miércoles, 18 de enero de 2017

UN AÑO EN LA VIDA VI. JUNIO



  • Cuando caminas de la mano de alguien, llegarás hasta donde ese alguien quiera que llegues.

DIARIO DE UNA URGENCIA

Pensaba hacer una breve crónica sobre una breve estancia en las Urgencias del hospital para que me viesen el pie, pero, después de dos horas de espera desde la primera valoración, creo que me va a dar tiempo a escribir un diario. 
Llevo, como decía, dos horas, gran parte de ellas escuchando a una cotorra hablar, ininterrumpidamente, por teléfono, con el modo metralleta puesto. ¡Qué don de palabra, Dios!
Sale una enfermera para anunciar la visita rutinaria a los ingresados y piden silencio, y las cotorras, cual plañideras, aceleran y suben el volumen.
Me acuerdo del viejo chiste que decía que cuando Dios creó a la mujer le iba saliendo perfecta hasta que, una vez terminada, le dijo: ¡habla!
Me está quedando todo un tanto machista, pero juro -o prometo- que los hombres estamos callados, y estamos mitad y mitad.
Acaba de llegar un cura y toma asiento, y me pregunto si los curas también enferman. ¿Y cotizan a Seguridad Social? Se entretiene leyendo un libro que no consigo ver qué es. Ahora sí: Los renglones torcidos de Dios... Por el título, no creo que sean lecturas apropiadas para un cura, por la duda que encierra el título, aunque siendo de Luca de Tena no debe ser muy transgresor.
Como yo voy cojeando me parece que todo el que está aquí, o el que llega de nuevas, cojea. Me pasó también cuando me operaron que parecía que a todo el mundo le habían operado de la próstata... 
Se va echando la noche y aquí sigo.  
Suenan los altavoces, que parece que los han comprado en un chino y tienes que adivinar el nombre. ¿No habrán dicho el mío y no me he dado cuenta? Pregunto en el mostrador y amablemente me dicen que no, que no ha habido suerte todavía; le digo que llevo, grosso modo, dos horas y me responde que la media son cuatro. ¿Y la cena?, pregunto, y se echa a reír: aquí hay que venir con los deberes hechos. Gracias. Y vuelvo a la banqueta de madera de la sala de espera (perdón por el pareado). 
Menos mal que la maquinita me sirve de entretenimiento, que si no...
Entra uno en silla de ruedas con el tobillo hinchado y detrás de él toda la familia, ya se sabe: familia que va a urgencias unida, permanece unida, sobre todo si la cosa llega a mayores. Después llega la abuela con el niño, y le dice: "pero si le han puesto a tu papa un carricoche", y le echa al niño encima, sin reparar en la pierna malherida...
Me pongo frente al televisor y veo el fútbol, mete un gol el Barça, empeoro de la lesión... Me rindo.

·       Cada vez que escucho a un economista hablar de ‘oportunidades de negocio’ pienso en la cantidad de seres humanos que quedarán en la cuneta para que ese negocio sea rentable.

A TI, QUE NO QUIERES SER MI AMIGO

Yo sé que podrías ser mi amigo porque compartimos muchas cosas, pero no lo eres porque no te dejan, porque me han marcado con la cruz de los estigmatizados y me han condenado sin darme la posibilidad de explicarme y, quizás, de entendernos. Y tú, que vienes de otro mundo parecido y en el fondo quisieras ser imparcial, sabes que mi condena es injusta y también sabes que tú y yo nos podríamos llevar bien. Y que compartiríamos momentos, charlas fructíferas, libros y músicas; que entenderíamos nuestros fracasos y nuestras pírricas victorias... Lo veo en tus ojos cada vez que me saludas y en tu saludo percibo un afecto distante, y me dices con la mirada: "es lo que hay, no puedo hacer más". 
No te preocupes, yo te entiendo: a veces, somos todo lo valientes que nos dejan ser; reclamamos libertad, incluso, a veces, luchamos sinceramente por la libertad, pero no somos capaces de romper las propias cadenas cuando sopesamos pros y contras, cuando ponemos los afectos y otras cosas en la balanza y la resultante es que podemos ganar la libertad pero también perder nuestra supuesta estabilidad.
El que crea actuar de forma congruente siempre, en todas las aristas de la vida, incluso en sus lados planos, que tire la primera piedra... 
En fin, a estas alturas, tampoco me importa demasiado, o, como decía Leonard Cohen en su Chelsea Hotel. Eso es todo, ni siquiera pienso mucho en ti...

  • La vida es una oportunidad única: no la desaproveches.

UNIVERSIDAD DE LA VIDA

En el perfil de cada vez más gente en las redes sociales veo que algunos se vanaglorian de no haber estudiado normalmente y de haber hecho ‘su carrera’ en lo que denominan ‘la universidad de la vida’; es decir, traduciendo: que se han dedicado a dar bandazos, probando ‘todo’; que se han llevado palos a diestro y siniestro y parece ser que eso les ha hecho mejores hombres y más invulnerables que al resto. Por descarte consideran que los que han llevado una vida más lineal, han estudiado hasta donde les han llegado las fuerzas o los medios y no se han metido en demasiados líos, no saben lo que es la vida dura porque ésta solo es la que dicen ellos: la suya. La vida de sacrificio, del trabajo y del estudio al mismo tiempo, del atender una casa y unos hijos y salir adelante, es  vida de burgueses y los ‘universitarios de la vida’ abominan de ella. Que les aproveche. Probablemente, incluso en su universidad, faltaron a las asignaturas más importantes, las que hablan sobre la dignidad de todas las personas.

  • ¡Qué buena es la buena vida! Para los que nos queda un miligramo de conciencia, si todos no pueden disfrutarla, deja de ser buena vida.

UNA VIDA DE SACRIFICIOS POR LA LIBERTAD

              Es probable que cuando cuente su vida en los corrillos del bar que habita, perdón, que frecuenta, hable de una vida de penurias en la que se tuvo que poner a trabajar a edad temprana para ayudar a una madre luchadora y a un padre represaliado y que pasó de un trabajo duro a otro, cuál de ellos peor, para poder estudiar y así labrarse un futuro mejor. Es probable que cuando hable de su experiencia vital hable de sacrificios y de esfuerzo, del pan ganado con el sudor de su frente, del futuro labrado a base de saltar por encima de penosos obstáculos que la vida y sus semejantes le iban colocando en el camino. Pero se puede sospechar que toda esa vida abnegada, que contará a quien no le conozca o no tenga acceso a su trayectoria, será, como casi todo en él, ‘retórica grandilocuente que encierra siempre – Tony Judt dixit - una enorme vacuidad’, es decir, pura mentira.
              Hasta hace un tiempo se le podía ver, a cualquier hora de la mañana, acodado en la barra del bar, en el espacio ciego que queda entre el ventanal y la puerta para que nadie lo pudiera ver desde la calle, cigarro en ristre, tocado con sombrero de colores llamativos, tomando a sorbos pequeños y espaciados un café solo para despejarse y estudiándose el periódico de información general que el bar ponía a disposición de los clientes. Al caer la tarde, era el güisqui ‘on the rocks’ el que le contemplaba desde la barra.
              Los datos objetivos, demostrables, sobre su vida, dicen que desde  su nacimiento y hasta bien avanzado el proyecto de hombre, creció como tal, intelectualmente, y vivió, y se supone que bien, a costa de alguien: de los padres que lo engendraron, y cuando tuvo edad, porque lengua parlanchina y embaucadora siempre la tuvo, se dejaría caer en las garras de alguna amante inofensiva. Y después, ya montado a lomos de una edad talludita debió decidir que era hora de hacer algo de provecho en la vida. Encontraría trabajo en alguna librería –los libros había decidido que serían lo suyo- y aguantaría unos meses de penalidades, madrugones y peleas con los jefes y con los clientes, que después se vieron recompensados con meses de prestación por ese bastión del estado del bienestar que se llama seguro de desempleo y que en algunas ocasiones es un refugio -como el del caso que nos ocupa- de vividores dispuestos a no dar un palo al agua en toda su puñetera vida.
              De todas formas él había nacido para la verborrea, la retórica –que en su boca, y para él, cada mañana cuando se contempla el ombligo, es puro arte-, y encontró un lugar idóneo para ganarse la vida que hasta ese momento le habían regalado, aunque con grandes penalidades –dice él, seguro- porque había estado luchando por un mundo mejor en el que todos tuvieran derecho a la educación, al trabajo digno, a la cultura, a la sanidad y en igualdad de condiciones: un partido político y de la izquierda, entonces en ascenso. La verborrea, la retórica vacua son un don que la naturaleza da y después, en muchos casos como éste, la política premia.
              Decíamos que encontró su lugar al abrigo de un partido político que habría de tener poder, mucho poder, en el futuro, y todo eso su buen olfato lo supo captar a las primeras de cambio. Inmediatamente se afilió y como la capital es muy grande y hay mucha gente y poca tarta para repartir decidió buscarse un lugar más pequeño, más alejado, más apartado del bullicio y donde tuviese menos competencia. Se afilió y participó activamente en todas las actividades del partido porque no tenía otra cosa que hacer y, claro, el que se multiplica y aparece por todas partes es el más valorado por parecer el más trabajador y, por lo tanto, habría que contar con él. Después, cuando empiezan a gobernar, él, casualmente, es contratado para trabajar, es un decir, en la Administración Pública. Termina su carrera en la universidad, le van renovando los contratos hasta que – ¡oh, queridos hados del destino! - consigue la plaza más o menos fija en el puesto, quizás – y sin quizás - mediante una oposición preparada “ad hoc”, cuando sobrepasa la edad madura o empieza el inevitable declive. Pasa por diversos puestos en el organigrama del partido, y, lógicamente, se tira a la yugular de quien ose criticar al Jefe, a su protector, a su hada madrina, porque, ¿qué sería de él sin la democracia, sin haber sabido estar en el sitio justo en el momento oportuno, sin haberse sabido aliar con el ganador? Es de mal nacidos no ser agradecidos y él tiene que agradecer todo, su vida, su trabajo, sus copas, su novia o esposa o amante, a su partido.
              Pero, ¡oh el malhadado destino!, quien le dio de comer no tuvo la consideración de dejar todo atado y bien atado, con el oculto plan de tenerle, como a muchos otros de la congregación de los socorros mutuos, cogido por ahí mismo, para que no se moviese. Y ahora, a su edad, esa edad tardía en la que incluso los hombres de talento suelen sucumbir ante el ocaso -¡triste destino el de los inútiles a los que el tiempo pone en su sitio!- ha vuelto al paro, ese casi desconocido para quien supo estar toda su vida arrimado al sol que más calentaba en cada momento… Y ahora se dedica a dedicar epítetos grandilocuentes, insultantes a los que le han dejado sin nómina, sean quienes sean. Las almas caritativas, humanitarias, saben perfectamente que a los ancianos beodos no hay que tenerles en cuenta su incontinencia verbal, producto de diarreas mentales no curadas del todo cuando era preceptivo.

MI OFICIO

Trabajo en un sitio delicado por el tipo de clientes que tenemos que atender, cada cual de diversa procedencia pero con un denominador común: están desempleados. Unos, que buscan trabajo y nunca les llega una oferta; otros, que no lo buscan y deberían buscarlo porque cobran y que cuando se le envía a una oferta tendrían que aceptarla pero no la aceptan porque ahora no puedo, me viene mal, qué hago con los niños. Lo más normal es que a nadie nunca se le ofrezca nada. “Es que llevo siete años apuntado y nunca me llaman pa’ ná”. ¿Y tú qué haces pa’ buscar? “Pues miro por el integné o echo currículus, que me paso las mañanas echando currículus, hasta las 12 que me salen los niños del colegio y como no los puedo dejar en el comedor…”
Mi empresa se llama Oficina de Empleo, una contradicción en los términos, bueno, en el término - sí tiene apariencia de oficina aunque por las plantas más bien parecería un jardín botánico no apto para alérgicos -. Empleo: más bien tendrían que denominarla Desempleo porque, de empleo poco, solo los que compatibilizan prestación y trabajo a tiempo parcial, y después estamos nosotros – funcionarios laborales fijos interinos eventuales y mediopensionistas - los que vamos a trabajar, bueno trabajar, trabajar… en el lado amable de la mesa y nos pagan, poco, pero nos pagan. Yo siempre he considerado que trabajo es bajar a la mina, la construcción, la agricultura, incluso alguna parte de la industria, porque no me digan que estar en una cadena de montaje poniendo 2 millones de tornillos a las piezas de un engranaje durante ocho horas, aparte de repetitivo y cansino, es un trabajo. A veces también considero trabajo lo de las fruterías, carnicerías, pescaderías y demás ías, pero más que nada por lo pesado que es y las muchas horas que hay que estar esperando a que vaya uno que te pida un saco de patatas o un kilo de boquerones. Pero lo demás, ir a una oficina o sentarse en la cabina del vagón del metro y conducirlo, o en la taquilla del cine y vender entradas o conducir un taxi… me parece mucho llamarlo trabajo, por lo que el término conlleva de penosidad.
A lo que iba, nosotros, que venimos siete horas y media a la oficina, a sentarte, poner un sello y teclear un numerito en el ordenador, preguntarle a un tío/a por su filiación, incluso que intente –sin conseguirlo en lo que conmigo se refiere- contarte su maltrecha vida, volver a teclear, levantarte para recoger la demanda-tarjeta-cartilla-cartón del paro y dársela y decirle que tiene que venir a que pongamos un sellito cada tres meses, y responder mil preguntas inútiles por reiterativas y “que solo vengo a preguntar”, “que no sé qué letra tengo que coger para apuntarme porque no está la “A” de apuntarse”, ni la “S” de sellar”, “que quiero preguntar por qué tó el mundo cobra y yo no”. Sí, pero eso es arriba con cita. “Y quién me da la cita?” Por teléfono o por Internet. “Pero ¿tú no me lo puedes decir?” Pues no porque usted quiere pescao y yo soy el carnicero. “Pues vaya mierda”. Pues vaya… arriba. Al final terminas gritando ¡¡¡Socorro!!! y termina viniendo la vigilanta, que no lleva porra pero con el uniforme causa respeto, y el sujeto/a se va, acordándose de mi madre, que qué coño pintará en todo esto, pero se va. Luego sube arriba  a armarla, pero esa ya es otra sección y otra película.
No me dirán que todo esto que relato es parte de un trabajo, trabajo… Pues no. Incluso tiene sus ratos de risa, como cuando un compañero atiende a uno que le dice que viene a arreglar los papeles del paro y le pregunta a bocajarro: ¿y por qué los has roto?, o cuando viene la familia de etnia gitana con la mujer y los cuatro niños a apuntarse porque no cobra ná y “mes’aorviao” sellar y le preguntas que si todos los niños son suyos y te dice “pos claro, de quién van a ser?” Y le preguntas si no tienen televisión en casa, y te responde: “Un cacho prasma asín –extendiendo los brazos como para 46 pulgadas- pero no tó va a ser televisión”, remacha, etc. A veces pasamos buenos ratos, aunque, en serio, cuando viene alguien necesitado, desesperado, agobiado, lo pasas realmente mal, aunque te acostumbras a vivir con ello, como los oncólogos que tienen que decir a un tipo que, mire, tiene usted cáncer, pues casi lo mismo: está usted parado y, tal y como está la cosa, tiene pocas posibilidades de salir del hoyo.
Bueno, y acabo que han abierto la puerta y tengo que llamar a los que han cogido número de la “A” de apuntarse y ya me están mirando por la rendija de los armarios, que estoy muy expuesto al público y entra un aire por ellas que voy a tener que coger una baja, coño.

·       ¿Carece de valor lo que resulta fácil de conseguir?

CARTA A FLOREN PA’ QUE FICHE AL CHOLO

He escrito una carta a Florentino instándole a que fiche a Simeone. Ya sé que el Madrid no puede fichar a alguien que se llame Cholo pero le decimos que utilice su apodo, Diego Pablo, y queda como si viviera en la Colonia El Viso. No debiera traerse al Mono Burgos, a no ser que adelgace, ya que alguien con esas redondeces no queda bien en un banquillo de deportistas, y que se cambiara el nombre, por Germán. También tendría que cambiar el rock por la ópera. Mucho cambio. Aunque bien pensado Simeone tiene pinta de tanguista y no por su affaire con Caminero (tango, el lamento del…) Lo dejamos ahí.
Uno de los problemas que dicen que se plantearía era cómo hacer correr a tanta figura como tiene el Madrid; sin problema: Cristiano y Bale son dos balas y están acostumbrados, y en el caso de Benzema, que ha hecho la ESO  en el Lycèe Française, aprende los nuevos métodos antes que Arda Turan que cuando vino era un vago y debía ser porque no comía cerdo ni bebía cerveza. Con los demás no creo que hubiese problema porque son de clase media y no suelen protestar mucho.
Lo que más me gusta del Atleti es la presión: parecen políticos españoles atacando a alguien que tenga una idea; en este caso la idea es el balón que en cuanto lo tiene el contrario ya tiene a tres del Atleti encima y se la roban. Y siempre la roban, como si tuviera un imán. Por eso, he propuesto en otra carta a Villar que haga el juego del fútbol algo más democrático, como el baloncesto, con un tiempo de posesión para cada equipo para hacer lo que pueda cada uno y no que te acosen en cuanto tienes la pelota y te la roben y siempre vaya a parar al mismo. Así no se puede jugar porque solo juega uno.
Por lo tanto, si Floren no accede a mis peticiones, no voy a tener más remedio que cambiar de equipo o borrarme ya de Canal + Liga, del que seguro es accionista, y ya se sabe que a estos ricos, tocándole la pela…

  • El estalinismo fue una doctrina que caló profundamente, de ahí la cantidad de individuos que, a diario son enviados a Siberia.

NOVIAS

Cuando tienes una novia y no te gusta que te vean en público con ella, puede ser:
a) porque la tipa tiene mala fama;
b) porque, siendo consciente de lo anterior, quieres salvaguardar tu prestigio no exponiéndote a que te relacionen ella;
c) porque ni tú mismo estás seguro de tu amor por ella.
En política suele pasar igual con las malas compañías, que a veces pretendes por conveniencia el amor de alguien, pero a escondidas...

  • No hay mejor abono para que germine la demagogia que la corrupción de unos y la miseria de la mayoría.

ÉL Y ELLA

Él acaba de cumplir cuatro años y anduvo todo el día detrás de ella; sólo quería estar con ella. En un momento determinado, la miró fijamente, la cogió por los brazos  y le dijo: “te quiero muchísimo”, y los niños no mienten; ya tendrán tiempo de hacerlo cuando crezcan.
Después le dijo que quería bailar y ella le dijo que no, que estaba cansada (¡ay, estas mujeres!). Él lloró desconsoladamente hasta que consiguió que bailara. Y entonces la sonrisa volvió a su rostro dulce, tan dulce como la tarde de un buen día de verano.
Y después salieron a pasear para contemplar el horizonte y se sentaron en la valla de madera, y ahí se paró el mundo para mirarles con una sonrisa.

AMISTADES RARAS
A lo largo de la vida vamos coleccionando amigos, mejor dicho, conocidos, de lo más variopinto, porque la palabra amigo es difícil de casar con su significado en sentido amplio, y, por tanto, los verdaderos, se podrían contar con los dedos de una oreja, que decía aquél, un tipo listo. Los que procedemos de las clases bajas y no nos hemos codeado con grandes genios en ciernes de las letras o de las ciencias, de las artes o del espectáculo en sus múltiples facetas, o grandes especuladores del mundo empresarial, tenemos que conformarnos con haberlo hecho con gente corriente, del común, de esa que, por lo general, nace, crece, se desarrolla y muere casi sin pena ni gloria, sin hacer algo de provecho que quede registrado entre los hitos de la humanidad. La mayoría de mis amigos se dedicó sólo a respirar cada día, que ya es ardua actividad en los tiempos que corren.
He de decir que también he tenido algunos –pocos- amigos empresarios, pero casi ninguno ha prosperado más allá de haber disfrutado, y en los inicios del negocio, del coche Mercedes y de la casa en la playa que más adelante la financiera le quitaría por no poder hacer frente a los pagos. Además, la mayoría de los empresarios que conocí lo hicieron en el ramo de la hostelería, o de las chapuzas caseras, actividades que es fácil deducir que no requieren mucha inversión en i+d+i: algunos pusieron bares, o algo más pretencioso, restaurantes, pero la mayoría fueron a la ruina porque se los bebieron; alguno que conocí subió un peldaño y se hizo socio con otros de un bar de alterne, pero el que alternaba era él, tanto con los clientes como con las chicas y tuvo que vender su paquete accionarial, que le pagaron tarde mal y nunca, ante la amenaza de su mujer: o ella o el bar de carretera.
A los amigos del ramo de la construcción, tampoco es que les fuera mucho mejor: ellos eran albañiles rasos que no llegaron a oficiales, o especialistas, pero que se dijeron: “si este tonto que me manda se ha hecho de oro, yo que soy listo…” Y se hicieron autónomos y dejaron de acarrear ladrillos y hacer mezcla y se fueron al trabajo fino: buscamos cuatro rumanos que trabajen y nosotros nos dedicamos a echar cartelitos por los buzones y a vigilar: “Pintura integral de su casa, 400 euros, somos parados y se lo hacemos más barato que nadie”, y la gente, movidos por la compasión y por el ahorrarse el IVA, los contrataba. Luego, cuando dejaba de funcionar la cisterna o el enchufe tenía una derivación llamaba al teléfono de contacto que dejaron, por si acaso, y sólo contestaba la tipa de la compañía telefónica: “el número al que llama no existe…”
Por lo general, mis amigos, como dije, eran gente corriente, con empleos corrientes que les proporcionaban lo suficiente para llegar a final de mes con más o menos agobios.  Y cada uno con una visión de las cosas diferente del otro. En una época, la mayoría de mis amigos eran trabajadores de las artes gráficas. Uno de ellos era un auténtico innovador, no por las artes gráficas, sino porque tenía novia, pero como no creía en el matrimonio ni en la monogamia, se echó otra y las dos consintieron la doble relación, y con las dos tuvo hijos. Sus amigos, que éramos muy comunistas, éramos de una sola mujer en la teoría, pero en aquella época de ninguna porque ligábamos poco, y le envidiábamos. Él era comunista y ejercía de tal: decía que había que romper con las reglas y rompió, vaya si rompió.
Otro de los amigos, muy intelectual de salón él, de los que antes de soltarte la perorata se tocaba la barbilla, como haciendo que pensaba, decía que no se casaría nunca porque siempre habría una mujer mejor. Palabras: luego se casó, tuvo hijos y la verdad es que hay muchas mejores que la suya, y peores, como en cada casa. Yo decía aquello de que el hombre nació para la soledad y lo decía  tanto a las chicas para parecer importante -un intelectual incipiente- que se lo tomaban en serio y huían a las primeras de cambio sin darles tiempo a que pensasen si querían compartir su soledad con la mía. Bocazas que es uno en la juventud.
En todos los grupos siempre había alguien que ligaba más que el resto y se debía a diversos motivos: su labia portentosa y que hacía que las chicas se fueran con él por encantamiento o por aburrimiento; o su tipito fino, sus ojos azules o pelo rubio, o simplemente, suerte. A uno de estos amigos ocasionales –de partidas de cartas y de ir juntos a la discoteca- no sabría en qué grupo encuadrarle, el caso es que no había sábado o domingo que fuésemos a la discoteca que él no desapareciera antes de cerrar con una chica bajo el brazo para esconderse en las profundidades de la oscuridad de algún polígono de las afueras o en alguna arboleda próxima. Así, fin de semana tras fin de semana, y el sábado siguiente nos contaba la aventura del sábado anterior, y así hasta el infinito. Un día le atropelló un coche en la carretera y le dejó maltrecho y, gracias, porque a punto estuvo de perder la vida. Las secuelas fueron unas muletas para siempre porque le destrozaron una pierna.
Después de recuperarse volvió a venir con nosotros a la discoteca, pero ya no ligaba, y bien que lo lamentaba porque su aparato reproductor no se vio afectado por el accidente, y así se lo hacía ver a las que antes no dudaban en acudir a su llamada, que solían ser las que quedaban de non en los múltiples grupos que pululaban por la discoteca: las menos –o nada- agraciadas que lucían escandalosas minifaldas para llamar más la atención. Estas chicas tan olvidadizas ya no le hacían ni caso. El pobre cogió una depresión tremenda que le hizo renegar de las desagradecidas mujeres y casi del mundo; renunció a ir para siempre a discotecas y rara vez le veíamos en las timbas que organizábamos -o en alguna excursión por el monte- en las que a él se le escapaba el dinero como si fuese agua entre los dedos. Pero un día, de vuelta de unas vacaciones que pasó en su pueblo extremeño, nos contó que había conocido a una buena chica que se enamoró de él a pesar de su cojera y de su muleta, por la que, por cierto, cobraba una magra pensión. Y se casó, y no fue feliz porque la mujer se iba con unos y con otros y él la aguantaba porque, al menos, decía, tenía a alguien que le cuidaba, hasta que se hartara.
Otro amigo era un precoz de cuidado. Desde los dieciséis años, cada chica que conocía iba a ser su mujer y la rapidez con que se tendría que casar era directamente proporcional a su belleza: si muy guapa, rápido; si regular, a medio plazo, y si era fea, porque hacía a todo, no tendría tanta prisa. En fin… Amigos raros.
Pero no sólo tuve amigos raros, también amigas raras. Sólo mencionaré a una que fue en sus tiempos la más fea de España y que no optó a premios internacionales porque entonces no disponíamos de mucho dinero para viajar, y, por lo que sigo viendo por las calles del mundo, todavía nadie le ha quitado tal galardón. Pero como siempre sucede en estos casos, era muy buena persona, tanto que cuando quedábamos con ella –poco y en sitios poco frecuentados por nuestras amistades- se pasaba el rato tratando de convencernos de que la belleza estaba en el interior, con lo cual también se convertía en una plasta.
Hay más, pero, para muestra, estos botones…

  • No sé qué fue primero el odio o la envidia, y no sé si una cosa lleva a la otra o viceversa. No sé.








lunes, 5 de diciembre de 2016

UN AÑO EN LA VIDA (V) MAYO

MAYO

  • ¿Podemos decir, de verdad, que hemos vivido plenamente cada día de nuestra vida?

EL HÁBITO Y EL MONJE

Un viernes por la tarde iba yo ataviado con ropas de Cortefiel, Hombre, Rebajas (50%), con camisa de rayas azules, pantalón gris oscuro y chambergo azul oscuro, además de bufanda y boina gris, paseando por mi localidad, cuando escucho a alguien que, a voz en grito, hacia un análisis de la situación del país: paro corrupción desahucios gentes viviendo bajo los puentes y comiendo de las basuras jóvenes que se exilian en el extranjero mujeres sin derechos jubilados menesterosos emigrantes asesinados en las fronteras, etc. Escuchaban, en la plaza del Ayuntamiento, gentes con banderas rojas y negras, andaluzas con estrella roja, republicanas, negras con la A dentro del círculo…
Yo me paré a escuchar y, mientras el hombre seguía enumerando las desgracias que nos cercan por todos lados, se me acerca un joven vestido a la moda francesa, Alcampo o Carrefour, no sabría decir, y no sé si de Rebajas o de Temporada, y con rastas en el pelo, me mira de arriba abajo, y me dice, afirmando, que yo soy policía. Le contesté con ironía: "Coño, pues me acabo de enterar, me gustaría más ser espía..." Me miró desafiante y me dijo frunciendo el ceño que allí sobraba. "Aquí sobras, tío". Estuve por sacarle mi carnet del PSOE y decirle que tranquilo, que estábamos condenados a entendernos sí queríamos echar al PP. Pero no, habría sido una agravante en mi situación.
Era joven, demasiado joven, para saber que el hábito no hace al monje y que, incluso vestido así, podría estar de acuerdo con algo de lo que se decía en la tribuna. Y a punto estuve de decirle que las botas -negras- me las había comprado mi mujer en una tienda, en rebajas, de Vallekas, con k, por sí servía de eximente. Pero no dije nada porque no me gusta discutir con la gente de las sectas, se vistan como se vistan, y los dejé con su mitin ante el que se concentraba la nueva mayoría social que cabía, eso sí, en un autobús de línea. Según me alejaba seguía escuchando la lista de las desgracias que nos aquejan y ya no sé cuándo empezarían con las recetas mágicas para salir del barro.
Yo me alejaba, a echar la quiniela, diciendo para mis adentros: "Que se fastidien, que al menos yo hacía bulto, y mi ausencia se notará porque daba sensación de transversalidad a la concurrencia, al menos en la forma de vestir."

  • Los actos nobles, solidarios, adquieren su máximo esplendor cuando se hacen con discreción, sin airearlos a los cuatro vientos.

JORNALES

Paso por la puerta de la casa de María, una señora mayor, impedida, y me encuentro con su hija, que  barre la acera. 
- Buenos días. ¿Qué hacemos? 
Me dice que ha  venido a hacerle las cosas a su madre y así le ahorra el jornal de la mujer que la cuida.
Bajo la calle y voy a tomar café. Detrás de la barra, me sirve el hijo del dueño. 
- ¿Ya estás trabajando, chaval?, le pregunto. 
- No,  pero hoy he venido a ayudar a mi padre porque hay más gente y así le ahorró el jornal de un camarero.   
Subo para  mi casa y me encuentro a Pedro y Luisa. Ella cuida a personas mayores, y les hace las cosas de la casa y la comida; él es camarero, o lo que caiga en cada momento.  Trabajan cuando les llaman porque eso del trabajo estable pasó a mejor vida y hoy nadie les ha llamado a trabajar. Así, hay meses, demasiados meses, que el sueldo no les llega para cubrir sus necesidades básicas. 
Los jornales que los más pudientes se ahorran son los que les faltan a ellos para llegar a final de mes.  El mundo está mal, pero que muy mal repartido.

  • Estoy seguro: tenemos unos médicos que diagnostican bien, pero muy malos cirujanos. Para comprobarlo, basta con mirar alrededor

  • Incluso si te tomas la política como un juego, deberías saber que también el juego tiene reglas que debes respetar.
LA PRENSA

Cambian los tiempos y, con ellos, las costumbres. Hace mucho el domingo era día de levantarse pronto y dar un paseo hasta el quiosco para comprar el periódico, cafetito en el bar y ligero repaso en la barra. Después, vuelta a casa para leerlo o estudiarlo despacito, noticias, artículos de fondo, reportajes… porque las mañanas del domingo eran largas. Era un ritual que, para mí, había comenzado mucho antes, casi en la adolescencia, cuando empecé a trabajar y me hice un asiduo de la prensa escrita. Esa prensa escrita a la que ahora echo de menos.
Mi empresa estaba suscrita al YA, y cada mañana lo leía antes de empezar a trabajar; por la tarde un compañero compraba PUEBLO (diario de la tarde) y también le echaba un vistazo; los lunes no había prensa de información general y sólo se vendía el periódico editado por la Asociación de la Prensa, la HOJA DEL LUNES que también alguien compraba y compartíamos. Cuando tuve conciencia política y se producía un remanente en mi asignación diaria, compraba INFORMACIONES, que era el más a la izquierda, dentro de un orden, que se podía leer en tiempos de Franco, y se solía identificar a quienes lo llevaban bajo el brazo como rojos. Con la muerte del dictador surgieron DIARIO 16 (con ‘Libertad sin ira’, de Jarcha, como reclamo de lanzamiento) y EL PAÍS, que iba a ser santo y seña para la izquierda durante mucho tiempo hasta que la ruina le hizo dejar de ser independiente y echarse en manos de los poderes financieros.
Yo fui, desde su nacimiento, de EL PAÍS. Me acostumbré a sus portadas, al orden en el que estaban situadas las noticias de Internacional, Nacional, Local, Anuncios por palabras, Deportes, Economía, Cultura, Televisión, y desde entonces casi lo consideré el orden natural en el que se deberían contar las noticias en un periódico; si me daban otro periódico en el bar era incapaz de encontrar el número de la lotería o el del cupón, porque en EL PAÍS sí sabía dónde estaba. Ya se sabe que el hombre es un animal de costumbres. Y tan en ritual se convirtió que no me concebía sin el periódico a diario. Iba de vacaciones y tenía que comprarlo porque si no lo hacía, me faltaba algo. Hasta hace poco tiempo no perdí la costumbre, y por culpa del quiosquero, que no quería cogerme los cupones  de mi suscripción por no sé qué historia. Y me dije que hasta aquí hemos llegado, y me hice lector de los periódicos digitales. Todo por nada, porque incluso en el trabajo los tenía a disposición y sin coste. Mantuve la costumbre de los sábados y los domingos porque tampoco era cuestión de romper con las tradiciones de golpe y porque eran días especiales en los que los ‘extras’ eran más interesantes que las noticias.
Ahora, ya no salgo los domingos a primera hora con la excusa de ir a buscar el periódico, ni los sábados; los días de diario, tampoco, porque ya no compramos periódicos, tenemos una maquinita que llevamos a todas partes y con un click tenemos el periódico, actualizado al minuto, y no sólo un periódico  sino todos los periódicos.
La paradoja es que estamos mejor informados que nunca y nos quieren tomar el pelo y explotar y engañar como siempre, porque sí, parece que tenemos toda la información, pero sólo es toda la información que los poderosos quieren que tengamos. Afortunadamente, después de tanto caminar, esta piara de sinvergüenzas también nos ha robado la inocencia.

EL HIJO DE LA MADRE QUE TUVO UN NIÑO ALCALDE

Dijo el hombre:
“Cuando llegue el momento del adiós,
recogeré los restos del naufragio
y volveré a casa con las manos vacías,
como llegué;
volveré con el corazón alegre
por el deber cumplido
y agradeceré a todos su compañía
durante tanto tiempo
en el camino de la libertad.
Diré adiós
sin rencor hacia los que me señalen
el camino que me devuelva
al lugar de donde partí
y buscaré en mi interior
las razones de la derrota”.
Pero llegado ese momento,
el hombre, a su alrededor,
sólo vio enemigos
y a sus ojos subió la sangre de la ira
y la ira no le dejó encontrar
el camino de vuelta a casa.

En el cenit de su carrera, cuando la prensa le buscaba y era uno de los protagonistas, mediocre, pero protagonista, de la vida pública, ante la pregunta de una periodista, respondió con una de esas frases para la posteridad: “Cuando nací, la comadrona le dijo a mi madre que había tenido un niño alcalde”.
El hijo de la madre que tuvo un niño alcalde nació en una época difícil. Dicen sus hagiógrafos que pasó por múltiples vicisitudes vitales hasta llegar a una Alcaldía para la que estaba predestinado y desde la que transformó (¿él solo?) con éxito el pueblo: de una ciudad-dormitorio a una ciudad moderna con todos los servicios al alcance del ciudadano, y, siempre, o casi, al lado de las personas. Pero pasó el tiempo y, como tenía la convicción de que el cargo era vitalicio porque al tener la virtud de no equivocarse los ciudadanos le revalidarían en el puesto indefinidamente, nuestro personaje se creyó el reyezuelo de un reino de taifas en el que podía hacer y deshacer a su antojo. Entre los miembros de su partido, los que estaban incondicionalmente con él, eran los buenos; los que, democráticamente, discrepaban lo más mínimo, los malos, malísimos; incluso, si establecemos niveles de maldad, estarían por delante de los adversarios políticos naturales del partido opositor.
El hijo de la madre que tuvo un niño alcalde no quiso ver la realidad. No aceptó una primera derrota democrática dentro de su partido y, como consecuencia, no aceptó su definitiva derrota en las elecciones en las que perdió la alcaldía. Si la matrona le había dicho a su madre que había tenido un alcalde, era para toda la vida, ¿o no? No. Franco había muerto y ya los alcaldes o los puestos de representación no eran para siempre. Pero tanto tiempo en el poder le habían causado una enfermedad grave: autismo político, consistente en no querer escuchar a los que bien le aconsejaban y atender sólo a los que le decían lo que él quería oír. Alguien de su edad, compañero de fatigas, le dijo una vez: “Pero hombre, ¿no te das cuenta de que la gente ya no viene a ti sino que tienes que ir tú a la gente?”. En su burbuja era feliz, ¡para qué cambiar!
La convulsión que creó la derrota hizo que diera palos de ciego a diestro y siniestro. La culpa la tenía quien no había participado en la elaboración de ‘sus’ listas, ni en ‘su’ Comité electoral, ni en nada. Él, el Infalible, se lo había guisado y comido todo, aplaudido por su cohorte de palmeros, pero ahora la culpa la tenían los otros… Y, reunido consigo mismo, -porque los palmeros no opinan, solo aplauden- decidió que había que cambiar, pero, oh sorpresa, el cambio lo tenía que encabezar él y, además, se tenían que ir los que no estaban con él. Los cobardes siempre echan la culpa de todo a otros. Como se dijo en la asamblea de socios, perdón, de militantes: ¿cómo podéis meteros con el hombre que nos ha dado de comer? 
Pobre hombre. Qué hemorragia de cargos de confianza a última hora para ganarse el fervor que ya la mayoría le negaba. Se podría decir de él que en algún sueño intentaría hacer cónsul –concejal o cargo de confianza- a su caballo, pero que alguna persona sensata que habría a su alrededor le habría convencido para que desistiera. (Luego se darían cuenta unos y otros de que no tenía caballo, aunque le habría valido igual cualquier burra que quedase todavía suelta por los eriales de su pueblo). Pobre quijote que no valdría ni para sucedáneo de Sancho…
Pero aquí no acaba la historia porque el hijo de la madre que tuvo un niño alcalde tuvo hijos y uno de ellos desde su más tierna juventud militó en el partido y cuando procedió le hizo concejal. ¿Alguien duda de sus méritos? No, por favor. Lo que no sabemos es si la comadrona le dijo a su mujer que había tenido un hijo concejal o alcalde, porque si dijo lo segundo la crisis estaría resuelta: era cuestión de abandonarse al destino.

No supo irse a tiempo
y tuvo que salir corriendo…
Quienes le sustituyeron 
encontraron sus poemas 
esparcidos por el suelo, 
junto a la basura y la mugre 
acumulada durante sus años
en el poder:
triste destino para las palabras 
que pretendían, inútilmente,
ser bellas,
como triste es el destino
de los pobres hombres
a los que la soberbia
les ciega la razón 
y se convierten en peleles
de carne y hueso,
sin capacidad para asentarse
firmemente en el suelo
y asumir que son uno más
entre los mortales.
Saldrán del mundo
por la puerta de atrás,
sus vacuas palabras
olvidadas en el aire
o sobre papeles que dormirán
el sueño eterno
en los contenedores
de la historia,
esperando ser triturados
en el viaje desde la nada
en que vivieron
hasta la que volverán
sin dejar rastro.

  • El fanatismo es una enfermedad que se atenúa o se cura escuchando y leyendo a aquellos que no dicen ni escriben lo que tú quieres escuchar o leer.

CRÓNICA BUFA DE UNA DISENSIÓN

In illo tempore… No, no, déjate de pedanterías. Bien. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: “Sé que algunos de vosotros me vais a traicionar, y aviso: después de mí, de este templo lleno de fariseos, que ha sido agencia de colocación para todos, sólo van a quedar cenizas. ¡Hostias!”.
Los romanos echaron a aquel impostor (no voy a contar lo de la cruz y lo de que al tercer día resucitó porque eso ya no se lo cree nadie), y para eso unieron fuerzas los díscolos de dentro y, desde fuera, un grupúsculo de sirios del gabinete del cónsul que hacían estudios muy sesudos para ocupar el tiempo, como por ejemplo:
-        Introducción del cultivo de la remolacha en las orillas del Jordán. Incidencia  en el PIB de la región,
-        Interacción-relación del casco romano sobre el cerebro de los pobladores de la antigua Ur y su actual inteligencia límite, 
-        Impacto sobre el déficit público de la tasa turística en Nazaret, y
-        Los chiringuitos del mar Rojo: previsión de los problemas que ocasionarán cuando Moisés separe las aguas.
 ¿O esto fue antes? ¡Qué lío! Esto pasa por ateo.
Nadie se dio cuenta de que los judíos, en esta primera rebelión, habían introducido un caballo de Troya –juguetito para infanzones grandes inventado en una pelea griega- con algunos judíos, de nuevo díscolos, dentro, que actuarían llegado el momento de lanzadera torpedera.
Pasó un tiempo y los judíos de dentro, el de Nazaret, con mono de protagonismo, y sus leales, más los sirios, y algún paracaidista ilustrado que sabía lenguas bárbaras y fue expulsado del senado por vago (chicas había pocas: ¿y la paridad, eh…?), lanzaron una ofensiva desmedida contra la nueva dirección romana. Iban a los Templos, que eran como casas regionales pero con columnas … y corintias para comer y conspirar. Las bautizaron como bodas de Canaán, para despistar, en las que se prometía la multiplicación futura de panes, peces y, sobre todo, del vino…
Los ahora rivales de dentro, troyanos, sirios y allegados, educaditos al principio, pronto perdieron las formas, dejaron de utilizar el arameo en sus peroratas para ir al grano: tenían prisa, aunque sus nuevos socios fingían entenderles para llevarlos a su terreno. Juntos (y revueltos) se retrataron y ofrecieron la foto al Jerusalén Post y al Judea Times, pero solo la publicó un periodicucho de los arrabales, el Belén Capital, que leían pocos… La foto retrataba a los comensales: los que habían estado, maestros en el arte de manejar el ladrillo, y los que querían suplirles, “que esta tajá me la como yo, hombre…”  Ahora, entre tanto jefe, ¿quién iba a currar? Porque trabajar, trabajar, pocos, que para eso unos eran judíos potentados y los otros sirios romanizados poco dados a madrugar.
Unos y otros consideraban que los romanos, elegidos libremente en el foro, y con un derecho -el famoso derecho romano- y una  democracia consolidados para lo que se estilaba en la época, no representaban el sentir del pueblo, que ellos sí sabían interpretar con maestría.
Los romanos se sentían fuertes ante las monsergas de los dioses cristianos reacios a aceptar ninguna derrota. “Somos romanos y la historia está de nuestra parte, al menos hasta que los bárbaros del norte nos invadan, y para eso aún falta, que no podemos forzar la historia, tío”, pensaban.
Y en esas estaban, esperando el momento de seguir practicando la democracia que Grecia legó al mundo, para ver si se respetaba y se seguía siendo demócrata cuando  no gustase el resultado de las urnas, ¿vale?
            Alea jacta est (joder con los latinajos de los pedantes). Bien. La suerte está echada: a esperar las Primarias y que dios nos pille confesaos (yo ya tengo cita que ahora, con los recortes, están dando para semanas).

Aviso: Como historia apócrifa que es, me importa un bledo lo que diga la historia oficial sobre fechas, bandos, buenos, malos…

  • Cuando nos miramos demasiado el ombligo, perdemos la perspectiva.

DOS AMIGOS

Me cuentan una historia: dos amigos coinciden en el Instituto; uno es un buen estudiante, termina la Enseñanza Secundaria, hace una carrera –Económicas-, entra a trabajar en una empresa y por la tarde estudia informática hasta hacerse un buen técnico y consigue complementar su trabajo de las mañanas dando clases por las tardes. Al otro amigo no le gusta estudiar y desde joven su padre le afilia en el partido del que es amigo del jefe (allí llamado líder). Después de repetir varios cursos, a duras penas termina la Secundaria, y el amigo de papá le coloca en una empresa municipal. Con el tiempo y la crisis, el primero se queda en el paro –pierde los dos trabajos- y recurre a la empresa municipal en busca de trabajo y se encuentra con el viejo amigo, que le recoge el currículo pleno de títulos, cursos, idiomas y experiencia. El mal estudiante le mira a los ojos y le dice: “Amigo, no elegiste bien la carrera”. Y quedó en que ya le avisarían, como en tantos otros sitios. Es el mundo al revés.

  • Algunos se llevan una gran decepción cuando comprueban que, a pesar de que ellos no estén, la tierra sigue girando.

INDIGNADO

Soy un puto burgués. En el año 1974 tenía 15 años y vivía Franco y estudiaba en un colegio de curas por la noche porque durante el día trabajaba y era el único colegio de mi ciudad que tenía turno de noche. Allí conocí a gentes algo mayores que yo y que eran comunistas, es decir, antifranquistas, y me hice comunista jugándome el pellejo. Recuerdo que vivía Franco. Milité en un partido de la extrema izquierda hasta que llegaron las primeras elecciones democráticas y los partidos de izquierda fracasaron estrepitosamente. Me desencanté con los partidos, pero de igual manera con los ciudadanos de este país, a los que, pensé, les daba igual Franco o la democracia, y me fui a mi casa. Desde entonces estoy indignado con el sistema. Ahora,  desde hace unos diez años, milito activamente en un partido que, dicen os puros, no es izquierda y participo, dentro de él, en alguna de las comisiones de las diferentes áreas de trabajo; suelo ir con frecuencia a los Consejos de barrio del lugar donde habito; mis hijos van a colegios públicos por convicción y participo en los Consejos escolares; utilizo la sanidad pública y manifiesto mi pesar cada vez que hay ocasión para recordarles a quienes quieren su privatización que no vamos a consentirlo. Me considero un buen ciudadano que cumple con sus deberes como tal: pago mis impuestos, a los que no considero excesivos por lo que recibo; soy solidario con los más necesitados y lucho para que dejen de serlo y reclamo donde haya que reclamar para que se dejen de parches y ataquen el problema desde la raíz. Después de todo esto me encuentro que surge un movimiento, el 15 M, que viene a decir que no vale el sistema, y, dentro de ese movimiento me encuentro a mucha gente joven a los que doy la bienvenida a la política, a la reivindicación, pues hasta ahora pensaba que no existían o que vivían felices en su burbuja; pero también me encuentro a mucha gente de mi edad y mayores que hasta ahora han estado viviendo en el mundo de la felicidad, de los viajes, de los placeres cotidianos, y diciendo aquello de ‘la política, para ellos’. Estos últimos ahora se han dado cuenta de que están indignados y a los que no les seguimos el juego nos llaman burgueses adoctrinados, y dicen que no les valen los partidos –ninguno-, que no les representan, ni las instituciones, ni nada. Y yo me digo si no hubiese sido mejor para todos haber participado desde el principio en el juego y, puesto que somos insobornables y decentes, no haber permitido que se llegara a este estado de cosas que ahora denuncian y con las que en su mayoría estoy de acuerdo, pero yo digo que mucha de la gente que participa en el movimiento son, en gran parte, culpables de haber llegado hasta aquí por dejación de sus funciones de ciudadano. En España somos muy dados al ‘que inventen otros’. Pues eso, si dejamos que otros se dediquen a los asuntos públicos nos podemos encontrar con cualquier cosa y más si eso lo piensa una gran mayoría de la población. En resumen, doy la bienvenida al movimiento, pero que no piensen que han inventado nada y que sean más humildes y, además, si quieren que sus reivindicaciones puedan llegar a buen puerto que invadan los partidos existentes de la izquierda que son los únicos que están con sus reivindicaciones, o con gran parte de ellas, y que son los únicos con cuyos militantes se van a sentir como en casa. En casa de la derecha es donde no van a conseguir nada, porque todos no somos iguales.

  • El principal problema de los políticos profesionales es que son políticos las 24 horas del día, 7 días a la semana, 365 días al año, 366 si es bisiesto.

CALLAN
           
Llega cansado del trabajo y pasa a verla. Le pide una cerveza y unas almendras. Con ademán cadencioso se las sirve, después se sienta frente a él y le pregunta, con esa voz que suena a lluvia purificadora: 
- ¿Qué tal, cómo estás…?
- Ahora, mejor –contesta él. 
Él habla... Ella escucha.
Ella habla... Él escucha.   
Se miran. Y se ven. Incluso, a veces, callan.  
… Y es entonces cuando es fácil ceder ante la tentación del abrazo.


  • Estamos hartos de que las palabras sólo sean un instrumento de persuasión para después relegarlas al olvido, cuando deberían ser la antesala de los hechos, la expresión de la promesa que será cumplida.