. Juan salió corriendo hacia el pasillo de su planta y se dirigió hacia el piso del que procedían los ruidos. Aporreó la puerta, no abrió nadie. Los vecinos de la planta también salieron al pasillo y le preguntaron qué pasaba. 
- ¿No habéis escuchado los ruidos que salen de este piso? – dijo exaltado.
- No hemos escuchado nada, Juan… - dijo un hombre cuya ventana del dormitorio daba a la calle. 
- ¿Y vosotros? – dijo dirigiéndose a los que compartían patio - Es imposible que no hayáis... 
- Aquí no vive nadie, hombre – le dijo uno de ellos, interrumpiéndole -. Lo habrás soñado... 
- He visto luz en la habitación, he escuchado música, voces, risas... 
Acudieron vecinos de otras plantas en pijama, otros con la bata puesta, alguno, menos pudoroso, en calzoncillos, a los que habían despertado los gritos extemporáneos. Juan fue a su encuentro y, nervioso, con voz temblorosa, les preguntó:
- ¿Vosotros tampoco...? - no consiguió terminar la frase.
- Nosotros hemos escuchado gritos, sí…
- Yo he escuchado mucho jaleo, mucho jaleo, que es una vergüenza… - dijo la señora mayor de pelo rojo del último piso.
- Pero si las habitaciones de tu piso dan a la calle, ¿qué coño vas a oír tú? – dijo otro vecino que no tenía muy buena opinión de la vecina.
- ¿Veis como no miento? – dijo Juan, más tranquilo al ver que alguien corroboraba su versión.
Como no abrían la puerta, ni se escuchaba nada, ni había luz, se fueron todos a dormir y quedaron en que, si se volvía a repetir el alboroto, llamarían a la policía para coger a los intrusos in fraganti, aunque Juan dijo desconfiar de la policía. 
Al día siguiente, Juan volvió a escuchar los gritos. Esta vez no se levantó de la cama, ni dio la luz de la habitación, se limitó a tomar el móvil de la mesita de noche y marcar el número de la Comisaría de su barrio porque decía no confiar en el 091. Antes de que dijese nada, al otro lado de la línea telefónica, una voz ronca de hombre, le soltó a quemarropa:
            -  ¿Otra vez tú, Juan? ¿Qué es lo que te ha pasado ahora, buen hombre…?



23. El profesor nos da el primer párrafo y nosotros continuamos el relato.

ENCERRADOS

Esta vez nos han encerrado en una fría habitación, desnuda, a oscuras, en la que, a través del marco de la puerta, se cuela un mínimo rayo de luz que disuelve algo la oscuridad. Nos han ordenado que permanezcamos sentados en la silla que está colocada en el centro de la habitación, espalda contra espalda. No hablamos; a veces el miedo es paralizante. Buscamos con los ojos algún indicio de dónde estamos. Es curioso: no nos han atado a la silla, es decir no tenemos escapatoria posible. Siento frío en las rodillas y muevo las piernas, arriba abajo, sin levantar los pies del suelo. Siento el sudor en mis manos y cansancio en los ojos. Se escucha un ruido fuera y tratamos de reconocerlo. Mientras imaginamos, la puerta se abre y allí se dirige nuestra mirada. Un plano de luz corta la habitación y llega hasta nuestra silla. Hay alguien en la puerta
-          ¿Qué querrá esta gente de nosotros? ¿Qué habremos hecho esta vez?   
El sujeto que nos mira desde la puerta, parado hierático en el umbral, tiene cara de asco; nos mira fijamente, desafiante, y se dirige hacia donde estamos con pasos firmes pero lentos. Lleva algo en la mano que no puedo distinguir; puede ser una pistola, pero el haz de luz que penetra desde la puerta le ilumina por la espalda y deja en la penumbra la mano donde está el objeto. Cuando está cerca de nosotros, se fija en mi compañera y le dice, con una voz ronca, agria:
-          ¿Creías que me ibas a engañar?
La coge, bruscamente, por el brazo y se la lleva, ahora a paso ligero. Tras el portazo cuando salen, se vuelven a escuchar los ruidos en el exterior. Me reacomodo en la silla. Imagino que después vendrán a por mí, o es posible que esta vez sea ella el objetivo principal. Una mujer, occidental y periodista es un claro objetivo para estos degenerados. Solo cabe esperar y no quiero pensar demasiado, aunque me resulta difícil borrar la imagen de mi joven compañera de profesión y de cautiverio, e imagino…
De nuevo me sobresalta un fogonazo de luz que llega hasta la silla en la que me encuentro, aunque no consigo distinguir con claridad al soldado que está en el umbral de la puerta; solo veo que está inmóvil, observando a su presa. Llegan dos tipos más, uno de ellos le dice algo al oído al primero, éste da unos pasos hacia adelante y se detiene donde podemos vernos las caras; me escruta con la mirada, da media vuelta y vuelve hacia la puerta. Hablan entre sí y se van.
Soy consciente de que estoy inmerso en la primera fase de la tortura: la incomunicación, y, a pesar de no poder evitar cierta intranquilidad, procuro mantener la calma y no pensar demasiado. No sé cuántas horas llevo aquí; no me han traído comida y tengo hambre; nadie ha hablado conmigo. No sé de qué me acusan, aunque para esta gente ser testigo de sus fechorías ya es suficiente delito porque no quieren testigos, aunque otras veces ellos mismos, en el colmo de lo perverso, exhiben sus atrocidades al mundo.
Vuelvo a escuchar el mismo ruido de antes, suena a algo metálico, como si fuesen rejas desengrasadas que chirrían al abrirse, pero no recuerdo haber cruzado ninguna reja cuando me encerraron, aunque estaba aturdido por tanta violencia, tanto golpe, durante la detención. No debo estar en una cárcel, y pensar que no estoy en una cárcel es algo que me inquieta porque, si es así, oficialmente no estaría detenido. No existo y si alguien se interesa por mí, dirán que un aventurero busca aventura y no deja señales de por dónde se mueve. Siempre es la misma película. Espero que mis compañeros, o mi agencia de noticias, hayan puesto mi caso en conocimiento de la Embajada…
De nuevo se abre la puerta y tres hombres, los mismos de antes, se dirigen hacia donde estoy, gritando en una jerga totalmente irreconocible para mí, que conozco el idioma que se habla en este territorio. Como conozco sus métodos, sus gritos no me alteran en exceso. Me quedo inmóvil mirándoles fijamente. Según se aproximan, a la vez que gritan, hacen gestos indicándome que me ponga de pie. Obedezco. Uno de ellos se pone detrás de mí y me coloca una venda en los ojos; después, los otros dos me cogen, cada uno de un brazo, y me dirigen hacia la puerta. Vuelvo a escuchar el sonido metálico, ahora cerca, y mientras me llevan, el silencio amplifica el sonido de las pisadas de los tres militares que me llevan quién sabe adónde. Me dejo arrastrar. Tengo la esperanza de que todo se resuelva como las veces anteriores y procuro mantener la mente en blanco, aunque después pienso que me estoy convirtiendo en alguien ya demasiado incómodo. Debemos estar al aire libre porque siento frío, quizás sea un patio con un firme irregular, de tierra. Oigo un grito desgarrador de mujer. ¡Es mi compañera! ¡Hijos de puta! Les digo, gritando, que la dejen en paz, que ella solo me acompañaba, que si hay algún culpable de algo soy yo, ella obedecía mis órdenes… No me hacen caso. Siento intranquilidad cuando pienso que ellos, dado el discurrir de la guerra, actúan a la desesperada y eso los hace más peligrosos… No quiero pensar que esta vez posiblemente vaya camino de la muerte…



24. Monólogo

COMER SOLO

Antes de llegar a casa pararé a comer, se me ha hecho tarde por el atasco en la carretera, total, ya no voy a hacer nada de lo previsto… Comeré en EL MIRADOR. Hace tiempo que no voy y se come bien... Pero… Sí… Allí va poca gente del pueblo a diario a comer; no me encontraré a nadie conocido… Me apetece comer solo. 
He tenido suerte, está libre la mesa junto a la ventana; me encantan las vistas desde ahí. Siempre que vengo, si está libre, me siento en el mismo sitio. Me gusta mirar a la vega, a la sierra, todavía blanca en esta época, que parece vigilar desde las alturas... ¡Cómo echo de menos este paisaje...! 
- Buen provecho. 
Con esta sopa de picadillo ya habría comido... Qué buen sabor, con tantos tropezones... Pero son exagerados con las raciones. Con lo que ponen para uno podrían comer perfectamente dos personas. La última vez me preguntó el camarero si le pasaba algo a la comida porque me había dejado casi la mitad de cada plato... 
- Disculpe, ¿me puede dejar la vinagrera, por favor...? 
- Claro. 
Creo que conozco a esa mujer, pero ahora no caigo. Debe vivir fuera…  ¿Cómo la ha llamado el camarero, Isabel? Isabel… Isabel era  la hermana de mi amigo… Hace tanto que no la veo…Pierde uno el contacto con las personas y se olvida hasta de sus caras... A ella le ha pasado lo mismo que a mí y me mira de reojo. ¿Y si le pregunto?
Fritura de pescado, con ensalada... Ensalada… Ahora necesitaré yo la vinagrera... 
- Ahora eres tú el que necesitas aliñar la ensalada, Antonio…
Me llama por mi nombre: ella sí me ha reconocido... 
- ¿Eres Isabel?
Claro, es Isabelita, esos ojos son inconfundibles, aunque ha cambiado tanto… Cuando iba a buscar a su hermano ella tendría 5 ó 6 años, no más. Qué tiempos, y qué perra tenía yo con echarme novia aquí y volver definitivamente al pueblo, cuando no había nada en qué buscarse la vida. Menos mal que no cometí semejante locura, aunque, nunca se sabe.  Seguro que también habría salido adelante…
Qué adobo más rico tiene el cazón y lo demás en su punto, pero excesivo... ¡Exagerados! Picaré algo y un poco de ensalada y listo…
- ¿No te ha gustado el pescado? 
- Está riquísimo pero no puedo más... 
- ¿Postre?
- No. Café solo. 
- Isabel te invita a una copa.
La miro, levanto la copa con intención de brindar y le digo gracias. Ella repite el gesto, inclina la cabeza y sonríe. 
Estoy deseando llegar a casa, deshacer la maleta, echarme un rato...




25. Alguien habla por teléfono

UNA LLAMADA EXTEMPORÁNEA

-       Te tengo dicho que no quiero que me llames a casa.
-         
-          Pues claro que está aquí, ¿dónde va a estar a estas horas…?
-          ...
-          No, no te entiendo… Te lo he repetido mil veces.
-         
-          Yo también te quiero, pero me lo puedes decir mañana, o si no, utiliza el whatssap.
-         
-          Sí, sí… No tengas tanta prisa… Soy yo quien tiene que dar el paso… Sí, y lo voy a dar, pero dame tiempo…
-         
-          Eh, no te pases, él es una buena persona y no quiero hacerle daño; no le insultes…
-         
-          Pues a lo mejor me lo pienso, ¿sabes?
-         
-          Sí, sí, veinte años, una hija, una historia… Todo eso no se puede ir por la borda en un santiamén, requiere un tiempo …
-         
-          Vale, vale, perdonado, pero que no se repita, somos personas civilizadas que hacen las cosas civilizadamente.
-         
-          Está bien…

Se abrió la puerta del salón.

-          Bueno, hermanita, mañana te cuento, que es tarde…
-         
-          No, no te preocupes, te llamo yo y nos tomamos un café… Un besito…



26. Una laguna en el día

RUTINA

Su vida era apacible, rutinaria, sin más sobresaltos que los que depara la vida cotidiana al hombre común. Acababa de cumplir los treinta y estaba más preocupado en el devenir de los acontecimientos políticos, ‘El fin de la historia’ que preconizaban los ultraliberales, que en su propia situación.
A los 8:30 en punto, como cada día, sonó el timbre de la oficina. Jesús pensó que no era el jefe porque éste acostumbraba a llamar varias veces, como si se le quedase pegado el dedo en el timbre. Abrió la puerta. Era el jefe. En vez del saludo amable, al que solía acompañar algún comentario banal, dijo un ‘buenos días’ seco, bajando la vista y encaminándose hacia su despacho. Volvió a su mesa, y, antes de sentarse, sonó el interfono y a continuación la voz del jefe que ordenaba: “Jesús, ven al despacho”. Me lo podría haber dicho antes? – pensó. Según avanzaba por el pasillo, el gesto serio del director y ese tono autoritario le intranquilizó. ¿Qué querrá…? “Cierra. Siéntate”, le dijo nada más asomar por la puerta.
Después de media hora salió del despacho con gesto demudado. Las compañeras de la sala contigua, que habían escuchado la conversación, le preguntaron qué sucedía. Él negó con la cabeza, no le salían las palabras. Se encerró en el cuarto de baño y transcurrido un rato un compañero le llamó… “Jesús, sal, ya sé que pasa, tranquilízate”. Cuando salió le echó el brazo por el hombro y le acompañó hasta su mesa. Las palabras de consuelo no hicieron sino ahondar la herida: Sí, soy el más joven de la empresa, tengo el futuro por delante, estoy bien preparado, pero, ¿por qué yo?… - se preguntaba. Se dispuso a terminar las tareas pendientes con la vista inmersa en los papeles, en silencio, silencio sepulcral que los demás respetaron.
Durante la comida pidió que no trataran de consolarlo, que no hablaran del tema y así hicieron, aunque fueron inevitables las palabras de ánimo. Nada más terminar la comida, no participó en la sobremesa habitual; los dejó en el restaurante y se fue a dar un paseo por el parque cercano para tratar de atenuar la tensión que le atenazaba.
Su compañero, el Jefe de Contabilidad, antes del final de aquella jornada le dijo que le llamaban otra vez al despacho. El Director, en la puerta, le dio un abrazo que Jesús no correspondió. Salía de aquella postrera reunión con una escueta carta de tres líneas y un cheque con una cantidad que, supuestamente, compensaría diecisiete años al servicio de la empresa.
A las 17:30 llegó a su fin aquella jornada. Se despidió de todos. No quiso pararse a tomar una cerveza como cada tarde y se fue directo al Metro. Bajó las escaleras y entró en un vagón atestado de gente. Miró por encima de las cabezas y solo vio una masa informe, ajena a su situación. Tembló. Se tragó las lágrimas. Era incapaz de imaginar que había más allá de ese día que había hecho añicos su plácida rutina.



27. Monólogo interior. A quién buscarás

ABSTRACCIÓN (1977)

¡Cómo me aburro! Me pidió tantas veces que le acompañase que ya no podía negarme. Cumplo hoy y en paz. Él sí parece estar en su ambiente… Pobre iluso. Cuando no les interese le darán la patada en el culo. Ahora…. Cada reyezuelo necesita su bufón. Y me deja en medio de esta selva y desaparece…
Me quedaré un rato y me voy, mientras, seguiré el juego. Los cuadros me gustan, estéticamente, el colorido, pero que me expliquen por qué este que tengo delante es un atardecer en Denia. Me acerco y solo veo brochazos sobre un lienzo; de lejos, sí, bueno, es agradable a la vista. Reconozco que no tengo ni idea de pintura… 700.000 pesetas. Si me sobraran 700.000 pesetas no me lo gastaba en este cuadro, no…
¿Dónde se habrá metido? Tomaré una copa… Vino blanco es lo que bebe la mayoría… No, yo cerveza. Así pasan su ociosa vida estos parásitos de la sociedad, entre cóctel y cóctel, y luego dan lecciones de esfuerzo. Allí está mi amigo anarquista, en un aparte, departiendo ante el cuadro estrella con alguien con pajarita… Luego mucho Ricardo Mella, Bakunin y Proudhom. Y quiere que todos seamos iguales, sí, pero mientras llega la revolución, al lado del enemigo…
Debo llevar dibujado en la cara que no pertenezco a este mundo, me miran, me escrutan, como si se hubiese colado un cuadro realista entre tanta abstracción… ¿Y si le acerco el cigarrillo al vestido a la vieja de los morros inflados, a ver si deja de mirarme…? Hostia, viene hacia mí, le debe gustar lo exótico. Me despistaré. La dueña de la galería sí está guapa, y me ha saludado con dos besos y una sonrisa, ¡cuánto exceso!
Cuando aparezca mi amigo Angelito le voy a decir cuatro cosas por dejarme abandonado en medio de tanto buitre. Además, me podía haber dicho que era pintura abstracta. Lo mío es el realismo; él es muy de abstracción, sí, “para copiar la realidad ya está la fotografía”, dice. Tan abstraído le tiene el encanto de la burguesía que se olvida de su día a día como auxiliar administrativo.




28. El último momento del día

COMO CADA DÍA

-  Acuéstate que te vas a dormir aquí, - me dice mi mujer cuando empiezo a tomar posiciones en el sofá
-          ¡No me voy a dormir! – contesto demasiado seguro de mis posibilidades.
-          Faltaría más...
De sobra sabe ella que no voy a tardar mucho en quedarme dormido, como cada día. Llegada mi hora, da igual televisión, lectura u otra actividad, Morfeo me ataca y caigo rendido, sin remisión, en sus brazos reparadores. A duras penas llego, cuando llego, al final del plan preestablecido, y más después de que ella desista en la batalla por el sofá y me lo deje todo para mí.
El relax excesivo me hace entrar en el duermevela anterior al sueño; de vez en cuando abro los ojos y ahí sigue la película, con sus protagonistas  pasando delante de mis ojos como estrellitas fugaces que hablan un idioma que ya no entiendo. Y cuando se me cierran los ojos, en contra de mi voluntad, sigue en mi cabeza el runrún de la película como banda sonora que me acompaña hacia el sueño. Como una ráfaga pasa algún detalle del día. Ahora escucho mi respiración pausada. Ya no puedo abrir los ojos. Después se hace el silencio absoluto. Me rindo…
-          ¡Papá, ve a acostarte!
He oído un grito, pero solo abro los ojos cuando mi hijo me da unos golpes en el hombro. No digo nada, miro alrededor con los ojos entornados y me deslumbra la luz de la lámpara. Me levanto, me dirijo al dormitorio en un estado de flaccidez mental y corporal, y como un autómata realizo las operaciones previas… Después me tiendo, me arropo, miro a la ventana, y las rayitas de luz que se cuelan a través de las lamas de la persiana son como líneas que me indican el camino que lleva al sueño... Mi mente ya es una línea continua, como un encefalograma plano, no hay nada en ella, todo es oscuridad, todo es silencio… Todos duermen...


29.  Ruido y furia

DESORDEN

¡Joder, esto no puede ser…! Cada vez que voy a la estantería me la encuentro desordenada; sacan libros, los dejan de cualquier manera menos devolverlos a su sitio. Así no hay manera de convivir. ¡Me estoy hartando! Si los cojo aquí me las pagan todas juntas… Siempre igual. No escuchan. Les importa un pimiento lo que les diga… ¡Estoy harto! ¿Es tan difícil ser ordenado?
Mientras despotrica contra todos, aparece el hijo por la sala:
-          ¿Qué te pasa, con tanto grito?
-          ¿Que qué pasa? ¿No ves como lo tenéis todo?
-          No es para tanto…
-          No me digas que no es para tanto, que todavía…
-          Venga, hombre, no seas histérico.
-          A mí no me digas histérico, hostias…