lunes, 5 de diciembre de 2016

UN AÑO EN LA VIDA (V) MAYO

MAYO

  • ¿Podemos decir, de verdad, que hemos vivido plenamente cada día de nuestra vida?

EL HÁBITO Y EL MONJE

Un viernes por la tarde iba yo ataviado con ropas de Cortefiel, Hombre, Rebajas (50%), con camisa de rayas azules, pantalón gris oscuro y chambergo azul oscuro, además de bufanda y boina gris, paseando por mi localidad, cuando escucho a alguien que, a voz en grito, hacia un análisis de la situación del país: paro corrupción desahucios gentes viviendo bajo los puentes y comiendo de las basuras jóvenes que se exilian en el extranjero mujeres sin derechos jubilados menesterosos emigrantes asesinados en las fronteras, etc. Escuchaban, en la plaza del Ayuntamiento, gentes con banderas rojas y negras, andaluzas con estrella roja, republicanas, negras con la A dentro del círculo…
Yo me paré a escuchar y, mientras el hombre seguía enumerando las desgracias que nos cercan por todos lados, se me acerca un joven vestido a la moda francesa, Alcampo o Carrefour, no sabría decir, y no sé si de Rebajas o de Temporada, y con rastas en el pelo, me mira de arriba abajo, y me dice, afirmando, que yo soy policía. Le contesté con ironía: "Coño, pues me acabo de enterar, me gustaría más ser espía..." Me miró desafiante y me dijo frunciendo el ceño que allí sobraba. "Aquí sobras, tío". Estuve por sacarle mi carnet del PSOE y decirle que tranquilo, que estábamos condenados a entendernos sí queríamos echar al PP. Pero no, habría sido una agravante en mi situación.
Era joven, demasiado joven, para saber que el hábito no hace al monje y que, incluso vestido así, podría estar de acuerdo con algo de lo que se decía en la tribuna. Y a punto estuve de decirle que las botas -negras- me las había comprado mi mujer en una tienda, en rebajas, de Vallekas, con k, por sí servía de eximente. Pero no dije nada porque no me gusta discutir con la gente de las sectas, se vistan como se vistan, y los dejé con su mitin ante el que se concentraba la nueva mayoría social que cabía, eso sí, en un autobús de línea. Según me alejaba seguía escuchando la lista de las desgracias que nos aquejan y ya no sé cuándo empezarían con las recetas mágicas para salir del barro.
Yo me alejaba, a echar la quiniela, diciendo para mis adentros: "Que se fastidien, que al menos yo hacía bulto, y mi ausencia se notará porque daba sensación de transversalidad a la concurrencia, al menos en la forma de vestir."

  • Los actos nobles, solidarios, adquieren su máximo esplendor cuando se hacen con discreción, sin airearlos a los cuatro vientos.

JORNALES

Paso por la puerta de la casa de María, una señora mayor, impedida, y me encuentro con su hija, que  barre la acera. 
- Buenos días. ¿Qué hacemos? 
Me dice que ha  venido a hacerle las cosas a su madre y así le ahorra el jornal de la mujer que la cuida.
Bajo la calle y voy a tomar café. Detrás de la barra, me sirve el hijo del dueño. 
- ¿Ya estás trabajando, chaval?, le pregunto. 
- No,  pero hoy he venido a ayudar a mi padre porque hay más gente y así le ahorró el jornal de un camarero.   
Subo para  mi casa y me encuentro a Pedro y Luisa. Ella cuida a personas mayores, y les hace las cosas de la casa y la comida; él es camarero, o lo que caiga en cada momento.  Trabajan cuando les llaman porque eso del trabajo estable pasó a mejor vida y hoy nadie les ha llamado a trabajar. Así, hay meses, demasiados meses, que el sueldo no les llega para cubrir sus necesidades básicas. 
Los jornales que los más pudientes se ahorran son los que les faltan a ellos para llegar a final de mes.  El mundo está mal, pero que muy mal repartido.

  • Estoy seguro: tenemos unos médicos que diagnostican bien, pero muy malos cirujanos. Para comprobarlo, basta con mirar alrededor

  • Incluso si te tomas la política como un juego, deberías saber que también el juego tiene reglas que debes respetar.
LA PRENSA

Cambian los tiempos y, con ellos, las costumbres. Hace mucho el domingo era día de levantarse pronto y dar un paseo hasta el quiosco para comprar el periódico, cafetito en el bar y ligero repaso en la barra. Después, vuelta a casa para leerlo o estudiarlo despacito, noticias, artículos de fondo, reportajes… porque las mañanas del domingo eran largas. Era un ritual que, para mí, había comenzado mucho antes, casi en la adolescencia, cuando empecé a trabajar y me hice un asiduo de la prensa escrita. Esa prensa escrita a la que ahora echo de menos.
Mi empresa estaba suscrita al YA, y cada mañana lo leía antes de empezar a trabajar; por la tarde un compañero compraba PUEBLO (diario de la tarde) y también le echaba un vistazo; los lunes no había prensa de información general y sólo se vendía el periódico editado por la Asociación de la Prensa, la HOJA DEL LUNES que también alguien compraba y compartíamos. Cuando tuve conciencia política y se producía un remanente en mi asignación diaria, compraba INFORMACIONES, que era el más a la izquierda, dentro de un orden, que se podía leer en tiempos de Franco, y se solía identificar a quienes lo llevaban bajo el brazo como rojos. Con la muerte del dictador surgieron DIARIO 16 (con ‘Libertad sin ira’, de Jarcha, como reclamo de lanzamiento) y EL PAÍS, que iba a ser santo y seña para la izquierda durante mucho tiempo hasta que la ruina le hizo dejar de ser independiente y echarse en manos de los poderes financieros.
Yo fui, desde su nacimiento, de EL PAÍS. Me acostumbré a sus portadas, al orden en el que estaban situadas las noticias de Internacional, Nacional, Local, Anuncios por palabras, Deportes, Economía, Cultura, Televisión, y desde entonces casi lo consideré el orden natural en el que se deberían contar las noticias en un periódico; si me daban otro periódico en el bar era incapaz de encontrar el número de la lotería o el del cupón, porque en EL PAÍS sí sabía dónde estaba. Ya se sabe que el hombre es un animal de costumbres. Y tan en ritual se convirtió que no me concebía sin el periódico a diario. Iba de vacaciones y tenía que comprarlo porque si no lo hacía, me faltaba algo. Hasta hace poco tiempo no perdí la costumbre, y por culpa del quiosquero, que no quería cogerme los cupones  de mi suscripción por no sé qué historia. Y me dije que hasta aquí hemos llegado, y me hice lector de los periódicos digitales. Todo por nada, porque incluso en el trabajo los tenía a disposición y sin coste. Mantuve la costumbre de los sábados y los domingos porque tampoco era cuestión de romper con las tradiciones de golpe y porque eran días especiales en los que los ‘extras’ eran más interesantes que las noticias.
Ahora, ya no salgo los domingos a primera hora con la excusa de ir a buscar el periódico, ni los sábados; los días de diario, tampoco, porque ya no compramos periódicos, tenemos una maquinita que llevamos a todas partes y con un click tenemos el periódico, actualizado al minuto, y no sólo un periódico  sino todos los periódicos.
La paradoja es que estamos mejor informados que nunca y nos quieren tomar el pelo y explotar y engañar como siempre, porque sí, parece que tenemos toda la información, pero sólo es toda la información que los poderosos quieren que tengamos. Afortunadamente, después de tanto caminar, esta piara de sinvergüenzas también nos ha robado la inocencia.

EL HIJO DE LA MADRE QUE TUVO UN NIÑO ALCALDE

Dijo el hombre:
“Cuando llegue el momento del adiós,
recogeré los restos del naufragio
y volveré a casa con las manos vacías,
como llegué;
volveré con el corazón alegre
por el deber cumplido
y agradeceré a todos su compañía
durante tanto tiempo
en el camino de la libertad.
Diré adiós
sin rencor hacia los que me señalen
el camino que me devuelva
al lugar de donde partí
y buscaré en mi interior
las razones de la derrota”.
Pero llegado ese momento,
el hombre, a su alrededor,
sólo vio enemigos
y a sus ojos subió la sangre de la ira
y la ira no le dejó encontrar
el camino de vuelta a casa.

En el cenit de su carrera, cuando la prensa le buscaba y era uno de los protagonistas, mediocre, pero protagonista, de la vida pública, ante la pregunta de una periodista, respondió con una de esas frases para la posteridad: “Cuando nací, la comadrona le dijo a mi madre que había tenido un niño alcalde”.
El hijo de la madre que tuvo un niño alcalde nació en una época difícil. Dicen sus hagiógrafos que pasó por múltiples vicisitudes vitales hasta llegar a una Alcaldía para la que estaba predestinado y desde la que transformó (¿él solo?) con éxito el pueblo: de una ciudad-dormitorio a una ciudad moderna con todos los servicios al alcance del ciudadano, y, siempre, o casi, al lado de las personas. Pero pasó el tiempo y, como tenía la convicción de que el cargo era vitalicio porque al tener la virtud de no equivocarse los ciudadanos le revalidarían en el puesto indefinidamente, nuestro personaje se creyó el reyezuelo de un reino de taifas en el que podía hacer y deshacer a su antojo. Entre los miembros de su partido, los que estaban incondicionalmente con él, eran los buenos; los que, democráticamente, discrepaban lo más mínimo, los malos, malísimos; incluso, si establecemos niveles de maldad, estarían por delante de los adversarios políticos naturales del partido opositor.
El hijo de la madre que tuvo un niño alcalde no quiso ver la realidad. No aceptó una primera derrota democrática dentro de su partido y, como consecuencia, no aceptó su definitiva derrota en las elecciones en las que perdió la alcaldía. Si la matrona le había dicho a su madre que había tenido un alcalde, era para toda la vida, ¿o no? No. Franco había muerto y ya los alcaldes o los puestos de representación no eran para siempre. Pero tanto tiempo en el poder le habían causado una enfermedad grave: autismo político, consistente en no querer escuchar a los que bien le aconsejaban y atender sólo a los que le decían lo que él quería oír. Alguien de su edad, compañero de fatigas, le dijo una vez: “Pero hombre, ¿no te das cuenta de que la gente ya no viene a ti sino que tienes que ir tú a la gente?”. En su burbuja era feliz, ¡para qué cambiar!
La convulsión que creó la derrota hizo que diera palos de ciego a diestro y siniestro. La culpa la tenía quien no había participado en la elaboración de ‘sus’ listas, ni en ‘su’ Comité electoral, ni en nada. Él, el Infalible, se lo había guisado y comido todo, aplaudido por su cohorte de palmeros, pero ahora la culpa la tenían los otros… Y, reunido consigo mismo, -porque los palmeros no opinan, solo aplauden- decidió que había que cambiar, pero, oh sorpresa, el cambio lo tenía que encabezar él y, además, se tenían que ir los que no estaban con él. Los cobardes siempre echan la culpa de todo a otros. Como se dijo en la asamblea de socios, perdón, de militantes: ¿cómo podéis meteros con el hombre que nos ha dado de comer? 
Pobre hombre. Qué hemorragia de cargos de confianza a última hora para ganarse el fervor que ya la mayoría le negaba. Se podría decir de él que en algún sueño intentaría hacer cónsul –concejal o cargo de confianza- a su caballo, pero que alguna persona sensata que habría a su alrededor le habría convencido para que desistiera. (Luego se darían cuenta unos y otros de que no tenía caballo, aunque le habría valido igual cualquier burra que quedase todavía suelta por los eriales de su pueblo). Pobre quijote que no valdría ni para sucedáneo de Sancho…
Pero aquí no acaba la historia porque el hijo de la madre que tuvo un niño alcalde tuvo hijos y uno de ellos desde su más tierna juventud militó en el partido y cuando procedió le hizo concejal. ¿Alguien duda de sus méritos? No, por favor. Lo que no sabemos es si la comadrona le dijo a su mujer que había tenido un hijo concejal o alcalde, porque si dijo lo segundo la crisis estaría resuelta: era cuestión de abandonarse al destino.

No supo irse a tiempo
y tuvo que salir corriendo…
Quienes le sustituyeron 
encontraron sus poemas 
esparcidos por el suelo, 
junto a la basura y la mugre 
acumulada durante sus años
en el poder:
triste destino para las palabras 
que pretendían, inútilmente,
ser bellas,
como triste es el destino
de los pobres hombres
a los que la soberbia
les ciega la razón 
y se convierten en peleles
de carne y hueso,
sin capacidad para asentarse
firmemente en el suelo
y asumir que son uno más
entre los mortales.
Saldrán del mundo
por la puerta de atrás,
sus vacuas palabras
olvidadas en el aire
o sobre papeles que dormirán
el sueño eterno
en los contenedores
de la historia,
esperando ser triturados
en el viaje desde la nada
en que vivieron
hasta la que volverán
sin dejar rastro.

  • El fanatismo es una enfermedad que se atenúa o se cura escuchando y leyendo a aquellos que no dicen ni escriben lo que tú quieres escuchar o leer.

CRÓNICA BUFA DE UNA DISENSIÓN

In illo tempore… No, no, déjate de pedanterías. Bien. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: “Sé que algunos de vosotros me vais a traicionar, y aviso: después de mí, de este templo lleno de fariseos, que ha sido agencia de colocación para todos, sólo van a quedar cenizas. ¡Hostias!”.
Los romanos echaron a aquel impostor (no voy a contar lo de la cruz y lo de que al tercer día resucitó porque eso ya no se lo cree nadie), y para eso unieron fuerzas los díscolos de dentro y, desde fuera, un grupúsculo de sirios del gabinete del cónsul que hacían estudios muy sesudos para ocupar el tiempo, como por ejemplo:
-        Introducción del cultivo de la remolacha en las orillas del Jordán. Incidencia  en el PIB de la región,
-        Interacción-relación del casco romano sobre el cerebro de los pobladores de la antigua Ur y su actual inteligencia límite, 
-        Impacto sobre el déficit público de la tasa turística en Nazaret, y
-        Los chiringuitos del mar Rojo: previsión de los problemas que ocasionarán cuando Moisés separe las aguas.
 ¿O esto fue antes? ¡Qué lío! Esto pasa por ateo.
Nadie se dio cuenta de que los judíos, en esta primera rebelión, habían introducido un caballo de Troya –juguetito para infanzones grandes inventado en una pelea griega- con algunos judíos, de nuevo díscolos, dentro, que actuarían llegado el momento de lanzadera torpedera.
Pasó un tiempo y los judíos de dentro, el de Nazaret, con mono de protagonismo, y sus leales, más los sirios, y algún paracaidista ilustrado que sabía lenguas bárbaras y fue expulsado del senado por vago (chicas había pocas: ¿y la paridad, eh…?), lanzaron una ofensiva desmedida contra la nueva dirección romana. Iban a los Templos, que eran como casas regionales pero con columnas … y corintias para comer y conspirar. Las bautizaron como bodas de Canaán, para despistar, en las que se prometía la multiplicación futura de panes, peces y, sobre todo, del vino…
Los ahora rivales de dentro, troyanos, sirios y allegados, educaditos al principio, pronto perdieron las formas, dejaron de utilizar el arameo en sus peroratas para ir al grano: tenían prisa, aunque sus nuevos socios fingían entenderles para llevarlos a su terreno. Juntos (y revueltos) se retrataron y ofrecieron la foto al Jerusalén Post y al Judea Times, pero solo la publicó un periodicucho de los arrabales, el Belén Capital, que leían pocos… La foto retrataba a los comensales: los que habían estado, maestros en el arte de manejar el ladrillo, y los que querían suplirles, “que esta tajá me la como yo, hombre…”  Ahora, entre tanto jefe, ¿quién iba a currar? Porque trabajar, trabajar, pocos, que para eso unos eran judíos potentados y los otros sirios romanizados poco dados a madrugar.
Unos y otros consideraban que los romanos, elegidos libremente en el foro, y con un derecho -el famoso derecho romano- y una  democracia consolidados para lo que se estilaba en la época, no representaban el sentir del pueblo, que ellos sí sabían interpretar con maestría.
Los romanos se sentían fuertes ante las monsergas de los dioses cristianos reacios a aceptar ninguna derrota. “Somos romanos y la historia está de nuestra parte, al menos hasta que los bárbaros del norte nos invadan, y para eso aún falta, que no podemos forzar la historia, tío”, pensaban.
Y en esas estaban, esperando el momento de seguir practicando la democracia que Grecia legó al mundo, para ver si se respetaba y se seguía siendo demócrata cuando  no gustase el resultado de las urnas, ¿vale?
            Alea jacta est (joder con los latinajos de los pedantes). Bien. La suerte está echada: a esperar las Primarias y que dios nos pille confesaos (yo ya tengo cita que ahora, con los recortes, están dando para semanas).

Aviso: Como historia apócrifa que es, me importa un bledo lo que diga la historia oficial sobre fechas, bandos, buenos, malos…

  • Cuando nos miramos demasiado el ombligo, perdemos la perspectiva.

DOS AMIGOS

Me cuentan una historia: dos amigos coinciden en el Instituto; uno es un buen estudiante, termina la Enseñanza Secundaria, hace una carrera –Económicas-, entra a trabajar en una empresa y por la tarde estudia informática hasta hacerse un buen técnico y consigue complementar su trabajo de las mañanas dando clases por las tardes. Al otro amigo no le gusta estudiar y desde joven su padre le afilia en el partido del que es amigo del jefe (allí llamado líder). Después de repetir varios cursos, a duras penas termina la Secundaria, y el amigo de papá le coloca en una empresa municipal. Con el tiempo y la crisis, el primero se queda en el paro –pierde los dos trabajos- y recurre a la empresa municipal en busca de trabajo y se encuentra con el viejo amigo, que le recoge el currículo pleno de títulos, cursos, idiomas y experiencia. El mal estudiante le mira a los ojos y le dice: “Amigo, no elegiste bien la carrera”. Y quedó en que ya le avisarían, como en tantos otros sitios. Es el mundo al revés.

  • Algunos se llevan una gran decepción cuando comprueban que, a pesar de que ellos no estén, la tierra sigue girando.

INDIGNADO

Soy un puto burgués. En el año 1974 tenía 15 años y vivía Franco y estudiaba en un colegio de curas por la noche porque durante el día trabajaba y era el único colegio de mi ciudad que tenía turno de noche. Allí conocí a gentes algo mayores que yo y que eran comunistas, es decir, antifranquistas, y me hice comunista jugándome el pellejo. Recuerdo que vivía Franco. Milité en un partido de la extrema izquierda hasta que llegaron las primeras elecciones democráticas y los partidos de izquierda fracasaron estrepitosamente. Me desencanté con los partidos, pero de igual manera con los ciudadanos de este país, a los que, pensé, les daba igual Franco o la democracia, y me fui a mi casa. Desde entonces estoy indignado con el sistema. Ahora,  desde hace unos diez años, milito activamente en un partido que, dicen os puros, no es izquierda y participo, dentro de él, en alguna de las comisiones de las diferentes áreas de trabajo; suelo ir con frecuencia a los Consejos de barrio del lugar donde habito; mis hijos van a colegios públicos por convicción y participo en los Consejos escolares; utilizo la sanidad pública y manifiesto mi pesar cada vez que hay ocasión para recordarles a quienes quieren su privatización que no vamos a consentirlo. Me considero un buen ciudadano que cumple con sus deberes como tal: pago mis impuestos, a los que no considero excesivos por lo que recibo; soy solidario con los más necesitados y lucho para que dejen de serlo y reclamo donde haya que reclamar para que se dejen de parches y ataquen el problema desde la raíz. Después de todo esto me encuentro que surge un movimiento, el 15 M, que viene a decir que no vale el sistema, y, dentro de ese movimiento me encuentro a mucha gente joven a los que doy la bienvenida a la política, a la reivindicación, pues hasta ahora pensaba que no existían o que vivían felices en su burbuja; pero también me encuentro a mucha gente de mi edad y mayores que hasta ahora han estado viviendo en el mundo de la felicidad, de los viajes, de los placeres cotidianos, y diciendo aquello de ‘la política, para ellos’. Estos últimos ahora se han dado cuenta de que están indignados y a los que no les seguimos el juego nos llaman burgueses adoctrinados, y dicen que no les valen los partidos –ninguno-, que no les representan, ni las instituciones, ni nada. Y yo me digo si no hubiese sido mejor para todos haber participado desde el principio en el juego y, puesto que somos insobornables y decentes, no haber permitido que se llegara a este estado de cosas que ahora denuncian y con las que en su mayoría estoy de acuerdo, pero yo digo que mucha de la gente que participa en el movimiento son, en gran parte, culpables de haber llegado hasta aquí por dejación de sus funciones de ciudadano. En España somos muy dados al ‘que inventen otros’. Pues eso, si dejamos que otros se dediquen a los asuntos públicos nos podemos encontrar con cualquier cosa y más si eso lo piensa una gran mayoría de la población. En resumen, doy la bienvenida al movimiento, pero que no piensen que han inventado nada y que sean más humildes y, además, si quieren que sus reivindicaciones puedan llegar a buen puerto que invadan los partidos existentes de la izquierda que son los únicos que están con sus reivindicaciones, o con gran parte de ellas, y que son los únicos con cuyos militantes se van a sentir como en casa. En casa de la derecha es donde no van a conseguir nada, porque todos no somos iguales.

  • El principal problema de los políticos profesionales es que son políticos las 24 horas del día, 7 días a la semana, 365 días al año, 366 si es bisiesto.

CALLAN
           
Llega cansado del trabajo y pasa a verla. Le pide una cerveza y unas almendras. Con ademán cadencioso se las sirve, después se sienta frente a él y le pregunta, con esa voz que suena a lluvia purificadora: 
- ¿Qué tal, cómo estás…?
- Ahora, mejor –contesta él. 
Él habla... Ella escucha.
Ella habla... Él escucha.   
Se miran. Y se ven. Incluso, a veces, callan.  
… Y es entonces cuando es fácil ceder ante la tentación del abrazo.


  • Estamos hartos de que las palabras sólo sean un instrumento de persuasión para después relegarlas al olvido, cuando deberían ser la antesala de los hechos, la expresión de la promesa que será cumplida.

jueves, 22 de septiembre de 2016

UN AÑO EN LA VIDA IV - ABRIL






  • Después de cada último adiós necesitamos creer que el manantial de las lágrimas se ha secado…

MARIO

Mario tiene 32 años y es un hijo de la clase obrera, que ha trabajado duro y aprovechado los recursos que sus padres han puesto a su disposición para formarse. Hace tres años que una empresa subsidiaria de la principal empresa aeronáutica europea, le contrató por un periodo de 3 años, renovable por un cuarto. Su sueldo era de 20.000 euros brutos anuales, incluidas pagas extraordinarias, y el de los compañeros que contrataron unos meses antes que a él de 24.000 euros.
Aunque la obra o servicio para la que le contrató no ha finalizado, la empresa, sin ningún pudor, le ha descerrajado a quemarropa que no va a hacer uso de la opción del cuarto año porque “por lo que usted gana, puedo contratar a dos personas”.
Mario, 32 años, es Ingeniero mecánico, tiene un Máster en Dirección de Empresas, otro en Materiales compuestos y realiza, a distancia, un tercero; habla perfectamente inglés y estudia alemán.
Mario está preocupado porque le van a obligar a firmar un documento en el que diga que ha percibido todas las cantidades del finiquito, pero sin percibir ninguna y no sabe si al hacerlo tendría derecho a prestaciones por desempleo. De todas formas, no va a firmar y va a pelear por sus derechos.
Ante las perspectivas que se le ofrecen en este miserable país, está pensando en huir a Alemania

  • Cuando continuamente echas de comer a las fieras, al final te comen la mano.

LA TRISTE VIDA CIRCULAR DE SALUSTIANO

Creo que fue en 1975, en las postrimerías del franquismo, cuando Carlos Cano  cantaba la historia de Salustiano, alguien que “con más de 40 años y de profesión el campo”, había emigrado a Alemania en busca del trabajo que aquí se le negaba. Bien. Allí, a base de todos los sacrificios del mundo, ahorró los marcos suficientes para regresar a España y tener una jubilación digna. Sus hijos regresarían con él para trabajar en España en algún oficio que aprendieron fuera. El desarrollo español, en parte debido a las divisas que todos los ‘salustianos’ enviaban desde el extranjero, había cambiado la situación, había llegado la democracia y con ella la creación de un incipiente estado del bienestar. Ya no era necesario irse fuera para ganarse el sustento porque, si te faltaba, el Estado te procuraba los medios para la supervivencia hasta que volvieras a encontrar trabajo. Y los hijos de los hijos de Salustiano también se beneficiaron de ese estado de cosas y, aunque el dinero en casa no sobraba, como eran chicos aplicados, pudieron estudiar gracias a las becas que el Estado proporcionaba; incluso alguno llegó a terminar una carrera de las que antes estaban destinada solo para los ricos: ingenieros, abogados, médicos…
El nieto mayor de Salustiano era ingeniero y hablaba dos idiomas, inglés y alemán, y encontró trabajo en una gran empresa que, cuando llegó la crisis y con el único objetivo de cuadrar sus cuentas, hizo un expediente de regulación de empleo y despidió  a un tercio de la plantilla, él entre ellos. Los nietos de los franquistas que obligaron al exilio económico a Salustiano, se habían hecho con el poder y legislaron para recortar derechos a los trabajadores, favorecer los despidos masivos en las empresas y acabar con casi todas las conquistas sociales.
Pasó el tiempo, se agudizó la crisis y la única salida que ofrecían desde el gobierno a ese ejército de personas bien formadas era emigrar a Alemania, país que era el mayor responsable de la crisis que se vivía y que ofertaba puestos de trabajo por un salario irrisorio. Pero era lo que había. El nieto de Salustiano emigró a Alemania –otra vez Alemania-, con casi 40 años y de profesión ingeniero… El abuelo Salustiano no quiso ir al aeropuerto a despedirle para evitar las lágrimas.
Y ayer como hoy, en este país de pandereta, la canción permanece:
Yo no creo que el sombrero / les toque en la tómbola / a esos gachós trajeaos / que viven de ná, / que lo roban, lo roban / con cuatro palabritas finas lo roban”.

 LA PRIMA DE RIESGO

Un día escuché a Soraya S. de S., la Vicepresidenta, decir que la prima de riesgo -esa tipeja- estaba a 123, por lo visto, niveles muy bajos en comparación con... etc. Visto lo cual me fui al Mercadona y compré compulsivamente comida, bebida, champuses, geles, compresas, dentífricos, papel higiénico, estropajos, polvos de lavadora, etc., hasta llenar un carro grande. Pasé por caja y le dije a la señorita que cobraba que me hiciera el descuento correspondiente porque la prima de riesgo estaba a 123 y la Vicepresidenta había dicho que las consecuencias las notaríamos inmediatamente los  españoles de a pie en el aumento del empleo y en la cesta de la compra.  Empleo tengo y mi cesta era grande, pero era una cesta al fin y al cabo. Ella, la señorita cajera, dijo que naranjas, y yo le dije que no, que naranjas tenía en casa, que prefería el descuento. Me puse algo farruco, tengo que reconocerlo, discutimos, y me dijo, levantando la voz, que no había promociones, y yo le pregunté si no tenía ningún valor la palabra de toda una Vicepresidenta del Gobierno y ella me contestó, ya envalentonada, que no, que allí mandaba su jefe, el señor Roig, y que si no me había enterado todavía de que en este país, como en todos, la economía y las finanzas mandaban sobre la política.  Me quedé perplejo, y le dije: "joder, tía, tú sí que sabes de lo que hablas, te invito a un café y me lo explicas mejor". Me dijo que no quería café, cogió el micrófono y sonó por los altavoces y en estéreo: "¡Personal de seguridad, preséntese en caja número 3!" Era en la que yo estaba y yo era el sujeto alborotador. Se presentó el tipo de seguridad, rapado, bajito pero con dos brazos más voluminosos que el tronco, que me hizo pagar al contado y no admitió ni mi atormentada tarjeta de crédito. Protesté por el atropello, pero me dio igual.
Ya en la calle caí en la cuenta: Como iba vestido informalmente, con un chándal de 'Vitorio y los chinos', unas zapatillas del Alcampo -la competencia-, con cara de sueño porque no me había echado la siesta, sin afeitar, y antes de entrar al recinto, además, me habían visto hablando amigablemente con el africano -negro- de la puerta, me tomó por un perroflauta cualquiera y me trató como a un protestón asambleario o antisistema y me echó del mercado con cajas destempladas, lo habitual en alguien a quién se le da una pistola, incluso una porra, que mata menos pero marca.
Y es que no tengo remedio; sigo siendo un iluso que, a veces, cree en las palabras de los que nos gobiernan, aunque sea una vicepresidenta cualquiera; quizás por eso, por el puesto que ocupa en el ranking, no habrá que creerla nunca más.

  • Están dejando tantos cadáveres por el camino que empiezan a ser mayoría... Son tan torpes que no saben que en política sí existe la resurrección.

BUSCÁNDOME ENEMIGOS

Me crié en un pueblo y los perros (y los gatos) eran un elemento más del paisaje, aunque para mí era un elemento que sobraba: nunca me gustaron, y menos desde que el ‘Lanas’ me dio un mordisco en la pierna una noche oscura que fui a visitar a mis amigos de la Encarna que eran de los pocos del pueblo que tenían televisión. Desde ese momento ver un can (o un gato) y erizárseme el vello era todo uno. A edad temprana me vine a la ciudad y los perros (y los gatos) dejaron de ser elemento decorativo de las calles; de vez en cuando aparecía alguno, pero era un artículo de lujo, sobre todo por lo excepcional. Llegaron los tiempos de la abundancia y, con ella, lo que era excepción se convirtió en norma, y es rara la casa que se precie donde no viva un perro (o un gato) a cuerpo de rey, con su casita, sus ropitas, sus mantas, colchas, lacitos y demás aditamentos, además de su comida apropiada que adquieren en la sección que los supermercados han creado expresamente para ellos, como existen las secciones de carnicería, pescadería, bebidas espirituosas, pastelería industrial, conservas o ‘comidas para bebés’. Sección ‘Comida para mascotas’, que ahora se llaman así, mascotas (¿cómo puede ser un Rottweiler una mascota, o un dogo, o un pastor alemán (o un gato siamés)?) Cada tarde salgo a hacer deporte (andar deprisa por aquello del colesterol, la tensión, los achaques que la edad impone a nuestros cuerpos) y recorro un paseo que hay a lo largo de un parque de mi barrio y, cada tarde me tengo que echar al ‘sembrao’ porque los dueños de los perros ocupan el lugar reservado para los transeúntes y cada uno se cuenta las aventuras del día de sus chuchos (perdón, de sus mascotas porque todos tienen pedigrí certificado porque si no es ropa de marca yo no me visto), los avances en su educación, cómo saludan a los visitantes, cómo ya no ladran cuando oyen el timbre de la puerta; seguro que alguno cede el paso en la puerta a las señoras y el asiento en el autobús a las viejecitas. Y yo los veo en la distancia (es una larga recta) y según me voy aproximando cada tarde me dan ganas de recomendarles el libro de Evelyn Vaugh, Los seres queridos, sobre el trato que la sociedad hollywoodiense daba a los animales y que están muy, muy lejos del dispensado a las personas, ¡qué más quisieran éstas! Recuerdo que me escandalicé y aumenté mi desprecio hacia esas clases altas adineradas y pensaba que eso aquí nunca llegaría. Algo huele a podrido en las sociedades que tratan mejor a los animales que a las personas y, lo siento, no puedo soportar esta reunión de esnobs en el parque, en todos los parques de todas las ciudades, dirigiéndose a sus chuchos (yo no entiendo de marcas) como si fuesen bebés a los que hay que aplicar las normas de cualquier libro de autoayuda: ¡No, no, sit, la mano, arriba, sit! Son insoportables, excepción hecha de mi amigo Miguel, al que le perdono su debilidad por su perro. Ya se sabe: nadie es perfecto.

  • El valor contable de los bienes amortizados es cero… Lo dice la contabilidad.

RESIDENTES

Es triste vivir cerca de una Residencia de ancianos. Durante un tiempo, los residentes que se pueden manejar por sí solos se hacen parte del paisaje cotidiano y hasta llegas a congeniar con ellos, charlar, te haces su amigo... 
Pero llega un día -de ahí la tristeza- que dejas de verlos, y preguntas en el bar habitual, en las tiendas o a quienes les conocían, y la respuesta suele ser "no sé nada de él, hace tiempo que no lo veo..." 
Desaparecen para siempre, aunque te queda la esperanza de que hayan cambiado de residencia o de que los hijos se los hayan llevado de vuelta a casa... Es una esperanza que se desvanece con el tiempo.

  • ¿Por qué en España los robos pequeños son delitos y los grandes robos son de listos.

INTELIGENTES

Siempre es conveniente rodearse de gente inteligente, sobre todo porque así se aprende, que nunca viene mal. En ese sentido he de reconocer que yo he tenido bastante suerte. Cuando hablo de personas inteligentes no me refiero a quienes saben mucho porque conocer mucho de algo, incluso de casi todo, puede ser sólo síntoma de buena memoria, y ésta no tiene por qué ir ligada necesariamente a la inteligencia. Cuando hablo de inteligencia me refiero al conjunto de cualidades que tienen algunas personas capaces de ponerse en el lugar del otro, de escuchar a todos antes de tomar partido, de mostrar comprensión hacia el semejante, de tener curiosidad ante las cosas del mundo para intentar comprenderlo mejor, de conocer el porqué de esas cosas, de compartir el conocimiento, de intentar actuar para corregir lo que funciona mal, de no hacer excesivo alarde de su sapiencia, de ser solidario, con todo lo que ello implica, etc. Estas actitudes o cualidades, y las que faltan por enumerar, deben de tener como denominador común la de tener al hombre como centro del universo, y respetarle.
En mi ya extensa vida he conocido a muchas personas con esas características y son mis amigos, y proceden de todos los ámbitos geográficos, sociales y académicos. Así, tengo amigos que a duras penas saben leer y escribir, que no han leído -ni piensan hacerlo- un libro en su vida, antes porque les aburría la lectura y ahora porque ya se han acostumbrado a no hacerlo; otros, que tienen pocos estudios pero leen, se informan y están al tanto de lo que sucede en el mundo; y, por último, una minoría con estudios superiores, carreras universitarias, incluso doctorados o máster, pero que son tan humildes como los del primer grupo. Con todos trato, de todos me siento cercano, de todos aprendo cada día.
Por otro lado, existen personas con un alto nivel de conocimientos, carreras, doctorados, máster, que lo exhiben públicamente para que vaya por delante y se sepa con quién se está hablando, pero que no quieren ser conscientes de  que el que tiene enfrente en la calle, en el autobús, en la tienda, es un hombre como él, quizás con menos recursos académicos o dialécticos, pero que su vida es igual a la suya, y sufre, ama, ríe, llora, exactamente igual que él a pesar de que él sea un pozo de sabiduría, sabiduría que si no va unida a las otras cualidades, será un pozo estéril, envidiado sólo por sus iguales y que quizás le proporcione bienes materiales pero nada que engrandezca su vida como persona. Miramos alrededor y vemos este último retrato expandido por el mundo como una plaga, y en todos los ámbitos. Y en España, visto el nivel de nuestra enseñanza, de nuestras universidades, tampoco es para estar muy orgulloso de diplomas y títulos.
No es este el caso de los sabios de verdad, los más grandes de los grandes, los que a su sapiencia suman una gran humanidad, en sentido amplio, y entre este grupo yo destacaría a los que se dedican a la investigación científica, de la que depende la salud y el bienestar de la humanidad y que suelen ser personas solidarias, humildes, desprendidas, que buscan con denuedo el bien común a costa de sacrificar otras muchas cosas materiales, entre ellas el dinero. Sé que habrá excepciones a esto que digo, pero, serán las que confirme, también, esta regla.
Y en otro extremo, los que exhiben, casi siempre con orgullo, su ignorancia, como un don y no como un acicate para acabar con ella desde la modestia. “Yo me he hecho en la universidad de la vida, que es donde se aprende de verdad”. Bien. No hace falta ir a ninguna universidad para aprender y comportarse como una persona civilizada, está claro, pero tampoco hay que regodearse en la ignorancia.
De todas formas los más peligrosos para el futuro de la humanidad son los que conforman el grupo de los que se consideran sabios solo por el simple hecho de acumular títulos en las paredes de sus despachos o en los salones de sus casas, y estudios publicados, o no, sobre los más diversos aspectos del conocimiento humano, pero nada más y que forman también  parte, sin saberlo, de ese grupo más amplio de los tontos, los que lo parecen y los que lo son, que son muy peligrosos y contagian su estupidez.

  • En muchas ocasiones, hay más sabiduría en las palabras de un anciano que en mil bibliotecas.

CRISTO CRUCIFICADO

Yo creo que tomé conciencia contra la violencia de cualquier tipo cuando vi la primera escultura de un Cristo crucificado. Era la imagen de la maldad de los hombres y ante la cual no existía justificación. Recuerdo que yo, de niño, pensaba que por mucho que predicara historias difíciles de creer, de cuentos esotéricos, muertos que resucitan, de vidas futuras u otros chismorreos, y de que contraviniese las órdenes de los ocupantes romanos del Oriente Medio, no había derecho a que le hiciesen lo que le habían hecho a ese pobre hombre: clavarle en una cruz de madera, por manos y pies, y para más INRI, ponerle una corona de espinas, que ya es el colmo de la tortura y de la maldad. Menos mal que, a veces, creía que cuando le hicieron todo eso ya estaba muerto porque, en la primera imagen suya que yo recuerdo, aparece una herida sangrante, de espada o lanza, en el costado, y esa debió ser mortal de necesidad, por lo que ya no sufriría con el resto. Durante mucho tiempo me persiguió esa imagen de Jesús en una cruz de madera con los otros dos desdichados que le flanqueaban y que no corrieron la misma suerte porque con aquella historia truculenta, los seguidores del más famoso, se montaron un chiringuito que ya dura dos mil quince años: el negocio más próspero de la historia, y sin el cual, ¿qué iba a ser de nosotros los andaluces privados de los ingresos por turismo en estas fechas de pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor? Eso es emprendimiento, sí Señor. Menos mal que como casi todas las malas películas acaba bien porque, al tercer día, resucitó....

·         Máxima del corrupto profesional:  Si no puedes comprar al elector, compra al elegido

HOMBRES 

A los hombres que miran a la cara a los hombres y son honestos, que tienen ideas claras que se resumen en desear la felicidad al resto de la humanidad, en no querer ser más que nadie, pero tampoco menos, y en implicarse en la lucha para que todos tengan las mismas oportunidades de vivir una vida digna, a esos hombres da igual las etiquetas que les puedan poner, porque antes que nada son personas. 
Hay otros, cuyos hechos nunca se parecen a sus palabras, que, por muchas banderas que enarbolen, nunca llegarán a serlo. 

  • A veces me pregunto qué extraño placer se sentirá teniendo todo el poder y eligiendo el futuro de la gente  a dedo: este sí, este no, sí, no, no y no, si, sí, no... Y sin dar más explicaciones…